Ciclo C

DOMINGO II DE ADVIENTO (ciclo C). 5 de diciembre de 2021

Ba 5,1-9: Dios ha mandado rebajarse a todos los montes elevados y a todas las colinas encumbradas; ha mandado rellenarse a los barrancos… para que Israel camine seguro.

Sal 125: El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.

Fp 1,4-11: el que ha inaugurado entre vosotros esta buena la obra, llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús.

 

La orografía del territorio aporta bellezas de estampa y, al mismo tiempo, condiciona la vida de sus habitantes. Las montañas y los barrancos ponen un espectáculo asombroso allá donde estén, aunque, también causan barreras difíciles de salvar que llevan al aislamiento. Esto puede mitigarse si existe un especial empeño en la apertura a la comunicación y el contacto con otros territorios (una demanda legítima y habitual de los pueblos de más difícil acceso por la geografía). Se abren nuevas posibilidades de salida y entrada y el pueblo, la comarca, el país… o uno mismo, prospera.

El evangelio de Lucas recoge las expresiones del profeta Baruc, proclamadas siglos atrás. Israel corría el peligro de quedarse encajonada en su derrota y desolación y Dios, por boca del profeta, les anunció una salida portentosa donde el terreno obedecería a la Palabra de Dios mandando abrir un camino hacia el triunfo. Incluso con el detalle delicado de la disposición de árboles para dar sombra a los viandantes, al pueblo encaminándose hacia la liberación. El evangelista mira más a un trabajo personal. Las obras públicas requieren un volumen ingente de recursos solo asumible gracias a la colaboración general, especialmente por los impuestos. Un poco de cada uno genera un monto enorme. La implicación personal en la conversión apenas llega a incidir en la montaña que debe ser allanada ni en el valle que tiene que verse rellenado, y, sin embargo, muchos pueden dejar el terreno preparado para una sociedad de justicia, de diálogo, de comunión y fraternidad. El trabajo insustituible para cada uno es acometer la obra personal, donde alturas y elevaciones (como el orgullo, la soberbia, la envidia…) han de sufrir la erosión del corazón que ha hecho amistad con Cristo; y donde hondonadas y valles (tristeza, pereza, tedio, conformismo, indiferencia…) ha de alcanzar el nivel adecuado.

Ese nivel es la altura del Hijo de Dios, que, haciéndose humano, ha descendido del cielo y ha encumbrado al hombre para rescatar toda carne del barranco de su fragilidad y pecado. Él nos enseña la esperanza de lo que un día será plenitud y que vemos en su cuerpo glorioso y resucitado. Y nos invita que colaboremos con la esperanza, dando motivos para ella con nuestro trabajo personal y comunitario para despejar el camino para la comunicación con Dios y enriquecernos de sus bienes.

Lo proclamaba Juan el Bautista, el precursor de Jesús, llamando al reconocimiento de una orografía irregular en el interior de cada uno, para tomar medidas de envergadura y conseguir el espacio adecuado para el encuentro con el Señor. Este Señor, anunciado por Juan, hace posible estas obras; lo vemos en su propia carne. Y es algo real, histórico, de ahí la insistencia de Lucas en ubicar a través de gobernantes y territorios el pasaje del Bautista.

Toda carne, en su fragilidad, modestia, limitación, de terreno abrupto… verá a Dios; y lo que humanamente se inicie con la insuficiencia de nuestra pobreza y escasez de recursos, Dios mismo, trabajador con nosotros a pie de obra, lo llevará a término. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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