Ciclo C

DOMINGO VI de PASCUA (ciclo C). 1 de mayo de 2016

 

Hch 15,1-2.22-29: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables.

Sal 66,2-3.5.6.8: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben
Ap 21,10-14.21-23: La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero
Jn 14,23-29: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.

 

A unos pasos de distancia de su pasión Jesús aquilataba sus últimas palabras para sus discípulos como el testamento que hacía síntesis de toda su enseñanza. Antes de la separación de sus discípulos, unas cuantas palabras clave apuntalaban todo su ministerio público entre sus discípulos: el amor, la relación Hijo - Padre, la relación de ambos con el discípulo, su palabra, el Espíritu Santo, la paz. Cada vez que el Maestro se adelantaba un poco intensificando el ritmo, generaba confusión entre los suyos, pero una confusión necesaria para el crecimiento. Ahora tenía que arrimarse al Calvario y, tras, él, sus discípulos habrían de reaccionar para acostumbrarse a mirarlo en la derrota. Luego subiría al Padre, y de nuevo los suyos tendríamos que aprender a mirar con el anhelo de cielo y de encuentro definitivo. Cristo se nos adelante y nos toca buscarlo en otro lugar al acostumbrado.

 

Tras aquel tiempo de relación con sus discípulos (unos evangelistas hablan de un año, otro de casi tres), ¿se ha hecho Jesús merecedor de su amor? Lo han seguido hasta Jerusalén, han renunciado a cosas importantes, cuando su mensaje se hizo más exigente, y a pesar de la deserción de otros, ellos se han mantenido a su lado. Queda el último trance decisivo. La incondicionalidad, requisito necesario del amor, está a punto de ponerse a prueba a los pies del Calvario.  Todo aquel trayecto hasta el sepulcro trajo confusión hasta encoger su corazón y no encontrar en él palabras de consuelo. Tampoco lo encontraron en las palabras del Maestro, porque no supieron interpretar. El amor a Dios busca, por tanto, una palabra sabia que supera la ya aprendida, la Palabra de Dios, que es Palabra del Padre misericordioso que nos llega a través del Hijo y que es el Hijo. Encontrarse con esa Palabra es encontrarse con Jesucristo muerto y resucitado. No solo muerto, sino también resucitado; si resucitado, porque antes murió. El corazón del discípulo puede convertirse en un baúl donde se contienen palabras de Dios a granel, con las que no sabemos qué hacer exactamente con ellas o que nos proporcionan una ayuda de forma aislada. Amar y guardar su Palabra es el propósito de sentido íntegro y global de todo lo que Jesucristo es para nosotros como hombre crucificado y salvador. Para guardar su Palabra hace falta hacerla vida en la propia carne y experimentarla en lo cotidiano. ¿En qué de mi vida se esclarece que el Padre es misericordioso? ¿Dónde que el Hijo ha dado su vida por mí? ¿Hacia dónde mirar en mí que pueda reflejar que el Señor ha resucitado? Es el Espíritu, dador de vida, el que hace carne la Palabra de Dios en mi propia vida. Y es entonces cuando aparece el discípulo.

 

El corazón que contiene palabras de Jesús puede temblar en cualquier momento, el que palpita su Palabra, no lo hace, porque late en Cristo y por Cristo, y el Espíritu es su guía. Jesucristo se ha ido al Padre, como celebraremos el próximo domingo en el día de la Ascensión, pero, a su vez, ellos están con nosotros. Se aleja y se acerca, toma distancia y no deja de encontrarse íntimo. Las medidas de Dios no son las nuestras. Él ofrece espacio para la implicación personal en su misión de hacer presente el Reino y concede toda su ayuda, el Espíritu, para amarlo mientras amamos a los prójimos, para buscarlo mientras se deja encontrar.

 

En esa búsqueda, la Iglesia emergente, sufrió la tentación de adherirse a una palabra de tradición antigua que frenaba la novedad de la Palabra de Dios. Algunos eran partidarios de la imposición de las leyes judías a los recién convertidos al Camino de Cristo. La ley que se fraguó con una finalidad, completa su servicio dando paso a otro sendero más eficaz. El cristiano primitivo no tenía que hacerse judío primero. Así lo determinó la Iglesia. El cristiano de ahora, no necesita tampoco asirse a tradiciones que no ayudan al encuentro con el Señor y, menos aún, imponérselas a otros.  Es tiempo de crecer al ritmo de la Pascua de Jesucristo. Si aún no vemos a nuestra Iglesia resplandeciente, como la describe el libro del Apocalipsis, es porque no nos la esperamos así. Y, si no aguardamos a que esto suceda, es porque realmente pensamos que no va a suceder. La radiante Jerusalén, que no es otra cosa que la Iglesia amada y glorificada por Dios es esta misma comunidad que comparte galas con andrajos, valentía con ocultamiento. Aspirar a la belleza máxima para ella implica asumir que sus hijos debemos embellecerla para hacerla hermosa para su encuentro completo con su Esposo y Señor. Cuanto más guarde su Palabra y más se deje remozar por el Espíritu, más irradiará la luz del Sol, su Sol, que nace de lo Alto. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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