Ciclo C

DOMINGO IV ADVIENTO (ciclo C). 20 de diciembre de 2015

Miq 5,1-4a: Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y esta será nuestra paz.

Sal 79,2-3.15-19: Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Hb 10,5-10: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad”.

Lc 1,39-45: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

 

Tuvo Dios que enviar un ángel experto, a Gabriel, arcángel mensajero. Otro habría podido perderse; no se encuentran igual las ciudades populosas que las aldeas rurales y se llega antes a las casas ostentosas que las viviendas modestas, apenas diferenciables unas de las otras. Hay más señales para llegar a la corte que hasta una joven nazarena. Hasta nos distraemos nosotros, que ya tendríamos que conocer el camino y, despreocupándonos del camino hasta Nazaret, nos preocupamos en habilitar a la Virgen como a una moradora de palacio.

Precisamente lo rehuyó María, que pasó de largo junto a la corte de Jerusalén para ir a ver a su prima Isabel. No se detuvo donde no debía, sino que, caminando deprisa por la montaña (y cuando el evangelista se preocupa en decir que fue aprisa es porque lo fue), llegó hasta un pueblo de Judá. El ángel atravesó los cielos hasta María, María atraviesa la tierra de Palestina hasta Isabel. El caso es que no se detenga el mensaje, y el Verbo de Dios hecho hombre camine todavía oculto en lo que luego tendrá que caminar en lo público. También en esto se anticipó María como se anticipan las madres, en haber hollado el camino por el que luego discurrirá el hijo. Sin ser ángel también subió, a la montaña, pero para caminar más deprisa, pues allá en lo alto se restan obstáculos para el camino, aunque el sendero haya que encontrarlo con esfuerzo de empinada y su trazado sea más sinuoso y abrupto. No pocas veces un trabajo sacrificado en los inicios allana todo el resto del proceso.

Dios dijo a Gabriel, Gabriel a María y María a Isabel. Del comunicado del Altísimo a su mensajero no sabemos el modo, de Gabriel a María nos lo ofrece Lucas, de María a Isabel sabemos que ella supo ya solo con la presencia de la joven Virgen, antes de mediar palabra. Hay presencias que llenan una casa entera, incluso en quietud y silencio, y otras que pasan inadvertidas, aunque se desenvuelvan a fuerza de voces y golpes. La presencia del Hijo de Dios en María llegó hasta la morada del pequeño Juan aún no nacido. El Señor se hace presente con su Espíritu hasta en lo recóndito, lo invisible a la mirada humana. Para la gracia de Dios nunca se es precoz; la ayuda divina no repara en edades ni tiempos humanos. No pocas veces le decimos a Él: “Aquí, ahora, espérate un poco, todavía es muy pequeño, ya es demasiado mayor…”. En la historia de la prima Isabel y su hijo se pulveriza el “demasiado tarde” y el “demasiado temprano”. Este tipo de “demasías” son una gentileza habitual de Dios. Pero sobresale la de María y su Hijo, demasiado pequeña y demasiado grande, donde el Creador invirtió los tamaños e hizo a María gigante y a su Hijo chiquitín. Pero estos tamaños de Dios, tan caprichosos, se reparten a condición de unas palabras : “Hágase tu voluntad”, que no son fáciles de pronunciar en el trance en que Dios ofrece la nueva envergadura. Ni fue fácil en la joven Virgen donde ofreció maternidad divina, ni menos aún lo fue en el Nazareno de Getsemaní donde el Padre ofrecía Salvador a precio de pasión. Ni tampoco nos es fácil a nosotros cuando oímos: “Tú crece” o “Tú mengua”, cuando esperábamos precisamente lo contrario. La negativa a la voluntad del que pide nuestra colaboración es un paso de retroceso en historia de la Salvación y muchos más en los de nuestra propia historia personal. Ofrecieron su cuerpo para beneficio de todos, como refiere el autor de la Carta a los Hebreos: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas; pero me has preparado un cuerpo”. El que modeló este cuerpo del barro sabe bien para qué lo formó y le pide docilidad para poner en él sus manos.

Supo María con quién compartir su alegría, porque uno de los destellos más admirables de este relato es la alegría compartida entre María e Isabel. Tanto se alegran las primas de las maravillas de Dios hechas en ellas que en las otras. Si cabe, aun la alegría de Isabel para con María fue mayor, porque la Nazarena traía el mayor regalo. El que pronto celebraremos en el portal de Belén. En ocasiones hay dificultad para compartir las alegrías de Dios. ¿Quién entenderá? Y ni siquiera entre los que fuimos bautizados se comprenden estas cosas. Solo quien haya experimentado la presencia íntima del Misericordioso será apto para alegrarse y compartir con otros. Como los profetas que anunciaban que vendría el Salvador.

                Ya está cerca la gran fiesta. El ángel y María e Isabel y el pequeño Juan nos han enseñado, pero cada cual ha de asimilar y manifestar desde lo suyo. ¿Tenemos la suficiente alegría para que Dios comparta con nosotros y gocemos? ¿Tenemos la alegría suficiente para ser mensajeros de la entrañable misericordia de nuestro Dios? ¿Tenemos la alegría para compartir con los demás?

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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