Ciclo C

DOMINGO II DE PASCUA (ciclo C). De la DIVINA MISERICORDIA. 3 de abril de 2016

 

Hch 5,12-2: Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.

Sal 117,2-4.22-24.25-27a: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Ap 1,9-11a.12-13.17-19: “No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive”.

Jn 20,19-31: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

 

La imagen del Maestro en el Calvario, sus manos y pies taladrados, su costado ajado, su cuerpo yerto en el sepulcro impactaron en el corazón hasta proporcionar una conclusión definitiva. La muerte tiene poder para cautivar el ánimo y anidar allí, ovando motivos para la sola muerte y desalojando cualquier otra posibilidad, como el cuco en el nido ajeno. El Cristo muerto remachó el itinerario de los discípulos a golpe de clavo, y ya no les cupo más, ya quedaba todo decidido. La aparición del resucitado sobrepasó la imagen de la cruz con una escena viva de vida gloriosa en la carne herida y traspasada. Hasta que no hubo encuentro con su Señor no hubo tampoco superación de la estampa de muerte. Se encontraron el primer día de la semana, un domingo.

 

            La ausencia de Tomás puede despertarnos preguntas: ¿Por qué no estaría con los otros? ¿Dónde habría ido? Su separación de la comunidad, de aquella Iglesia a gatas, lo priva de la aparición del Señor, pero también lo hace más vulnerable a la fe en la resurrección. No solo no creyó a los testimonios de algunos compañeros que aseguraban haber visto al Señor resucitado, sino que no creyó a la comunidad, a la Iglesia. El sello de la muerte impreso en su memoria resistía a las palabras de los suyos. Cuando el ánimo de muerte te ha atrapado, es más fácil encontrar razones para la muerte. Solo una nueva aparición con interpelación directa hacia el incrédulo provocará el derrumbe de la escena del Calvario adherida al corazón. Este encuentro toca más hondo el corazón y le permite despegarse de la certeza de sepulcro. Cara a cara con un Cristo en el que se reconocen las señales de su pasión, pero ya glorioso, invicto.

 

            La imagen nos proporciona una idea global de la realidad. El sorbo de los ojos asume hacia dentro lo que ve. La palabra ofrece interpretación para cada escena. Si no hay otra palabra que la nuestra, puesto que tenemos ese movimiento tan marcado hacia la muerte, empujará a la desesperanza. Tomás, como antes los otros apóstoles, había aprendido lo visto desde sus palabras y había concluido en el sepulcro. La Palabra de Dios, sin embargo, tiene un movimiento de vida y, desde ella, nos asomamos a las escenas de nuestra historia viendo un itinerario que arranca de la muerte, del pecado y toda maldad, y conduce hacia la vida eterna. Es decir: los sentidos nos acercan a la realidad, pero solo la Palabra nos lleva a la verdad a la interpretación profunda de los hechos. Y esto ya es un encuentro con Cristo resucitado, que atraviesa el hecho de la muerte para llegar a la realidad de la resurrección. El pasaje recuerda a las palabras de Abrahán en la parábola del pobre Lázaro y el rico: “Si no escuchan a Moisés y los Profetas, no creerán ni aunque resucite un muerto”. ¿No puede ser que nos hayamos tenido encuentros con Cristo resucitado, pero haya pasado inadvertido, porque no estuvimos atentos a su Palabra?

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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