Ciclo C

DOMINGO IV DE CUARESMA (C). "LAETARE". 27 de marzo de 2022

Jos 5,9-12: Ya aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Sal 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor.

1Co 5,17-21: Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.

Lc 15,1-32: era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.

 

Érase que se era una vez un padre que tenía dos hijos… A los cuentos se les reconoce ya desde el principio, al menos los clásicos, los de siempre. Y en su desarrollo comparten un patrón: el planteamiento de una situación, por lo general problemática, el agravamiento de esta y un desenlace con final. A los cuentos, al menos los clásicos, los de siempre, también se les conoce por su final, un final feliz o con una enseñanza para evitar el desastre.

               Jesús el Nazareno ejercía su maestría con un tipo de cuentos con el nombre de parábola. Por lo general muy breves. Inventaba historias posibles, de la vida cotidiana, con las que facilitar su mensaje a quienes le escuchaban. Unas veces con color de campo y semilla, otras de tesoro o de perla o de señor y siervos o de jóvenes dispuestas a recibir al esposo. Visto fuera, con cochura de cuento, allanaba el camino al oyente para acoger la enseñanza y aplicarse lo aprehendido para la alegría, la corrección o la precaución. En el centro de su evangelio, Lucas recoge tres con color de perdón; dos breves, la oveja y la moneda perdidas y otra más extensa, la parábola más larga de todas donde nos habla de aquel padre que tenía dos hijos… pero deja el final abierto.

               Un hijo, el más claramente rebelde, indolente, egoísta… se va, destruye, y regresa encontrándose con la sorpresa de un padre que no le culpabiliza ni castiga ni rechaza, sino que lo acoge con una gran fiesta. Otro hijo, el fiel, leal, trabajador, obediente… que ha permanecido siempre junto al padre, pero no quiere participar del banquete preparado para su hermano, al que denomina con el nombre de “ese hijo tuyo”. No habrá final hasta que no se complete la acogida del padre a ambos hijos y estos se encuentren en la casa. Pero esta parábola no cuenta nada de ello; quizás porque el Maestro nos deja abierta a nosotros la puerta para seamos protagonistas de ese final y decidamos qué hacer con él.

               Sin duda que la figura central del relato es el padre. En el hijo menor se observan las consecuencias de la distancia con relación al padre y su casa. En el hijo mayor también consecuencias de permanecer cerca físicamente, pero no haber descubierto el corazón misericordioso del padre y no disfrutar con él de ello. Es el padre el que sale a buscar a ambos para que se encuentren en el hogar. No habrá paternidad completa si no hay fraternidad y, al mismo tiempo, no habrá fraternidad si no se reconoce un padre común y con entrañas de misericordia.

               No podemos dejar de alegrarnos por las maravillas que hace Dios en nosotros. Una de las más prodigiosas el de su cercanía y su perdón incondicional. Sentados en la mesa de la Eucaristía, como se anticipaba en el pueblo de Israel, que, una vez llegados a la Tierra de la Promesa, colaboraban con Dios en su obra al sembrar la semilla, cuidar la siembra y recoger la cosecha, ahora participamos de su paternidad y la fraternidad, mientras somos los creadores del final de este cuento donde tenemos un papel importantísimo para dejarnos acoger por el padre y facilitar que otros, esmerándonos en cuidar la fraternidad, se acerquen a su hogar. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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