Ciclo B

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD. JORNADA DE LA VIDA CONTEMPLATIVA. Domingo 30 de mayo de 2021

Dt 4, 32-34. 39-40: Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios.

Sal 32: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad

Rm 8,14-17: somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos

Mt 28,16-28: “Id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

El Maestro reunió a sus once discípulos en la región donde había comenzado sus andanzas aquel grupo. Solo había pasado un año y medio o dos años desde que trabaron aquella relación que los llevaría por Palestina con predicación, signos y milagros, enfrentamiento con las autoridades religiosas, banquetes y discursos… Tanto había visto y oído de Jesús el Nazareno, y, sobre todo, tanto había compartida y vivido con Él, que se constituyeron en testigos de lo que Él decía y era. El envite de la Pasión y la Cruz los descabaló hasta casi destrozar su comunidad en la desesperanza, pero el Resucitado restauró la casa con su presencia victoriosa y el Espíritu los inundó de una clarividencia y valentía insospechada. Había comenzado la Iglesia a partir de aquellos testigos primeros de la amistad de Jesús.

Pero no todas las dudas estaban despejadas. Cuando aquella reunión de despedida, algunos vacilaban. Tenían delante de sí al Resucitado y, sin embargo, aún no se habían dejado cautivar por completo por Él. La duda permite una apertura que invita a la búsqueda o una terrible incertidumbre; si hay avance lleva a una claridad mayor, si no, se puede enquistar en una inseguridad irresoluble. Lo que habían vivido con el Maestro, ¿cómo interpretarlo en el contexto de la historia del Pueblo de Israel o la misma historia de la Humanidad? ¿O cómo integrarla en el ámbito de su propia historia particular de cada uno?

Es posible que no difiera mucho esta tesitura de la nuestra, sucesores de aquellos primerísimos discípulos seducidos por la persona de Cristo, pero tal vez no completamente o ni siquiera suficientemente. ¿Quién es Dios para mí? ¿Quién soy yo para Dios? Este yo no es un elemento gramatical o un constructo de laboratorio, es esta persona y su historia, este que vive el día a día con mayor o menor éxito, el que se desconcierta ante las adversidades o sufre por una enfermedad o la muerte de alguien cercano. ¿Qué tiene que decir Dios a este que yo mismo?

De algún modo la pregunta se repite como ya lo hicieron los israelitas, aunque la formulación fuera diferente. Cuestionaba el Pueblo, como comunidad, a Dios, y Dios respondía por medio de Moisés. Invitaba a hacer memoria de lo vivido y reconocer en su historia la acción misericordiosa de Dios. El calado de los acontecimientos puede interpretarse de muy diferentes modos. Para Moisés era indiscutible la presencia de Dios perenne, providencial. Muchos creerían, otros tantos dudarían, la mayor parte un poco de todo a lo largo del camino. No obstante, tenían a Moisés, el amigo de Dios, que les insistiría a hacer memoria de su historia rastreando las huellas de Dios. Después de Moisés tendrían a los profetas. Y así irían descubriendo a este Dios misterioso y relacionándose con Él no como una fuerza, un concepto, una confluencia de energías… sino como alguien a quien dirigirse personalmente. Tras los profetas, llegaría el Maestro, el mismo Hijo de Dios, ofreciendo una respuesta la pregunto sobre el quién de Dios y el quién de nosotros para Dios de un modo inaudito y completamente novedoso.

Sus discípulos no lo entendieron de momento, ni siquiera frente al Resucitado. Este les dejó el encargo de la evangelización y el bautismo con el sello trinitario. Ellos se llevaron la misión con alegría, no sabemos si también con ciertas dudas algunos de ellos, transmitiendo lo que el Maestro les había pedido, viviendo en la comunión trinitaria sin que aún hubieran encontrado el nombre de Trinidad para nombrar aquel misterio de vida divina. Bastaba haber compartido vida con Jesucristo, haberlo escuchado y ser testigos de su resurrección para proclamar lo que les había pedido proclamar.

Al modo de Moisés, nuestros hermanos contemplativos nos insisten en hacer memoria de la realidad de Dios en la historia humana, no de otra forma sino viviendo esto en su cotidianidad. Sus vidas son testimonio de la verdad de Dios. Ellos, en su vida de clausura, son invitados a contemplar la realidad de comunión de Dios como Padre, Hijo y Espíritu y a contemplar la comunión querida por Dios entre los hombres. En su vida orante, esclarecen este misterio donde se unen lo humano y lo divino y gozan con ello y lo comparten con el mundo para que no se olvida de Aquel que lo ama y quiere su vida en plenitud.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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