Ciclo B

DOMINGO III DE ADVIENTO (ciclo B). GAUDETE. 13 de diciembre de 2020

Is 61,1-2a. 10-11: El Señor me ha ungido.

Lucas 1,46b-50.53-54: Me alegro con mi Dios.

1Te 5,16-24: Estad siempre alegres.

Juan 1,6-8.19-28: No era él la Luz, sino el que daba testimonio de la Luz.

 

"Agradece a la llama su luz, pero no olvides el pie del candil que, constante y paciente, la sostiene en la sombra" (R. Tagore)

 

Festejemos cada Domingo la Luz, su victoria sobre las tinieblas del pecado y de la muerte; la Luz verdadera que viene a este mundo; la Luz gloriosa que ha de volver para la felicidad definitiva… pero no olvidamos el pie del candil, a los portadores de esta Luz.

Desde antiguo la luz ha sido empleada como un poderoso símbolo de la verdad especialmente en dos contextos: la comprensión de la realidad y la moral. También en el ámbito judeocristiano se aplica a la experiencia de la presencia de Dios, a la fe. La Luz de Jesucristo que llega hasta nosotros de muchos modos, entre ellos a través de sus portadores, personas que ejercen como candiles o lámparas de barro. Dios ilumina con la ayuda necesaria de hombres concretos que se convierten en luminosos en la medida en que reconocen y llevan la luz de Dios, la Luz que es Dios; en cuanto su vida se convierte en testimonio de que el Señor está con ellos, porque existe armonía entre su vida y Él: con su misericordia, con su sabiduría, con su ternura, con su justicia… Pero no solo se trata de llevar, sino también reconocer la llama luminosa del Logos. Juan, al que la liturgia le concede un protagonismo especial durante el tiempo de Adviento, era uno de ellos. Uno de los más sobresalientes o el que más, a juicio del mismo Jesús.

El historiador judío Flavio Josefo habla de él como «un hombre de bien, que exhortaba a los judíos a cultivar la virtud y a emplear la justicia en las relaciones mutuas y la piedad para con Dios, a fin de unirse al bautismo...».

Su actividad tuvo que ser muy original y llamar la atención de sus paisanos. Generó un movimiento de seguidores que no solo influyó en Palestina, sino que tuvo ecos hasta en Éfeso mucho después de la muerte de Juan, según menciona los Hechos de los apóstoles. Parece que este movimiento sobrevivió  hasta el año 300 en Siria. La tradición de los llamados evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) indica que los judíos de Palestina estaban divididos sobre la persona del Bautista: para algunos era un extravagante, un loco o un poseso, otra mucha  gente, que se veía atraída por su predicación y por su bautismo, lo tenía en enorme estima y se preguntaba incluso si no sería él el Mesías (Lc 3,15).

Aunque no era la Luz como él mismo aclara, sí era una persona luminosa. Por eso llama la atención a otros y suscita preguntas. Hasta hombres entre los más autorizados de la religión judía, sacerdotes y levitas, se acercan para tener una idea acertada sobre él.  

Juan va a negar de forma correlativa todas las posibles atribuciones por las que se le pregunta: no es el Mesías (tan esperado en aquel tiempo), tampoco el Elías (pues se esperaba que iba a volver junto al Mesías), ni  el Profeta (después de Moisés, quien habría de interpretar la Ley). Se reconoce mucho más modesto, parece no querer enturbiar en nada el protagonismo del verdadero Mesías. Así es que se define simplemente como la voz en continuidad con los que anunciaron en el Antiguo Testamento que vendría el Mesías, y exhorta a la conversión para su venida. Ante la pregunta: ¿Quién eres tú? El texto original (al contrario que la traducción que hemos escuchado) omite las palabras “Yo soy” que en este evangelio de Juan se reservan para Jesús. Dice solo: “¿Yo? La voz que grita en el desierto…”.

 

Juan era por tanto solo candil o lámpara. Lo sabía y con esa responsabilidad entendió su misión. Es bueno alegrarse de la sencilla belleza de las lámparas de barro que sostienen la luz. Evitando la queja sobre su barro, su aceite, su forma, su cochura, su servicio discreto, se aprende mejor a valorarla como transmisora de aquello que pronuncia el color de cada cosa. ¡Cuántas vidas luminosas podríamos nombrar trayendo a la memoria a quienes nos aportaron luz! Iluminaron pero nosotros también aprovechamos su esmero. Son personas que han suscitado admiración y nos han provocado preguntas: ¿De dónde le viene esto? ¿Qué hace para ser así? Y aun así, todos ellos no eran más que portadores del único que realmente produce claridad, el que anunciaba Juan el Bautista. Ahí está la clave de su luz.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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