Ciclo C

DOMINGO I DE ADVIENTO (ciclo C). 28 de noviembre de 2021

Jr 33,14-16: En aquellos días se salvará Judá.

Sal 24: A ti, Señor, levanto mi alma.

1Te 3,12-4,2: Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos

Lc 21,25-28.34-36: Caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.

 

Vivimos en este tiempo, pero este no es nuestro tiempo. Las oportunidades, resistencias y avatares de cada día, las asumimos, aunque no nos anclamos en ellas como lo definitivo, sino que tenemos otro cometido que para nosotros tiene más transcendencia y todo cuanto vivamos aquí es para prepararlo: la venida del Señor Jesús.

Esto genera una tensión necesaria que nos ayuda a no establecernos de modo absoluto con lo que estamos, sino a permanecer alerta. Si las ocupaciones y asuntos actuales atrapan mucho de nuestra atención, no olvidamos que tenemos que levantar la cabeza para que nuestros ojos, en cada cosa que ideamos, emprendemos o culminamos, miren hacia el Señor que viene, hacia el Reino que un día se completará entre nosotros y del que nosotros también somos corresponsables con nuestro trabajo, con nuestra oración. Es tiempo, y nunca dejó de serlo, para la Esperanza.

La ofreció al pueblo el profeta Jeremías. Dios se la brindó primero a él (privilegio de profetas es ver antes que nadie) y él la compartió (oficio de profeta es hablar a otros en nombre de Dios). Se barruntaba el desastre para Jerusalén y todo el reino. Se aguardaba el desenlace de su derrota. Sin embargo, Jeremías, sin despreocuparse de estas circunstancias terribles, ofreció, de parte de Dios, un panorama victorioso. Invitaba a vivir desde otras coordenadas, otro tiempo, sin dejar de vivir las cosas del tiempo presente. Invitaba a la esperanza en la salvación.

Hemos completado todo un ciclo litúrgico e iniciamos uno nuevo hoy, donde se nos exhorta a levantar la cabeza. Cielo, tierra y mar podrán amenazar ruina, y viviremos, como el resto de las personas, la preocupación y la tristeza por cambios, conflictos y desgracias. Y, sin embargo, podemos sostener la esperanza en la promesa de nuestro Señor. A Él levantamos el alma, la mente y no nos desanimamos, porque vivimos en el tiempo de Dios, que nos habla de resurrección y eternidad, de la instauración de su Reino, de la Paz y la Justicia, la Belleza y la Fraternidad. De perder la referencia al Señor que viene, sin mucha dificultad

Es tiempo de vivir lo de todos (y nada de lo que sucede nos puede ser ajeno), pero no como todos, sino como hijos de Dios. Como tales, hemos de ser trabajadores para la presencia de este Reino, buscando a Dios y buscando al prójimo, al que llamamos hermanos; tensados por lo que tenemos ante nosotros y los bienes futuros que nos esperan en plenitud y que ya podemos gustar de modo anticipado parcialmente.

Feliz año nuevo, feliz esperanza de la vida eterna en Jesucristo, el Hijo de Dios muerte y resucitado, que ha de venir y cuya venida gloriosa esperamos y preparamos. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

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"Bienaventurados los corazones flexibles, porque no se romperán" (San Francisco de Sales)