Ciclo C

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (ciclo C). 8 de mayo de 2016

 

Hch 1,1-11: El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.

Sal 46,2-3.6-7.8-9: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas

Ef 1,17-23: Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo.

Lc 24,46-53: Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.

 

El ojo se adapta a lo de cerca y a lo de lejos, puede fijarse en lo gigante y en lo minúsculo, en lo solitario y en lo agrupado, y en todo caso, para ver cualquier cosa que sea, necesitará luz, que es su alimento. La vista no trabaja sin que le manden, por eso buscará aquello que le pidan el corazón y la mente, a veces a la par, otras ocasiones por separado. Contando, por supuesto, con que haya luz, porque, si no, bregará con desatino y desacierto, vamos, en balde. Otra dificultad añadida surge cuando lo que se pretende ver tiene movimiento. Exige una atención más esforzada y varias búsquedas una vez que se haya marchado de donde lo encontró. A base de buscarlo y encontrarlo, se acabará aprendiendo su trayectoria.

 

Jesucristo se nos ha manifestado escurridizo. La búsqueda de Jesús comenzó en el seno del Padre, dialogando desde la eternidad en el Espíritu Santo. Después fue mediador y prototipo para que el regalo de la creación que le hizo Dios Padre. Luego lo encontramos humano, en un movimiento de absoluta sorpresa y viviendo como uno de tantos. Más tarde, inesperadamente, lo hallamos sufriendo y muerto en la Cruz. Aunque se le buscó, tras esto, en el sepulcro, hubo que encontrarlo resucitado y apareciéndose a sus discípulos. Por último, hay que mirar hacia el cielo para verlo sentado a la derecha de Dios Padre. Tanto movimiento agota al ojo que se interesó en ir tras Él, no será así si fue precisamente esa persecución la que trajo luz, porque se persigue la Luz verdadera y, como es el alimento del ojo, quedará bien nutrido.  A más luz, más claridad y más alegría.

 

El Resucitado asciende al cielo. Allí que van nuestros ojos. El ritmo litúrgico va pautándonos el lugar hacia el cual dedicar particular atención. ¿Se quedará ya detenido el Señor? Aún celebraremos Pentecostés, y la fiesta de su Cuerpo y de su Sangre, y aún aguardamos a su venida gloriosa para juzgar a vivos y muertos. El porvenir no es de sosiego. En tanto movimiento se describe una trayectoria que parte del Amor de Dios y vuelve al amor de Dios, sino haberse separado nunca de Él. La novedad es que, en el viaje, ese amor fue tocando y atravesando los corazones de los humanos para hacerlos hogar de Dios y para que un día fuera Dios el que los acogiese en su Casa, el Reino de los Cielos.

 

Si detenemos ahora los ojos en esta fiesta de la Ascensión contemplamos al Hijo en su lugar natural, sentado a la derecha de Dios Padre. Y lo vemos con el eterno compromiso que ha hecho con la carne humana, porque ya es suya para siempre. Lo hacemos para no descuidar que todo don viene de Dios y que nuestra meta es de altura divina; no sea que nos quedemos sólo en el Hijo visible y olvidemos del Padre invisible, y que el Hijo lleva al Padre; no sea que el Resucitado es más humano que divino y lo retengamos con nosotros sin dejarle que Él nos conduzca hacia la divinidad. La Promesa del Espíritu es también una responsabilidad sobre el quehacer humano: Dios ayuda, asiste, acompaña, guía siempre contando con el trabajo esforzado de sus hijos. Jesucristo no ha venido a eximir de tareas, sino a centrarlas hacia Dios y hacerlas prosperar para la eternidad.

 

La luz de Cristo resucitado regala luz a los ojos para que vean; iluminado el cuerpo, podrá hacer en camino de claridad, que es el camino de la Pascua. Somos la niña de los ojos de Dios, vela por nosotros para que se encuentren ojos con ojos y nos veamos reflejados en esa mirada de misericordia, perfectamente amados y deseosos de amar todo cuanto Dios ama. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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