Ciclo B

DOMINGO XIv T.ORDINARIO (ciclo B). 5 de julio de 2015

 

Ex 2,2-5: “Te hagan caso o no te hagan caso, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.

Sal 122,1-4: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.

2Co 12,7b-10: Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.

Mc 6,1-6: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”.

¡Que vengan magos, acróbatas y titiriteros con los que se congracian los sentidos y se olvidan los problemas! Cuanto más exóticos, cuanto más lejanos, cuanto más impronunciables sean sus nombres más expectación despertarán entre nosotros., hastiados por la rutina cotidiana. Nuestros ojos y oídos se rinden a quienes ofrecen diversión y solaz inauditos; suficiente sacrificio y pesar trae consigo la vida corriente como para abrirse a voces monótonas o de incordio. Cada cual busca su espectáculo para el entretenimiento. No molestan, no interpelan, no exigen: se toman y no hacen daño. Por eso tienen poco éxito los profetas, ya no se les espera y apenas se les escucha si es que encontramos alguno por el camino. Lo que traen desentona con los gustos actuales.  

Quien toma púlpito en lo público y no ofrece diversión casi que está condenado al fracaso. Esto también sucede con Dios, al que se le deja un estrecho espacio entre los pasillos de nuestro corazón que llamamos “espiritualidad” y que hemos encadenado a la tiranía del sentimiento. La mirada a Dios está condicionada a “sentirnos bien”. Pero el Señor sigue enviando profetas, estos personajes que revelan la tibieza y la mediocridad de unas vidas que se conforman con poco y se cierran a la realidad más bella. Son como los pastores de la memoria de Dios. Viven entre nosotros, los pocos que aún quedan, y, aunque se les da poco crédito, porque sus palabras no interesan, o interesan solo a medias, siguen fieles a su misión. Insisten en mostrarnos lo maravilloso de nuestra vida, escogida por Dios y necesitada de Él.

            El profeta de Nazaret, tal vez el único que tuvo este pequeño pueblo de Galilea, pero el más grande de los profetas, regresó a su tierra y se puso a enseñar en el lugar donde se recitaba y se escuchaba con atención la Palabra de Dios. Tantos oídos y tantos ojos implicados en aquel paisano elevaría las expectativas. Empezó a enseñar y asombró a la multitud, pero, al mismo tiempo, comenzó también a inquietar: “¿Cómo va a profetizar uno de los nuestros?”. El nombre de Jesús sonaba a tan familiar, tan modesto, que enseguida provocó desencanto entre sus paisanos asombrados. Se des-asombraron mirando a Jesús como se mira a quien no cabe que asombre, porque se trata de un conocido, un igual. Conocían su origen, a su familia, su oficio ¿qué podían esperar?  Nada más que lo que podía esperar cada uno de ellos de sí mismos: un nazareno, otro más, un cualquiera. Lo que causa coraje del profeta es que habla de mi cotidianidad el que es tan cotidiano como yo; que diga de los problemas del pueblo un paisano; de las desgracias de mi familia, un familiar. Hasta tal punto se tomó Dios en serio la encarnación que sus paisanos no lo tuvieron en cuenta, porque les parecía demasiado paisano y poco de Dios.

            Pero, no obstante, el profeta de Nazaret hizo escuela como Maestro de otros profetas despertados con sus enseñanzas, con toda su persona. Pablo de Tarso se convirtió en profeta, en ardiente predicador de la Palabra de su Señor, aunque siguió siendo tan Pablo y tan de Tarso como antes. No superó lo humano y no desaparecieron de él luchas y fatigas. Esa “espina en la carne” de la que habla es signo de su debilidad, y así lo vive, para recordar que es frágil  y que solo podrá ser fuerte en la fuerza de Dios. Así es también el profeta para los demás, una púa que se clava en la carne para que no olvidemos que somos carne, pero carne de Dios y a Él tenemos que acudir, y cualquier camino para evadirnos de esa carne, de esa humanidad es un movimiento frustrado hacia la infelicidad.

Menos mal que sigue habiendo profetas que nos recuerdan nuestras actitudes suicidas y dañinas, aunque no queramos oírlos.  

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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