Ciclo B

DOMINGO IV T. ORDINARIO (ciclo B). 31 de enero de 2021

Dt 18,15-20: Suscitaré un profeta entre tus hermanos.

Sal 9: Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón.

1Co 7,32-35: Hermanos: quiero que os ahorréis preocupaciones.

Mc 1,21-28: Una enseñanza nueva expuesta con autoridad.

Los frailes franciscanos custodios de Tierra Santa se empeñaron en el siglo XIX en adquirir una propiedad junto al lago de Galilea en Palestina, donde se elevaba un pequeño montículo de tierra. Les interesaba mucho lo que había debajo. La operación de la compra transcurrió por cantidad de dificultades. Finalmente lo lograron y comenzaron a escarbar. Debajo de del montículo esperaba escondido un antiguo pueblo que identificaron con Cafarnaúm. Hasta pudieron localizar gracias a los vestigios arqueológicos la casa donde muy probablemente se hospedaba Jesús, el hogar de Simón Pedro y su familia. A su alrededor se han desenterrado los muros de muchas casas elevados con piedra negra volcánica de la zona y sus calles. En un extremo del lugar asoma la sinagoga, bajo la cual se distingue el cimiento de otra sinagoga anterior. Es posible que debajo, ocultos a los ojos, se encuentren los restos de otra sinagoga anterior, quizás el sitio donde nos sitúa el pasaje evangélico de este Domingo.

La sinagoga era el espacio de reunión del pueblo para escuchar la Palabra de Dios junto con un comentario de la Palabra escuchada por parte de una persona autorizada, un maestro, alguien que tuviera un trato cercano con las Escrituras y dedicase tiempo a meditarlas. Esto sería el origen de las homilías de las celebraciones cristianas. La sinagoga no tenía necesariamente que ser un recinto cerrado, podía ser también una parcela al aire libre; lo importante era lo que se hacía allí y la congregación de los creyentes en torno a la Palabra de Dios. Allá va Jesús a enseñar y lo hace, así lo expresa la gente, con autoridad.

El que se ponía frente a la asamblea para explicarles la Palabra acercándoles sus enseñanzas tendría que estar cualificado con la autoridad de quien se alimenta de las Escrituras frecuentemente y, en definitiva, ha aprendido a escuchar a Dios a través de ellas. Por eso puede decir a los otros con una autoridad que no viene de él mismo, sino del Señor con quien ha trabado una relación muy cercana. Los llamados “escribas”, maestros de la Escritura, que en otras ocasiones habrían enseñado en aquella sinagoga, no tenían la autoridad de este nuevo Maestro de Nazaret. ¿El motivo? Porque no habían llegado a profundizar tanto con Dios por medio de su Palabra. En cambio, Jesús no solo extrae todo el significado de lo que Dios dice, sino que Él mismo es la Palabra y el Hijo de Dios. ¿Quién puede tener mayor autoridad que Él sobre esta materia cuando lo que el Padre dice lo pronuncia Jesús? Y no solo pronuncia, sino que lo hace, actúa. Un ejemplo paradigmático es la expulsión del espíritu inmundo del hombre que se encontraba en la sinagoga. Refleja el poder sobre el mal, sobre lo que esclaviza a una persona y lo retiene bajo un poder perverso. Con su palabra el Maestro nazareno lo doblega. No mantiene ninguna conversación con el espíritu impuro, aunque este le interroga; Jesús solo le ordena que se calle y que salga.

¿Qué autoridad confiere la Palabra de Dios a quienes la escuchan o leen, la interiorizan y conocen y aman a Dios más a través de ella para someter incluso a las fuerzas perversas y rechazarlas? Y más aún a quien se amista con este Maestro-Palabra que se ha hecho carne y nos sigue enseñando con autoridad para cambiar nuestra vida y el modo como interpretamos y abordamos los acontecimientos que vivimos. Esta amistad nos forma en la profecía. Si el bautismo ya nos capacitó para ser profetas, la relación habitual con Jesús nos habilitará para la autoridad del que dice lo que antes le escuchó a Dios.

Bajo un montón de tierra, a veces de escombros, como los ruidos de la vida, la pereza, la dejadez o desidia frente a nuestras obligaciones, el desencanto, los avatares cotidianos, la falta de estímulo… se halla un tesoro maravilloso. Cuando se intuye su valor no se escatima en esfuerzos, como hicieron los franciscanos con aquella ruinas, para descubrir y enseñar a todos, ya no un pueblecito donde vivió Jesús, sino al mismo Hijo de Dios vivo que nos habla.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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