Ciclo C

DOMINGO DE LA OCTAVA DE NAVIDAD. FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA. 27 de diciembre de 2015

 

Eclo 3,3-7.14-17a: La compasión hacia el padre no será olvidada.

Sal 127,1-5: Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Col 3,12-21: Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón.

Lc 2,42-52: Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón.

La encarnación del Hijo de Dios fue un acontecimiento sutil para el mundo, imperceptible más que para unos pocos, pero una tremenda agitación de cambio para María y José. Su presencia trajo el título de madre y padre a los dos nazarenos. De tanto escuchar a Dios mucho habían aprendido sobre cómo tratarlo, aunque así, Niño, complicaba el nuevo trato, pues no dejarían de arrimarse a Él con ternura infantil y con respeto divino. Pero más cambió el Niño, Hijo del Altísimo, al verse sujeto a la disciplina humana en todo, hasta en las órdenes de sus padres. El que se había encontrado eternamente libre para el amor, ahora se veía restringido en su omnipotencia para amar a lo niño, que es fundamentalmente “dejarse amar”. Los pequeños tienen que recibir mucho, muchísimo, antes de corresponder con un poco. Muchas sonrisas previas para verlo finalmente sonreír, cantidad de palabras precedentes a su balbuceo, cuidados y cuidados sin descanso antes de escuchar el nombre de mamá y papá. Toda la pequeñez del niño ha de llenarse de toda la misericordia posible derramada por Dios entre sus cuidadores para que se estire antes su corazón que su propio cuerpo. Así aprenderá a dar lo que otros le dieron antes. Sin cambiar el Niño Dios de familia, que nunca dejó de estar junto al Padre y en el Espíritu Santo, se le hizo regalo de otra. ¿Notaría mucha diferencia entre su Padre eterno y estos nuevos padres? ¿No desmerecerían las ternuras de María y de José, al fin y al cabo primerizas y dubitativas, humanas en una palabra, con el torrente de amor sin limitación del Padre? Si el Hijo de Dios asumió la encarnación sin condiciones, tuvo que adecuarse a seguir escuchando la misericordia del Creador en sus criaturas. Demasiado pequeños los corazones de María y de José para rivalizar con el latido del Padre Misericordioso y Todopoderoso, pero, puesto que eran todo de Dios, el Niño Jesús no escuchaba en ellos más que el pálpito de su Padre. Todo quedaba en casa, cambiaba de tamaño, de naturaleza, de poder, pero no cambiaba de Padre, de misericordia, de unión en el amor.

¿Y cuando regresaron a casa de Jerusalén en aquella ocasión cuando el Niño se quedó en el templo? ¡Tres días de búsqueda! María cuña con unas pocas palabras la enorme preocupación de media semana: “Tú padre y yo te buscábamos angustiados”. ¿Se oyó alguna vez que Dios Padre se entretuviera en la búsqueda del Hijo? Por qué no pensarlo, en la eternidad búsqueda y encuentro se darían la mano en una misma realidad; tan perfecto conocimiento de su Hijo no le impide que este le ofrezca sorpresa; tal es una de las simpatías del Amor. La búsqueda de María y de José que no daban con Jesús atestigua el movimiento del amor, que ha de aprender a la par que el crecimiento del hijo supone novedad, sorpresa. El tránsito de niño a joven viene determinado por un acontecimiento siempre repetido en cualquier persona, aunque se desconozca su objeto: la búsqueda de Dios. El resultado no es el mismo: o se encuentra escuchando su latido en las criaturas que se descubren en la adolescencia con avidez de conocimiento o se ignora y se convierten las mismas criaturas, cuyo epicentro es el propio cuerpo y alma, en diosecillos. Si no se oye a Dios en la existencia del niño que ha crecido y deja de serlo, estará al desamparo de lo que venga con novedad deslumbrante y verbo fácil y engañoso.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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