Ciclo B

DOMINGO V T. ORDINARIO (ciclo B). 7 de febrero de 2020

Job 7,1-4.6-7: ¿Cuándo me levantaré?
Salmo 146: Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.
1Co 9,16-19.22-23: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!
Mc 1,29-39: Se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar.

 

Las puertas de la casa de Jesús se abrieron para salir. Salió del hogar de la intimidad de divina con el Padre y el Espíritu, sin dejar nunca de estar allí, y lo hizo para hablar al Pueblo de lo que allí vivía. Se instaló en Cafarnaúm, en casa ajena, la de Pedro y Andrés, para llevar la alegría de su propia casa por toda Galilea.
Job no se encontraba a gusto en su propia casa. La vida se le había vuelto insoportable a causa de sus desgracias: perdió a todos tus hijos, cayó en la ruina y una dañina enfermedad le impedía tener consuelo incluso por la noche (muerte, pobreza y enfermedad). Las expresiones que utiliza evocan imágenes desoladoras: la vida es un combate continuo que parece llevar a la derrota, las fatigas de un jornalero con perspectivas de no cobrar su salario, la indigencia de un esclavo sin otra ilusión que disponer de un poco de sombra para ampararse ante el sol abrasador. Cuando la situación es tan precaria, el consuelo se pone en cosas pequeñas. El texto nos deja en la incertidumbre de quien espera contra todo pronóstico. ¿Hasta cuándo la espera? Es el único vínculo, aunque muy frágil, que impide que se apague la vida: la esperanza en un Dios en quien se sigue confiando.
Los galileos le llevaban a Jesús sus cosas domésticas que les resultaban problemáticas hasta la puerta de su casa. Básicamente eran dos: enfermedades y posesiones de espíritus. El deterioro en la salud impide el trabajo y una vida normalizada, la presencia de los demonios limita la libertad. Él les llevaba la esperanza a las puertas de las suyas. ¿Un intercambio desigual? El hombre abre su casa para pedir, Dios la suya para dar. Jesús por ser Dios es dadivoso y da generosamente; por ser hombre es indigente y necesita descansar en el Padre en momentos prolongados de oración a solas. Por ser obediente al Padre ha de seguir llevando noticias de la vida doméstica divina a otros lugares del entorno. No va a resolver los problemas de salud y de demonios de todos, tal vez ni siquiera de la mayor parte de la población; es más bien un sembrador: echa semilla aquí y allá, sobre todo la de su palabra en la predicación. El resto lo hará el Espíritu en el corazón de los oyentes. Los que tienen conciencia de su debilidad son los más habilitados para que lo sembrado germine y crezca.
Lleno de Dios, Pablo se veía impelido a salir de su casa ininterrumpidamente. Tenía que dar a conocer el Evangelio a todos con predilección por los débiles. Se veía llamado al oficio del sembrador de la Palabra arriesgándose a todas las fatigas y peligros. Aspiraba también a ser colmado de la misma dicha del Evangelio. No se da en balde nada de lo de Dios sin que Dios lo premie. ¿Esperanza ilusa? Preocupándose por la siembra, el resto lo hará el Señor.
El ministerio del Maestro, del que sería continuador en la distancia Pablo, no es el de resolver las dolencias y enfermedades humanas, sino la de aportar esperanza. Esta se vive de modo más intenso en los momentos más fronterizos y desgarradores. La sanación de enfermos es un signo: Dios no abandona, e impulsa a mirar más allá al que es nuestra Esperanza.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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