Ciclo B

DOMINGO V CUARESMA. 22 de marzo de 2015

 

Jr 31,31-34: Haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva.

Sal 50: Oh, Dios, crea en mí un corazón puro.

Hb 5,7-9: Él, a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer.

Jn 12,20-33: “Quisiéramos ver a Jesús”.

 

Basta la palma de una mano para sostener un grano, y sobrará mucha palma. Con ese peso tan ligero se pueden hacer diferentes previsiones dependiendo de las expectativas que se pongan sobre él:

 

  1. “¡Qué poca cosa!”. En verdad que poca, incluso ridícula. A lo sumo una semilla así podrá dar diez o quince granitos más en la cosecha. ¿Merecerá la pena todo el trabajo de la siembra y el cuidado de la tierra y la siega para no obtener más que un puñadito con el que seguirá sobrando mano? Visto así, más vale deshacerse cuanto antes del grano y ocupar la mano en asuntos más provechosos. 
  1. “¡Poco pero mío!”. Mejor es lo pequeño que lo que no es. Así el grano asegura algo y hace que la mano que lo tiene aventaje a las que no tienen nada. ¡Qué miedo entra entonces cuando aparece la idea de enterrar el grano para que dé fruto! Es el pavor a perderlo todo.
  1. “¡Cuántas posibilidades!”. El grano de este año dará otros quince y la quincena otros quince más; y así con multiplicación anual, en una década habrá un inmenso granero aumentado cada año… Ya sabemos lo que sucedió con la lechera y sus cuentas. Ante estas perspectivas se le pedirán al grano cuentas de lo que no es o de lo que no puede, intentando precipitar lo que no prometió, pero se esperaba erróneamente de él.

Pueden añadirse otras aportaciones sobre los modos de considerar al grano, tantas como las experiencias de su peso y su tacto. ¿Cuánto le pesamos nosotros a Dios entre sus manos? Las mismas que se implicaron en nuestro modelado del barro son la que nos sostienen para seguir siendo moldeadas y dar fruto. A pesar de nuestro poco peso, nuestra pequeñez, tanto ama el Señor estas semillas que somos nosotros que hizo a su Hijo también semilla que se abrió en la tierra para que, muriendo, diera vida a los demás.

 

Resulta difícil de entender, pero Dios se enamoró de ese gajo minúsculo que somos, proyectando para nosotros una espiga de grano abundante. Pero para ello pide colaboración: que nos abramos a la vida que Él nos ofrece, a la cual no se puede llegar sino con sacrificio de apertura, de renuncia, de esperanza en la Resurrección. Esto también significa servicio, una vida entregada a Dios, para que, en la sepultura de aquello que pone tierra sobre nuestros intereses, egoísmos, proyectos, pecados… emerja el brote que dará un día grano y grano y grano. Aun así Dios no deja de querernos en nuestra pequeñez, y se alegra con nuestra condición menuda.

 

Él hace nuevas todas las cosas, porque su amor es sanador y rejuvenecedor; tan preciosos le parecemos nosotros, pequeñas semillas suyas, que no tiene en cuenta nuestras deficiencias y el pecado, pero pide que nos abramos a su perdón; no se impacienta con nuestra lentitud, pero quiere que no nos detengamos en la marcha; sabe que, al final del camino seguiremos siendo la misma pequeñez, y sin embargo Él nos ha llamado a ser Hijos suyos.

 

          Se anuncia la muerte de Jesucristo, con ella la nuestra propia; también se preludia la Resurrección, y con ella la cosecha de todo lo que Dios puso en nosotros para ser espiga de vida. ¡Qué grande quien, desde su pobreza, sabe mirar a las manos de Dios Padre y experimentarlas delicadas y entrañables con nuestra semilla! ¡Qué pequeños para todos y qué grandes para Dios! ¡Qué limitados para muchas cosas, pero qué capacitados para una sola: dar la vida por amor a Dios! Luego que Él saque fruto donde nosotros emprendimos obediencia de semilla.  

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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