Ciclo B

DOMINGO XXIV T. ORDINARIO (ciclo B). 12 de septiembre de 2021

Is 50,5-9: Ofrecí la espalda a los que me apaleaban.

Sal 114: Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida. 

St 2,14-18: La fe, si no tiene obras, está muerta.

Mc 8,27-35: "Tú eres el Mesías". 

 

Cierto día el niño, cualquier niño, amaneció con una carretilla de preguntas y quiso llegar a la noche con otra de respuestas.  Se le conoce como la etapa del “por qué” y suele desarrollarse entre los tres y cinco años. A partir de entonces la pregunta se convierte en el trance necesario para descubrir el mundo y, todavía más imperioso, para conocernos a nosotros mismos. La detención en el planteamiento de interrogantes puede suponer un serio problema que delate una desafección por la vida o la disposición a aceptar cualquier respuesta preparada por otros. Esto es especialmente arriesgado en la pregunta sobre el “quién soy”, que afecta a nuestra identidad, que procura esclarecer el misterio de nuestra existencia y el sentido de nuestra vida.

Cierto día amaneció el Maestro con una pregunta para sus discípulos con una petición de dos respuestas: “quién es Él para la gente” y “quién es Él para estos discípulos”. Resulta más sencillo responder de lo que dicen otros que implicarse uno mismo en una contestación de algo tan personal. El modo clásico para acercarse a la identificación de alguien miraba a los vínculos familiares o al oficio. A Jesús se le nombra en los Evangelios empleando estos dos criterios y en alguna ocasión aparece como “el hijo de José” y en otra como “el carpintero”. Para algunos era suficiente, pero para quienes había despertado su interés y lo seguían, para quienes lo habían escuchado enseñar y hacer milagros, estos apelativos no eran suficientes. El “quién” sobre Jesús tendría que suscitar interrogantes, pero es Él mismo el que invita a contestar esta pregunta.

El libro del profeta Isaías nos describe la situación de un hombre de Dios que sufre la maldad de los demás. Se le ha llamado el “siervo de Yahvé”, el “siervo sufriente”. Esta situación causa perplejidad, porque asociamos la amistad con el Señor con protección, cuidado y preservación de todo mal. Una larga tradición religiosa en Israel, que llega hasta el mismo Jesús, entendía que el bueno recibía bienes de Dios y su vida gozaría de paz y abundancia. Aun hoy podemos seguir pensando así. Sin embargo, Isaías contempla una relación muy estrecha entre la amistad con Dios y el sufrimiento en este personaje enigmático que la tradición cristiana identifica con Cristo. Podríamos preguntar: ¿Quién eres tú que permites el sufrimiento? o, todavía más acuciante: ¿Quién eres tú que permites que yo, mi hijo, mi amigo sufra? Desconozco la respuesta.

Pero sí sé que la pasión del Maestro, del justo sufriente, del que hablaba proféticamente Isaías, es fruto de su amor al Padre y a los hombres. La repuesta de los discípulos sobre lo que la gente pensaba de Jesús revela que la gente lo consideraba como un hombre de Dios. La de Pedro va más allá e identifica a Jesús con el anunciado, el esperado, el definitivo; aquel del que hablaban las Escrituras. No obstante, en el pescador de Galilea pesaba aún mucho la disociación entre comunión con Dios y padecimiento. Jesús le recrimina y de un modo muy severo: quizás porque ahí se juegue la comprensión del “quién” de Cristo, el Mesías, y el carácter de su mesianismo y la esperanza en Dios. Solo entendieron los discípulos suficientemente, incluido Pedro, cuando ellos mismos atravesaron su propia pasión, cuando vivieron la renuncia, la negación del ego, el sacrificio, la difamación, las amenazas… por amor a su Señor.

No es la pregunta sobre el “quién” de Jesús para responder desde impresiones distantes, o razones teóricas, sino desde la lectura y escucha atentas de las Escrituras, desde la experiencia vivida con seriedad de la relación con Dios como Padre misericordioso y misterioso, como el que ama sin condiciones, pero nos regala la libertad para la repuesta de amor y preguntarnos por quién es Jesucristo, el que nos revela al Padre, para nosotros y nosotros para Él.  

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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