Ciclo B

DOMINGO II de CUARESMA. 1 de marzo de 2015

 

Gn 22,1-2.9-13.15-18: “Toma a tu único hijo, al que quieres… y ofrécemelo en sacrificio”.

Sal 115,10.15-19: Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida.

Rm 8,31b-34: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

Mc 9,2-10: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”.

 

Podría contar Abrahán las estrellas del cielo y entender la inmensidad de los granitos de arena de la playa, confiando en la descendencia que Dios le iba a conceder, pero ahora resultaba que su estrella más preciosa, su grano de arena más amado, su hijo, su único hijo, había de ser sacrificado a Dios. Tuvo que temblar hasta las vísceras con la petición de Dios. ¿No frustraba esto la misma promesa del Altísimo? ¡Que nos deje Dios en paz disfrutando con nuestro pequeño grano y nuestra estrellita, y renunciemos a todas las demás! ¿Qué nos importa a nosotros lo que venga después, si el presente, este hoy, nos trae tanto dolor?

            Y con todo, Abrahán confió. Era reciente en el oficio de padre. Mucho lo había deseado, pero no llegó hasta la ancianidad.  Y, ya sabemos, la paternidad transfigura a la persona, que sufre un vuelco interno hasta reordenarse en sus prioridades y recolocarlo todo en torno a esta nueva vida engendrada. Abrahán se transfiguró en padre, pero eso no le bastó a Dios, sino que quiso probarlo. Dios sabía bastante más de paternidad que Abrahán, la ejercía eternamente con su Hijo, y el patriarca estaba de estreno. Pero no solo, sino que, además, el Creador había extendido lo que con su Hijo con sus criaturas y los ademanes paternos y maternos se vertían con los humanos, hasta… hasta transfigurarlos. ¿Qué es eso de transfigurar? Es la transformación de algo de modo que revela lo que realmente es. El Padre transfiguró a sus criaturas humanas en hijos, lo que realmente eran, pues así los creó, para ser hijos suyos.

            Por eso Abrahán, más que padre, era hijo y había de seguir el camino de buen hijo para llegar a ser un buen padre. Confiaba en Dios lo suficiente, ¿pero tanto como renunciar a su “paternidad” para ser un “hijo obediente”? ¿Tanto como para no impedirle a Dios que le arrebatase a su unigénito? De haberse opuesto al mandato de Dios, se habría mostrado como un padre con ansias posesivas, con pretensión de arrebatarle a Dios el puesto de Padre. Más quería Dios a Isaac que Abrahán, y más era Abrahán hijo de Dios que padre de Isaac; Dios se la concedió como don para que más aprendiera Abrahán a ser hijo del Padre bueno del cielo (obedecer al hijo en todas sus necesidades reales es obedecer a Dios). “Dios proveerá, hijo mío”, contestó a su hijo cuando le preguntó por el animal del sacrificio, y Dios ya había provisto, porque se escogió un amigo íntegro y noble.

            Había que abrir una brecha en el horizonte. Como Dios la abrió para Abrahán para encontrarse con uno más padre que él y no dejar de mirarse a sí como hijo, Dios Padre volvió a abrir con su Hijo, descubriendo la consumación de su misión. Cristo se transfiguró ante cinco testigos. Dos testificaban en retrospectiva, desde el Antiguo Testamento; tres con los pies sobre el Nuevo. Un Cristo transfigurado es un Jesús resucitado en anticipo. El momento era el oportuno para manifestar lo que todavía no había llegado a su plenitud. Se revela glorioso en el momento en que se va a iniciar la crisis que desembocará en su pasión. Pronto muchos lo van a abandonar y se va a ver con solo un puñado de discípulos fieles. Sin sensación de fracaso, sino con la certeza de cumplir la voluntad del Padre.

            “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”. Pero para creerse esto, que con tanta fuerza defendía san Pablo, hace falta tener una experiencia muy profunda del ser hijos de un Padre todo misericordioso. Esto es dejar que el Espíritu abra en nosotros una apertura hacia una unión más estrecha con Dios y una delicadeza mayor hacia los que, compartiendo a un mismo Padre, nos llamamos “hermanos”. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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