Ciclo B

DOMINGO XXII T.ORDINARIO (B).30 de agosto de 2015

 

Dt 4,1-2.6-8: “¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros siempre que lo invocamos?”

Sal 14,2-5: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

St 1,17-18.21b-22.27: Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros.

Mc 7,1-8.14-15.21.23: “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”.

 

Las comparaciones, tantas veces odiosas, de cuando en cuando ayudan para la elección. Dios se deja comparar con otros dioses, el Altísimo con otras alturas, para que, una vez sacadas las conclusiones pertinentes, escojamos. A los ojos del mundo politeísta del tiempo de Moisés, Israel era solo un pequeño pueblo entre los múltiples y poderosos pueblos del entorno. Su Dios era uno entre tantos dioses. La tentación a arrimarse a los dioses de las otras naciones fue constante desde que salieron de Egipto hasta todo el periodo monárquico. De hecho, la idolatría fue uno de los más graves pecados del pueblo judío. ¿A qué dioses rendiremos pleitesía? El poder de ciertas civilizaciones anuncia un dios poderoso; las riquezas de otras, un dios generoso; los prodigios de unos pueblos, un dios portentoso… ¿Qué atributo posee el Dios de este pequeño pueblo sacado de la esclavitud de Egipto para superar en la comparación a los demás dioses de las otras naciones? Sencillamente que es un Dios cercano y ha dado una Ley justa. Esto le bastaba a Israel para preferirlo.

            Un dios poderoso podrá tener imperio sobre el cielo, la tierra y el mar, y así agitar tormentas, abrir el suelo  o enfurecer las aguas del océano… hasta hacer temblar el cuerpo entero. Pero el mayor poder es que el que cautiva el corazón humano para abrirlo a la misericordia, la verdad y la justicia, para que no tema y confíe en su Señor. Algunos dioses ordenarán esto y aquello bajo amenaza y miedo o con engaño fraudulento, pero el mejor mandamiento es el que cuida a la persona y la hace crecer. En solo dos cosas el Pueblo de Israel lo vio todo y eligió lo mejor.

            Las idolatrías de antes son las de ahora, y no hace falta mucho para deslumbrarnos con diosecillos muy prometedores, pero tiránicos y embusteros. Donde observamos un resquicio de felicidad fácil y sin compromiso, sufrimos la tentación de ofrecer nuestro corazón, sin discernir seriamente si aquello nos conviene o no. “Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba”, predica Santiago en su carta, luego habrá que indagar y comparar si lo que nos cae por encima llega verdaderamente del Padre de la vida (de los “astros” dice Santiago, como refiriendo que estos, en los que muchos creían hallar conocimiento sobre sus vidas, están sometidos a Dios), o de algo bastante más bajo y nada beneficioso. Los preceptos de Dios Padre mueven a ejercer la paternidad con las personas y a velar más intensamente por los más desprotegidos (huérfanos y viudas en tiempo de Santiago).

            Considerando que Dios está muy cercano, podremos detenernos a descubrir qué mandatos vienen de Él, qué cosas nos dan vida y cuáles nos la quitan. Y, desde aquí, también qué personas vienen de Dios, porque sus vidas se acercan a las entrañas paternas de este Señor, y lo vemos en sus obras, que se acercan a las necesidades reales.  

            En lo que nos han dejado nuestros mayores, nuestros padres, habrá que distinguir entre lo procedente del Dios Padre y lo que no; entre lo que siempre será valioso y lo que sirvió para un momento; entre lo que fomenta la vida y lo que la constriñe. Ese interés por descubrir la voluntad de Dios en nuestro día a día es un ejercicio más molesto que el simple dejarlo o cogerlo todo, pero nos hace más libres y más de Dios. ¿Llegaron estos fariseos a los que interpela Jesús a cuestionarse si sus “tradiciones”, por muy antiguas que fuesen, les acercaban a Dios, les facilitaban la felicidad, los mejoraba en el amor? Una buena forma para nuestro propio discernimiento es valorar lo que sale de nuestro corazón. Para ello hacer falta hacer un examen serio y sincero de nuestra vida; y no se trata de buscar culpabilidades dañinas, sino darnos cuenta realmente de lo mucho o poco que estamos desaprovechando el don de Dios y evitando así la alegría que nos viene de Él y que tenemos responsablemente que compartir. Puede ayudar ese doble atributo de Dios: cercanía al corazón de las personas y mandamientos (podríamos llamarlos en nuestro caso “pautas de vida”) que protegen toda vida.  

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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