Ciclo C

DOMINGO III CUARESMA (ciclo C). 28 de febrero de 2016

 

Ex 3,18a13-15: Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel.

Sal 102,1-2.3-4.6-7.8.11: El Señor es compasivo y misericordioso.

1Co 10,1-6.10-12: El que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.
Lc 13,1-9:
Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

 

Por defender a uno de los suyos de la tiranía de un egipcio, el príncipe de Egipto se vio obligado a huir y convertirse en pastor de los rebaños de un hombre extranjero, que luego sería su suegro, en una tierra desértica y solitaria. Allí se produjo el encuentro con un Dios desconocido. Moisés se sabía miembro de un pueblo, con el que, sin embargo, no se había criado, pero ¿sabría también que compartían un mismo Dios? Ninguno de los dioses de Egipto se había acercado tanto a Moisés como este Dios de sus padres. Una zarza ardiendo puede ser signo de mucho: el fuego divino que respeta la fragilidad humana, la pasión de un Dios por su pueblo, la fuerza del Altísimo manifestada en la debilidad… La presentación de este dios como “el Dios de sus padres”, evoca como a un amigo de la casa que no ha dejado de acompañar la historia familiar desde el nacimiento de aquella estirpe. Tampoco ahora. Este Dios revela su nombre como “Yahvé”, el que estuvo y está, el que camina con su pueblo. Lo va a corroborar con la liberación de la opresión de los egipcios y su paso por el desierto hasta la tierra prometida.

El acontecimiento quedará para el Pueblo de Israel como paradigma de la cercanía de Dios y su auxilio en el momento del peligro. También de la dureza humana, que no reconoce la soberanía de Dios y se ofrece con facilidad a otros dioses. Para los cristianos será además símbolo de la liberación del pecado y la guía divina hacia la nueva Tierra Prometida, el Reino de los cielos. También de la rebeldía de quien se opone a Dios negándose a cumplir su voluntad. Dos realidades antiguas se repiten en la actualidad del creyente: Dios que es bueno y busca la salvación de su pueblo, y el ser humano, frágil y débil, que rechaza a su Señor. La memoria de los acontecimientos del éxodo de Egipto, expresa san Pablo a los corintios, ha de servir para andar con cautela y no repetir la desobediencia de muchos del pueblo, que les llevó a su perdición.  

Un final trágico en masa es un desenlace impresionante para suscitar el interés colectivo e intentar buscarle causa e interpretación. A Jesús y sus discípulos les llegó la noticia de la muerte violenta de unos galileos por una represión brutal de las tropas de Pilatos en el mismo templo. El Maestro recuerda también la terrible muerte de los que fueron aplastados por el derrumbe de una torre. Desgracias así hacían pensar, en el sentir popular, que un término de esta clase correspondía a un castigo merecido por una mala conducta. Sin detenerse a justificar la causa de ello, Jesús utiliza los dos acontecimientos como imagen para remitirse a la conclusión desastrosa en la que cualquiera puede desembocar, para que sus discípulos sean conscientes de que la resolución de sus vidas está sujeta a su propia decisión. La conversión, tomarse en serio el modo de vida conforme a la voluntad de Dios, es el requisito indispensable para un final feliz, de salvación. La escena visual de la muerte de los asesinados en el templo y los sepultados por la torre de Siloé ejerce una fuerte impresión que puede acercarse a algo menos material, pero aún más triste, que es la muerte existencial o del alma del que no se ha preocupado de su vida.

Adentrándonos más en la Cuaresma, esclarecemos fundamentos que no son nuevos, sino muy antiguos, y ya dados en la historia del Pueblo de Israel, pero que necesitamos repetirnos para creerlos y tenerlos muy en cuenta: la misericordia de Dios, incondicional y universal, y la tendencia humana hacia el pecado. Y, con ellos, el esfuerzo divino por nuestra salvación que pide también nuestra colaboración, una conversión nunca suficientemente definitiva, sino en camino, como el Pueblo en su marcha hacia la Tierra Prometida. La memoria de Dios y su misericordia, el recuerdo del ser humano y su fragilidad ha de refrescarse con frecuencia en nuestra mente y corazón, para no olvidar de quién nos viene todo bien, para no desesperar en nuestra debilidad, para trabajar con esfuerzo para no ceder ante la tentación, para no juzgar y condenar a nadie. Todo somos de la misma masa: pobre tierra humedecida, pero alentada por el soplo vivo de Dios y amada hasta ofrecer a su Hijo para salvarla. No olvidemos tanta misericordia acariciando tanta pobreza. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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