Ciclo B

Domingo XII T.Ordinario (ciclo B). 21 de junio de 2015

Jb 38,1.8-11: El Señor habló a Job desde la tormenta.

Sal 106,23-24.25-26.28-29.30-31: Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

2Co 5,14-17: El que es de Cristo es una criatura nueva.

Mc 4,35-40: “Vamos a la otra orilla”.

La geografía no deja margen para más posibilidades; no hay más orillas, solo dos: ésta y la otra. Ésta orilla es la conocida, donde convivimos con los nuestros, cuyo terreno nos resulta familiar y muchas veces recorrido, hasta poder describirlo casi de memoria; en ella está nuestro hogar, abierto a la acogida a todo el que venga queriendo ser uno de los nuestros. En la otra orilla comienza la tierra de los ajenos, los que no comparten palabra y mesa familiar con nosotros, los que nos resultan lejanos y con los que contrastamos en diferencias importantes. Es un lugar poco transitado y en muchos sentidos desconocido. De este modo, el río Jordán y el mar de Galilea servía de separación entre judíos y gentiles, creyentes en el Dios de Abrahán que había hecho alianza con su pueblo y creyentes en diosecillos falsos vinculados a las fuerzas de la naturaleza. Entre unos y otros, agua de por medio.

               No eran frecuentes las incursiones en tierra de paganos por parte de los judíos de esta parte del lago, de esta orilla. El agua del mar de Galilea aportaba alimento a los ribereños, por eso había que arriesgarse a insertarse en las aguas mar adentro buscando el sustento. Para ganarse el pan hay que superar los miedos. El pie se planta seguro sobre suelo firme, duda en la tierra quebradiza y se hunde en el piso líquido. No apetece el camino sobre una superficie tan insegura, tan incierta; si dudan los pies, duda todo el cuerpo. Y esto impidió a muchos pueblos traspasar las fronteras que ponía la tierra firme. Pero el ingenio humano inconformista e indagador, buscó resolver estas dificultades y encontró el modo de poner algo consistente entre el agua y sus pies, y que, al mismo tiempo, permaneciese a flote: el barco. No solo permitía sostenerse sobre las aguas, sino también desplazarse a través de ellas hacia otros lugares.

               La barca de los discípulos de Jesús era un instrumento de trabajo. Jesús le da en ocasiones otras utilidades, también necesarias para su propio trabajo. Alguna vez la utiliza de púlpito para hablar a la muchedumbre que lo escuchaba en la costa; en varias ocasiones es el vehículo que le permite ir a la otra orilla con algún propósito. Los apóstoles, el ejemplo más elocuente es el de Pablo, la utilizaron para llevar el Evangelio por todas partes. Para nosotros, más que lugar de trabajo, la barca es nuestro hogar, porque no dejamos de hacer travesía, somos peregrinos, y esto sobre unas aguas sobre las que solo podemos perseverar navegando juntos y en el mismo barco, la Iglesia. Habrá quien se atreva al nado solitario, pero pronto le acudirá el cansancio y el mar lo engullirá a poco que se agiten sus olas.

               Navegar en esta barca no exime de contratiempos. En el mar de esta vida, como en el de Galilea, las tormentas no son infrecuentes. A veces hasta zarandear el barco en el que nos sentíamos seguros y vernos en peligro. No es difícil que hay miedos e incluso angustias, desacuerdo en cómo se gobierna el barco y fricciones con los demás pasajeros, hasta el punto de querer abandonar la nave y hace el trayecto a mi manera. Más aún si parece que Cristo está ausente o dormido.

               Dios respondió a Job en la tempestad y se descubrió cercano en el sufrimiento y misterioso hasta no poder abarcarlo ni sujetarlo. También acompaña en esta barca que es la Iglesia, en ocasiones casi imperceptible, otras veces acallando las tempestades, y siempre presente. La comunión que exige el trabajo dentro de esta nave para que avance hacia el Señor, mientras desembarca en otra orilla para ofrecerla como hogar hacia Dios, es una responsabilidad que exige que valoremos el trabajo de todos y nos esforcemos por hacer el propio trabajo. Dios hace todas las cosas nuevas; ahora toca que nosotros nos dejemos renovar e ir juntos hacia donde no sabíamos ni esperábamos, pero donde Dios envía en esta barca antigua y nueva, necesitada de reparación y con un potencial de travesía y de acogida sin límites.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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