Ciclo C

La frase de la Semana...


 

"Estad en vela, porque no sabéis que día vendrá vuestro Señor"

San Mateo 24,42-43

ESTAD VIGILANTES

 


 

DOMINGO XXXII T. ORDINARIO (ciclo C). Día de la Iglesia diocesana. 6 de noviembre de 2022

Mac 7,1-2.9-14: El rey de universo nos resucitará para una vida eterna.

Sal 16: Al despertar, me saciaré de tu semblante, Señor.

2Te 2,16-3,5: Que améis a Dios y esperéis en Cristo.

Lc 20,27-38: No es Dios de muertos, sino de vivos.

 

No se cansa la Palabra de Dios de pronunciar hoy la vida. Y lo hace, tal como es esta Palabra, a lo divino. Contrasta así con la vida a la que tantas veces aspiran los humanos con pretensiones meramente humanas. A estos no es difícil asustarlos con la muerte; recordar el límite proclama las barreras terribles y, al mismo tiempo obvias, de toda historia humana.

Los griegos esparcieron su conocimiento, su ciencia, su cultura y sus aspiraciones por el territorio conquistado de la Tierra de Abraham, Isaac y Jacob. En tantas cosas superaban a los judíos y pretendieron enseñarles. Pero tropezaban clamorosamente en una: la esperanza en la vida eterna. Sus dioses, que les habrían podido allanar la victoria en sus campañas y alcanzar el saber, no eran capaces ni de proporcionar expectativas más allá de la muerte ni de, ni siquiera, amar realmente a los hombres. Cuando no hay amor, ¿podrá existir posibilidad de superar ciertas barreras? Sin un amor transcendente, ¿habrá amor más allá de la muerte? Todavía más: si no hay amor a todo lo que soy, completamente, cuerpo, alma y espíritu, ¿cómo esperar seguir siendo lo que soy y más aún para siempre? Es uno de los principios sobre los que se sostiene la resurrección: el amor y un amor íntegro, capaz de decir con autoridad: “tú no morirás”.

Los saduceos que se encuentran con Jesús parecen tener también una concepción estrecha de Dios donde el interrogante sobre si realmente Él los ama se salda con una enorme duda o, directamente, una negativa. Al menos en lo que ellos piensan sobre el Dios único se trasluce un vínculo de justicia donde el castigo y la recompensa se dan en este mundo y, por tanto, la paternidad divina queda ciertamente limitada. Parecen olvidarse del perdón, de la misericordia y de otro tipo de justicia que solo puede proceder de un Padre que ama.

Tampoco hoy se abraza alegremente la esperanza de la resurrección. Se han acogido otras formas de supervivencia tras la muerte, pero siempre con merma en la integridad humana: almas solas, integración en la naturaleza o el cosmos, despersonalización individual en pro de la absorción por el todo divino. Cada vez más los hay que ni se preguntan por ello; no les suscita interrogantes. Esto es problemático, porque otro elemento que tiene que ver con fuerza con la esperanza en la resurrección es la razón. Si no nos preguntamos por nosotros mismos en cuestiones donde nos asomamos a ciertas fisuras o abismos, nos empobrecemos y hacemos ya cierta opción por la misma muerte. La ausencia de preguntas en esta línea nos estará convirtiendo en consumidores de cosas fugaces y que desatienden las inquietudes del corazón.

Amor y razón, imprescindibles para esta esperanza que ilumina la vida da ahora y nos hace mirar más allá de las barreras que nuestra condición mortal nos impone. Amor de un Dios Padre y razón del mismo Dios que nos invita a preguntarnos sobre nosotros y los motivos para la vida… y para la muerte. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

Programación Pastoral 2021-2022