Ciclo B

DOMINGO XXVI T.ORDINARIO (ciclo B). 26 de septiembre de 2021

Nm 11,25-29: “¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!”.

Sal 18: Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.

St 5,1-6: Habéis asesinado al inocente, y ya no os ofrece resistencia.

Mc 9,38-48: “El que no está contra nosotros, está a favor nuestro”.

 

Tan necesarios como el pan y la carne, el agua y un espacio sombreado para el pueblo de Israel en su itinerario por el desierto, más incluso, eran los profetas. Tenían uno, Moisés. Dios le hablaba, él escuchaba y se lo comunicaba a sus paisanos. Ellos a veces aceptaban con agrado lo que les decía y otras tantas hacían caso omiso o se oponían. Moisés gozaba o sufría con las reacciones el pueblo, pero nunca dejó de hacer de profeta. Se lo pedía Dios, lo necesitaba su pueblo. De callar él, cuánta hambre de Palabra de Dios y, por tanto, de Verdad, de Luz, de Justicia, de Esperanza.

               Puesto que Dios elige a quien quiere, eligió cierto día a otros para profetizar. Las palabras no les saldrían, como tampoco a Moisés, si no fuera por su Espíritu, que capacita para escuchar a Dios y pronunciar su Palabra. No son tan decisivos el lugar, el momento, el parecer común, sino este Espíritu que Dios da cuando, donde y a quien quiere. Así podría legitimarse a cualquier falso profeta, pero no, porque lo que lo acredita es la Palabra que proclama. El Espíritu provoca palabras de vida, nutritivas para el corazón humano; el mal espíritu palabras embusteras, que engañan y maltratan, aun bajo apariencia de bien.

               Podrá gustar más o menos, ser de nuestra simpatía o no, concordar con nuestro estilo o distanciarse de él, pertenecer a nuestro grupo o ni siquiera conocernos… un profeta; pero lo que lo identifica como profeta es su palabra y su modo de vida, su trato cercano con Dios y su implicación en cumplir su voluntad. Qué torpeza desdeñar al profeta por no ajustarse a nuestros modos o divergir de nuestras preconcepciones estrechas y no valorarlo desde la palabra que habla y la vida que vive.

               La palabra de ese misterioso desconocido del que habla el Evangelio de este domingo era capaz de expulsar demonios en nombre de Jesús. Será usar en vano el nombre de Dios utilizarlo para maldecir, engañar, causar miedo, coaccionar, pero no para bendecir, animar, corregir con acierto, hacer el bien. Además, quien favorezca a un profeta o a cualquiera de los amigos del Señor no quedará sin recompensa. Lo dice el Maestro. Pero también que quien cause mal a la gente, con mentira, con escándalo, como un anti-profeta, será castigado. Y añade que cada uno ha de ser en cierto modo profeta de sí mismo y cortar con aquello que le induce al mal.

               Tan necesarios como la salud, la economía, el trabajo hoy día son los profetas, y aún más. Los verdaderos amigos de Dios nos acercan a Él y los profetas ofrecen lo que el Espíritu les inspira para animar, exigir y sostener la esperanza. Podremos avanzar con pan escaso y salud precaria, pero no sin esperanza. Cristo es la esperanza de los débiles, los pobres y quienes sufren la injusticia. El Espíritu profetiza a través de ellos, acuciando a ricos y poderosos a un uso justo de sus bienes y su posición. Lo que denuncia el apóstol Santiago en su carta se ha acentuado desproporcionadamente en la actualidad. A más injusticias, más profetas. Dios no dejará de hablar ni nos dejará a nosotros para que escuchemos y hablemos en su nombre. El cristiano está ungido como profeta por su bautismo y urge que ejerzamos este ministerio de amigos de Dios para el servicio de su Palabra y beneficio de nuestro mundo. No podemos renunciar a ser portavoces de la esperanza. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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