Ciclo B

SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO. 7 de junio de 2015

 

Ex 24,3-8: «Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos.»

Sal 115,12-13.15.16bc: Alzará la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Hb 9,11-15: así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna. 

Mc 14,12-16.22-26: “Tomad, esto es mi cuerpo”.

 

Un sacerdote se acercó a celebrar la Eucaristía con fuertes dudas sobre la presencia real de Cristo en el pan y el vino consagrados. En el momento de la consagración observó que sobre el corporal caían unas gotas de sangre. Era la forma consagrada, que estaba sangrando. Atónito, detuvo la celebración y fue con el paño ensangrentado a la sacristía. Esto sucedía hacia mediados del siglo XIII. Los teólogos designados para la investigación del caso concluyeron que había sido un milagro. Esto sucedía en la ciudad italiana de Bolsena. Al año siguiente el papa Urbano IV instituyó la fiesta del Corpus Cristi. Se conservan las reliquias en la catedral de Orvieto.

Éste, el llamado milagro de Bolsena, es uno entre un grupo numeroso de milagros eucarísticos de distintas épocas. Tiene la peculiaridad de haber motivado que el papa Urbano IV instituyese la fiesta del Cuerpo de Cristo en 1264, al año siguiente del suceso.

Un acontecimiento excepcional como el relatado, no es más que una pequeña llamada de atención sobre lo realmente extraordinario y milagroso y, sin embargo, cotidiano: la Eucaristía. Esta fiesta no celebra nada distinto a lo que se celebra en cada misa, sino que se encarga de subrayar lo maravilloso de este misterio para que no deje de sorprendernos. Es un momento para detenerse y contemplar que aquello que parece solo pan, es mucho más que pan; y que comerlo no es tomar cualquier cosa. Es un momento para contemplar en su significado y realidad lo que vemos en una forma de harina cocida. Pero para ello hay que prepararse.

            El evangelio de Marcos ocupa tantas palabras en relatar los preparativos como en decir lo que sucedió  en la última cena de Jesús. Una celebración especial no será igual con preparación previa que sin ella. Aquella cena tuvo a unos discípulos encargados de disponerlo todo de antemano, pero, aún más, a un Jesucristo preparándose para ese momento desde el inicio de su vida pública; un poco más, era la condensación de su vida entera que culminaría con su pasión y resurrección. Aún se puede apurar otro poco: estaba preparándose desde los orígenes de la historia de la humanidad, para recoger todo su sentido y haciéndolo asomar a la plenitud de la vida eterna.

Por eso no basta con comer; hay también que contemplar para saber lo que comemos. Esta es la preparación necesaria para que la cena se aproveche mucho, al máximo. Antes de acercarnos al banquete podemos observar todo dispuesto y fijarnos en los platos vacíos. Ellos sostendrán el alimento antes de ingerirlo. Como después nosotros seremos quienes lo sostendremos una vez tomado, para que, bonita paradoja, sea el alimento el que nos sostenga a nosotros.

El plato vacío invita a pensar en muchas cosas: en el deseo de alimento, el hambre y el trabajo para conseguir el sustento. En los que permanecerán con el plato vacío; los que, teniéndolo lleno, decidieron tirar la comida; los que pudiendo llenar el de otros no lo hicieron y colmaron el suyo hasta verterse. En las personas que trabajan para que la comida llegue a la mesa y los que no trabajan exigiendo que siempre esté el plato lleno. También los que dejan su plato vacío o a medias para que les llegue a otros. Abre también a las expectativas de los que piensan: “¿Qué habrá hoy de comer?”, y el desencanto de los que parece que nunca tienen hambre, o los que siempre gruñen porque anticipan que no les gustará la comida. Los alérgicos a ciertas sustancias se preocuparán de que lo que llegue no tenga nada que les cause daño; pero, pueden contemplarse otro tipo de alergias, buscando que esa comida no tenga nada que haya hecho daño a otros por un trabajo precario, por explotación laboral, por el robo de la dignidad. El plato es la peana de la caridad. Éstas son solo algunas cosas que se pueden contemplar…

Y, en ese plato vacío, aún limpio, nos podemos reflejar nosotros, que vamos a ser “plato de la carne de Cristo” cuando lo comamos. ¿Qué vamos a comer? Al Hijo de Dios hecho carne para nuestra salvación. ¿Y eso qué significa? Habrá que contemplar ese alimento muchas veces y, aunque lo comamos, seguir contemplando este milagro increíble con cuanto repercute en la vida personal y comunitaria; en la historia de la humanidad y en la relación de Dios con los hombres. Cuanto más contemplado, a más milagroso nos sabrá, a más pan de vida, de justicia, de fuerza para la transformación de cuanto nos rodea; a más Dios con nosotros y nosotros en camino de resurrección. Contemplando y contemplando, menos dudas quedarán sobre lo que es este pan y más temblaremos al acercarnos a él por la responsabilidad que nos exige. Y esto, porque ese pan, fruto de la tierra y del trabajo humano, es transformado por el Espíritu de Dios en el cuerpo resucitado del Hijo. ¿No podrá el Padre por este alimento convertir cuanto existe en obra de caridad? Lo hará, pero no sin nosotros. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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