Ciclo C

DOMINGO IV de CUARESMA (ciclo C). 6 de marzo de 2016

 

Jos 5,9-12: Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra.

Sal 33,2-7: Gustad y ved qué bueno es el Señor.

2Co 5,17-21: Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación.

Lc 15, 1-3.11-31: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.

Dos hijos tenían un mismo padre. Nos situamos a mitad de la historia en el camino de regreso de ambos hijos a casa. El camino fue testigo de los pasos de cada uno de los protagonistas del relato.

Cuando el hijo menor se fue con la parte de fortuna que le pidió a su padre a tierras lejanas y cuando luego volvió sin fortuna y con vergüenza y todavía con más hambre. ¡Qué diferentes las pisadas que hollaban la ida a las de la vuelta! Y allí estaba el padre: para verlo irse (podemos imaginar su tristeza) y para esperarlo y para verlo a lo lejos regresar. Otro camino, el del hijo mayor. Del campo a la casa, a la que no entra cuando vuelve su hermano y le preparan la fiesta. Ambos caminos van de la casa a algún lugar: a la rebeldía con fiesta y olvido de las obligaciones y de las otras personas, a la labor cotidiana con el ritmo repetido de cada jornada y las obligaciones realizadas. El primero se aleja de la casa y, por otra parte, el segundo, no llega a ella. La casa es la morada del padre con sus hijos, pero los hijos no quieren este hogar: prefiere buscarse otra casa entre extraños con placeres de moneda y ocio; prefiere una casa restrictiva, de los que se la merezcan, con padre pero sin hermano.

Dos caminos y un solo padre. ¿Tendrá que dividirse o elegir entre uno y otro?  Se asoma a ambos caminos, porque se vuelca hacia sus hijos recelosos de regresar a casa. Sale a un camino con la esperanza de encontrar a uno que se había perdido en un extravío terrible, y sale al otro camino para encontrarse con la severidad del trabajador responsable que no tolera las irresponsabilidades de los demás y no quiere entrar. Una vez que se conoce la casa y al señor que la habita, ¿se puede querer vivir en otro lugar? O, ¿qué conocieron realmente aquellos dos hijitos de la casa que les vio nacer para irse, para no querer entrar?

Con el primero no hay palabras, solo gestos: comienza con un abrazo y luego con los honores del invitado más ilustre. Con el segundo hay conversación y justifica con razones los motivos de fiesta. Lo del uno no le habría valido al otro, cada cual necesita que el Padre salga a su encuentro, que abandone la casa para vencer en el terreno del hijo necesitado. Él tiene para ambos, pero a cada uno lo más conveniente. Esto solo puede ser conociendo mucho a cada hijo.

            Un día Israel necesitó pan dadivoso del cielo, y le llovió maná. Otro día, cuando pudo, el auxilio divino le llovió por otros derroteros y produjo sus propias cosechas. Habría sido inútilmente dañino seguir pidiendo maná cuando ellos mismos podrían conseguir sus alimentos. El Padre Dios satisfizo el hambre de su Pueblo contando con ellos hasta donde pudo, Él intervino donde no pudieron sus hijos y, en la nueva situación, pedía a sus hijos que hiciesen, porque podían; que se procurasen el alimento, porque podían y porque debían.

            ¿Qué hacer con el perdón? Es el alimento de la misericordia. El Padre bueno del cielo lo da a quien lo necesita, saliendo al camino, tantos como hijos; pero pide que, recibiendo y experimentando esta misericordia, también cada hijo lo lleve a su hermano. Él pondrá maná de perdón donde no se pueda cosechar, pero exigirá cosecha de misericordia en la nueva tierra, el campo de nuestro corazón que fue rejuvenecido con su perdón. Así, con misericordia sanadora por ademanes de hijo menor o mayor o de ambos a la vez, no querremos otra cosa que hacer camino para llegar a casa y vivir con este Padre, del que nos ha hablado su Hijo, el que se alegra de sus hermanos y quiere vivir junto con ellos en el mismo hogar. Para ello nos quiere  “ministros de reconciliación”, aprendices de padre misericordioso que no desdeña ningún camino para que todo caminante llegue y goce en su casa. Con alegría de perdón extendida, una de las mayores, ¡cuánta será la alegría! 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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