Ciclo C

DOMINGO III PASCUA (ciclo C). 10 de abril de 2016

 

Hch 5,27b-32.40b-41: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Sal 29,2.4.5.6.11.12a.13b: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Apocalipsis (5,11-14): Los ancianos se postraron rindiendo homenaje.

Jn 21,1-19: “¿Me amas?”.

 

No todo en la noche ha de ser descanso. Hay que buscar el momento más oportuno para el oficio, y, si éste pide lo nocturno, habrá que faenar mientras otros duermen. El trabajo en la oscuridad se esclarece a la mañana, la que desvela lo que se hizo trayendo a la luz el fruto. Donde se trabajó con barco buscando pesca, las capturas acreditan los esfuerzos de los marineros; si la nave regresa a la orilla como partió de ella, entonces crecerá la sospecha de si los pescadores hicieron lo debido. Esa sospecha tendría que tener su inicio en los mismos trabajadores: ¿No hubo suerte? ¿No hubo suficiente esfuerzo? ¿Hubo trabajo, pero no habilidad? La respuesta sincera a estas preguntas traerá más luz que la mañana y facilitará el esmero para la próxima faena. Pero en el caso del evangelio de hoy la respuesta la trajo otro.

 

La pesca nocturna de aquellos seis discípulos, capitaneados por Pedro, se veía abocada a un sueldo nulo; el trabajo de la noche no había producido nada. Además, en este oficio, el trabajo sin resultado de hoy no deja trabajo anticipado para mañana; cada jornada con lo suyo, y ésta terminaba vacía. El tiempo para la pesca es limitado: entre la última claridad de la tarde y la primera de la mañana; fuera de ese tramo se roza la imposibilidad, y, en aquel tiempo, ya estaban a punto de extinguirse los momentos. En el retorno, cuando ya prácticamente ha expirado el plazo, aparece Jesús, aún desconocido, con una petición, como fuera de hora, para un último esfuerzo. Ese instante ultimísimo, con las fuerzas prácticamente consumidas y el ánimo tibio, va a producir lo que se frustró durante tantas horas de trabajo. El barco vacío se llena de peces. Ese esfuerzo casi agónico resolvió una jornada laboral decepcionante. Precisamente al amanecer, el momento escaso en que se hilvana la noche y el día, el único instante temprano que comparten.

 

¿No fue también al amanecer la Resurrección del Señor? Hubo que contar dos noches sin fruto para hallarlo al alba del tercer día. ¿Hasta cuándo esperar la intervención de Dios antes de concluir con un fracaso definitivo? Descubrirlo en la orilla es ya alegría suficiente. La orilla es como un amanecer, también límite, despedida y bienvenida, se acerca al agua, pero sobre tierra firme. Cuanto más en las fronteras de nuestras propias fuerzas, más nos haremos capaces de una entrega incondicional y de una confianza cierta en Dios.  Unas cuantas pescas milagrosas serán suficientes para esperar que el Señor, que aguarda en ese borde, saque de nuestro trabajo lo que Él disponga. Sin olvidarlo: “de nuestro trabajo”, que si no hay labor, de día o de noche o ambas, será ponérselo difícil al Señor. A nosotros nos toca trabajar, que Dios, en el tiempo oportuno, provocará el éxito.

 

Pedro, el apasionado, es más lento que el discípulo que se sabe amado por el Señor para descubrir quién es el anónimo que les auguró la pesca, pero se arroja al encuentro con Jesucristo de forma precipitada. El almuerzo dispuesto por el Resucitado evoca la Eucaristía. El alimento reparador es don de Dios, pero también sueldo del trabajo humano.

 

Por último tres preguntas sobre al amor a Jesús que parecen subsanan las tres respuestas que ocultaron la amistad con Jesús por miedo en el patio de la casa del sumo sacerdote. La condición para el trabajo con las ovejas (para pastorearlas y apacentarlas) es otra cosa que el amor a Cristo y a Cristo solo se le puede amar si se le reconoce en la orilla de nuestra vida haciendo fructíferos nuestros esfuerzos, dándonos motivos para la esperanza, prometiéndonos resurrección. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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