Ciclo B

DOMINGO VI T.ORDINARIO (ciclo B). 14 de marzo de 2021

Lv 13,1-.44-46: Mientras dure la afección, seguirá siendo impuro.
Salmo 31: Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.
1Co 10,31-11,1: Lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios.
Mc 1,29-39: "Quiero: queda limpio".


La lepra convertía al sano en leproso y, además, en contagioso, indeseable, impuro, impuro, impuro hasta la proscripción de la cotidianidad con su gente. Los de vínculos más estrechos: la madre, el hermano, el hijo, el vecino, el amigo... permanecerían apartados si su piel revelaba el cuño de la lepra. La distancia era el modo más eficaz de limitar el mal. La realidad sanitaria se imponía sobre otras consideraciones de carácter humanitario. El libro del Levítico nos ofrece la perspectiva de una comunidad que ha de protegerse del peligro de extinción. Las prescripciones no dejan de mostrarse severas y hasta crueles, pero, tal vez, no había otro recurso para preservar la integridad física del pueblo debido a la alta probabilidad de contagio.
El afectado por lepra, entendiéndose por tal en la época toda afección que presentaba una notable manifestación de heridas, llagas o eccemas sospechosos en la piel, había de abandonar su cotidianidad en la sociedad, pero no quedaba excluido completamente de ella. Por lo pronto se contaba con un mecanismo de control: solo el sacerdote declaraba la pureza o impureza, lo que ponía freno a posibles reacciones espontáneas y precipitadas de los particulares o de la multitud. Por otra parte, se le permitía vivir fuera del campamento, alejado del contacto con los miembros del pueblo, pero si abandonarlo por completo a su suerte. Seguía teniendo como referencia a la comunidad y podía integrarse de forma plena en ella si sus circunstancias sanitarias mejoraban y así lo acreditaba el sacerdote. Lo que pudieran ser preceptos muy antiguos para gestionar una cuestión de salud pública, sería asumido por Israel asociado a su religiosidad, y con la declaración de puro o impuro, señalar la capacitación o no para la relación con Dios. La medida sanitaria se unía a una concepción teológica: algo había quedado alterado en el orden establecido por Dios y, para evitar mayores desórdenes, había que manenerlo a distancia.
El Maestro de Nazaret tenía no solo el derecho, sino también la obligación de alejarse de aquel hombre enfermo de lepra cuando vio que se aproximaba. El deber primero correspondía al leproso, que había de mantenerse lejos por su condición y avisar a los viandantes de un modo vergonzante, gritando: "¡Impuro, impuro!". El que, movido por humanidad o simple curiosidad, se acercaba a la lepra, se hacía contagioso de enfermedad y de impureza para sí y para cuantos tuviesen contacto con él. Nada de temeridades, fuera irresponsabilidades, la valentía exigida ante la sospecha de la aparición del leproso era la huida. Solo el sacerdote poseía la prerrogativa para dejar que el contagiado de lepra se acercase, para determinar si había enfermedad o esta cesó; para declarar si impuro o puro.
El hombre afectado de lepra, no obstante, se acerca a Jesús. Con todo perdido solo le queda ganar. A las malas recibirá alguna increpación o insultos; nada nuevo. Decide transgredir las restricciones que le impone su condición de leproso y llegar hasta un sano... o a lo mejor no quebranta ninguna prohibición, porque encuentra en Jesús a un auténtico sacerdote o, más incluso, a uno superior a un sacerdote. Su petición desvela espectativas grandes y una confianza firme en el poder de Aquel ante quien se ha arrodillado. El Maestro nazareno permite reducir el espacio antre ambos y él extenderá su brazo para tocarlo y eliminar cualquier distancia, provoca el encuentro más estrecho y eficaz, que traerá la salud con su gesto y su palabra. El sano que toca no sana, pero puede recibir la enfermedad del enfermo. Este sano es Salud y sana tocando, y no puede sufrir contagio del afectado, sea por enfermedad de cuerpo o de corazón. Más que sacedote, porque más que declarar sobre puro o impuro, acoge, sana, purifica, integra. Solventa de modo eficaz y problema que había recibido ya respuesta muy limitada y no suficientemente satisfactoria, porque preservaba a una comunidad del riesgo de pandemia, pero sometía a sus enfermos a una situación de indignidad y rechazo. Revela, por tanto, un poder mucho mayor: quiere, toca y limpia. Aun así, pide al hombre sanado que cumpla con el requisito del control sanitario sacerdotal. Él ya se ha manifestado como muy superior a cualquier sacerdote.
La capacidad de contagio no es ningún poder, sino una desgracia. No obstante hay quien la ejerce a sabiendas. El auténtico poder ofrecido por el Sanador es el de sanar tocando: acoger a la persona en su dignidad, sensibilizar con su situación, integrarla en la comunidad, trascender lo que causa rechazo o aversión y valorar a la persona por sí misma. Esto debe ejercerse con más urgencia, sin duda, en el ámbito donde la sociedad ha establecido más restricciones y distancias con ciertos grupos de personas consignados como impuros. El rechazo o la indiferencia también son modos de lepra actuales, mal detectados y, sin embargo, muy contagiosos en el interior de la población.
El sacerdote y médico Cristo, que recibe y sana, nos ha facultado para eso mismo en nuestra condición de cristianos. La Iglesia, con todos sus recursos, ha de buscar esto. Manos Unidas es uno de los recursos promovidos para estrechar distancias desde la promoción humana. A través de la ayuda de cooperación económica, se fortalece la fraternidad. Por tanto, investidos de tal autoridad, lo que hagamos sea -en palabrad de san Pablo- para gloria de Dios, y la gloria de Dios es que el hombre tenga vida y vida eterna.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

Programación Diocesana "Vocación"

La Voz de Papa Francisco

Xtantos

Imagen, frase de la Semana

"Bienaventurados los corazones flexibles, porque no se romperán" (San Francisco de Sales)