Ciclo A

DOMINGO I DE CUARESMA (ciclo A). 5 de marzo de 2017

 

Gn 2,7-9; 3,1-7: El día en que comáis de él se os abrirán los ojos.

Sal 50,3-4.5-6a.12-13.14.17: Misericordia, Señor: hemos pecado

Rm 5,12-19: la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.

Mt 4,1-11: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.

 

La cuerda floja es para el funambulista la ruta propia sobre la que poner el pie y avanzar. Antes de cualquier paso certero sobre ese estrecho senderito hubo otros muchos que se equivocaron. En aquella línea tensada en las alturas queda expuesto a cometer muchos más errores que sobre tierra firme. Pero su intención es evitar un paso torpe y desafortunado, que puede caída. Para ello hace falta un aprendizaje para el equilibrio. Una vereda dispuesta en un límite, nos llevará también a nosotros a ciertos límites o fronteras. El resultado del artista que consigue atravesar de un extremo a otro, lo largo que sea, sobre un delgado hilo no es solo haber superado el desafío, sino todas las cualidades que tuvo que adquirir (equilibrio, fortaleza, templanza, sacrificio…) para permitirse esas restricciones bajo sus pies. Una situación de frontera no sitúa en un límite donde, por una parte, se percibe la fragilidad propia y, por otra, se abre una vía para el crecimiento.

 

No es que Dios nos lleve a ciertos límites para probarnos. Hay momentos en los que, por muy diferentes motivos nos vemos en una situación de frontera. Dios está ahí con nosotros ayudándonos, fortaleciéndonos para sobrepasar el tope con el que nos hemos encontrado y agrandar el espacio de nuestros pasos. La tentación nos proporciona una batalla para salir vencedores y conquistar nuevos lugares de apertura de nuestro corazón. Es donde podemos abrir una nueva puerta que nos posibilita seguir caminando en progresión hacia Dios, como el nuevo tiesto más espacioso para una planta cuyas raíces requieren esparcimiento, porque la antigua maceta reducía su expansión. Ese traspaso de frontera solo puede llevarse a cabo desde la confianza en Dios; es, de hecho, una prueba de fe donde, o te fías un poco más de Dios, o recelas de Él para centrarse en tus fuerzas solas. Él es quien nos proporciona el equilibrio para esa cuerda floja de la vida, pero hay que ofrecerle nuestra mano y dejarse llevar mientras se camina entre apuros.

 

Las tentaciones de Jesús nos lo revelan humano. Aquí se ve nuestra misma fragilidad y necesidad de lucha. El polvo del suelo que Dios Padre modeló en los orígenes sigue siendo tan terroso como antes y, por ello, tan pobretón, tan quebradizo, pero también tan maleable, dócil o rebelde a las manos de Dios. Al mismo tiempo descubrimos aquí el destino glorioso preparado para nosotros por nuestro Señor. Aquello que profetizaba la serpiente en el Paraíso para engañarlo, era en realidad una promesa de Vida del Padre para sus hijos: “seréis como dioses”. La serpiente provocaba ese anhelo del corazón humano para tentarlo. Le ofrecía un fruto inmediato para una realidad que requería trabajo, abono, paciencia, paulatinidad. Para la cosecha de los frutos hay que esperar. Sin embargo le resultó más cómodo al ser humano alargar la mano sin esfuerzo para lograr una felicidad que se desveló mentirosa, porque tuvo que renunciar a ser humano, que exige tiempo y maduración. En las tres tentaciones el diablo espera que el Hijo de Dios desespere de ser Hijo de hombre, que le pese su condición humana sujeta al tiempo y al espacio, al proceso y la reiteración. En las dos primeras el Tentador parte de una verdad, para querer justificar un despropósito: “Si eres Hijo de Dios… entonces”. El Hijo de Dios no olvida que es hombre y que para conseguir el pan hace falta esfuerzo y trabajo, esmero y paciencia; no olvida que para confiar en la presencia de Dios en su vida no hace falta exigirle un signo prodigioso; no se distrae con un poder glorioso pero vacío, sino que busca en todo, llevar su corazón humano hacia Dios para cumplir su voluntad y dar solo gloria al que nos procura la victoria en nuestras debilidades, el que nos hace fuertes en nuestras pusilanimidad y valiente en nuestras cobardías; el que hace que el límite de la cuerda floja se convierta, no es un camino intransitable, sino en una puerta de posibilidades. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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