Ciclo B

DOMINGO II DE NAVIDAD (ciclo B). 3 de enero de 2021

Sab 24,1-2.8-12: “Pon tu tienda en Jacob, entra en la heredad de Israel”.

Sal 147: El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros.

Ef 1,3-6.15-18: Él nos eligió en la persona de Cristo.

Jn 1,1-18: Y el Verbo se hizo carne.

Pasar por un mismo itinerario muchas veces no garantiza que tengamos consciencia de lo que hay en él, ni siquiera de una modesta parte del total. Las cosas simplemente están ahí. Pero en alguna ocasión bien el comentario de alguien bien un acontecimiento fortuito nos despierta el interés sobre un edificio, un monumento, un jardín, una tienda… en los que no habíamos reparado antes con suficiente detenimiento. Quizás entre esos habituales desconocidos por los que, de repente, puede avivarse la curiosidad, están las casas; más intrigantes en la medida en que están llenas de vida y nos llevan a la intimidad de personas, es decir, allí donde nos expresamos y relacionamos tal cual somos.

                La lectura del Evangelio de este domingo nos llama la atención sobre una casa. La liturgia es persistente, pues es la tercera vez que nos ofrece este prólogo del evangelio de san Juan en estos días, y abre las puertas del hogar del Niño de Belén para asomarnos a lo íntimo de su vida familiar. Muestra lo que era antes de hijo de María y lo que será siempre como Hijo de Dios. Juan lo llama con el término “Logos” que nosotros traducimos por Palabra o Verbo. Su significado es muy rico y resulta complejo definirlo, pero podríamos decir que es Aquel que nos dice quién es Dios y qué es la realidad. Así como la palabra identifica cada cosa, la Palabra de Dios, su Hijo, nos habla del Padre y del Espíritu y de sí mismo, y de la obra creadora de Dios, como el mensaje que Dios Padre quiere comunicarnos, lleno de belleza, de verdad, de bondad, de justicia…

                El evangelista Juan también llama al Hijo de Dios Vida y Luz, en contraste con las tinieblas, que no lo han recibido y, aunque no lo explicita, con la muerte, que se opone a la Luz. Estos términos, Vida y Luz, suscitan el deseo de conocer al Niño de María. La casa de Dios se percibe, antes que nada, bella. Cuando uno se detiene a contemplarla se encuentra con un espacio armonioso, en el que se está a gusto, que transmite paz, consuela y fortalece. Luego pueden venir apreciaciones más en detalle, al modo como cuando nos quedamos ensimismados ante una casa extraordinaria que nos impresiona: ¡Qué jardín tan bien cuidado! ¡Cuánta limpieza! ¡Qué bien hecha que está! ¡No le falta detalle! ¡Cuánta belleza!

                Pues bien, la familia de esta impresionante casa ha enviado a su Hijo a nuestras casas, muy modestas, pero para Él encantadoras. Porque, primero, es Él quien las ha creado, todas bellas, y les ha proporcionado encantos que hacen a cada una única y a todas especiales. Nos cuenta Juan que muchos no han querido recibir al Hijo de Dios que ha venido a vivir entre nosotros e incluso lo han rechazado como vecino. Pero, no obstante, Él, que ha estado preparando esta acomodación en nuestra carne desde tiempo atrás, por los profetas, del primero al último, el Bautista, ha llegado a limpiar, a ordenar y a que nuestras casas formen parte de su palacio, recibiendo como moradores al Espíritu y al Padre también.

                ¿Qué tendrá esta casa nuestra que ha cautivado al mismo Dios para hacerla casa suya? Aunque solo sea por la dignidad de este visitante, ya paisano nuestro, ¿no habrá que procurar que todo esté lo más limpio y ordenado posible? Trabajar por la belleza, la bondad, la paz, la justicia, la verdad es hacer que Dios se sienta en su propia casa. Al mirarlo a Él, maravillados, todo nos habría de parecer poco por procurarle, cada vez, un lugar más digno en nuestro mundo. Será bueno antes detenernos a admirar maravillados la belleza del hogar divino y así valorar más en su justa medida que haya querido hacerse uno de los nuestros entre nosotros.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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