Ciclo A

DOMINGO VIII T. ORDINARIO (Ciclo A). 26 de febrero de 2017

 

Is 49,14-15: Aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.

Sal 61,2-3.6-7.8-9ab: Descansa sólo en Dios, alma mía.

1Co 4,1-5: No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor.

Mt 6,24-34: Nadie puede servir a dos señores.

 

A fuerza de mirar los pájaros del cielo y los lirios del campo como una preciosa maravilla, se puede terminar entendiendo en ellos la mano divina que no solo los alimenta y viste, sino que los ha creado y los sostiene en vida y, todavía más, que los tiene ahí para nosotros. Basta con dejarse contagiar de la belleza que transmiten. Si Dios lo embellece y trata así, ¿cómo dudar de que el Señor nos cuide con más esmero aún que nuestros padres? Pero estas imágenes no impedirán otras miradas hacia las víctimas de hambrunas y calamidades. Si el amo a quien queremos servir nos invita a la confianza en la providencia, a la intervención de poder y misericordia de Dios en nuestras vidas, parecen no faltar motivos para dudar de que esa presencia sea eficaz en un número grande de casos. El pasaje de este domingo ha sido controvertido a lo largo de la historia de su interpretación. Con cambiar el enfoque de la vista de un hemisferio a otro de la tierra se alterará también nuestra mirada hacia Dios. O bien la Palabra de Dios es parcial y atañe a algunos, pero no a todos, o bien sirvió en una época lejana que no tiene que ver con la complejidad del tejido social actual. Cabe también dejar que la Palabra de Dios siga siéndolo y, para ello, tengamos que profundizar en su contenido.

 

            Jesucristo descarta la multiplicidad de señores para un único siervo. No es posible así un servicio de calidad; menos aún si el trabajo requerido implica mucho de la persona que sirve. Llama la atención que al señor Dios, el Maestro sitúa como antagonista al señor dinero. El bien material simbolizado en ese dinero, que no deja de ser algo materialmente de poco valor, sin embargo acumula, a ojos de quien le rinde pleitesía sin condiciones, el todo. El dinero aporta seguridad presente y futura en lo básico y en lo opulento, suscita ideales de ficción y deja al alcance de la mano cualquier ambición. En realidad el que sirve a Dios y quien lo hace con el dinero buscan lo mismo, se buscan a sí, pero por dos vías extremadamente opuestas: una, la de Dios, descifrando el misterio de la propia vida muy unida a la divinidad que le revela un valor de altura celeste; otra, la del dinero, pretendiendo construir fortalezas en torno a unos aspectos que él cree vitales, pero muy vulnerables a la infortuna, la enfermedad o la muerte. Fortifica algunos elementos, pero deja a la intemperie el resto: ¿cómo asegurar el amor, la felicidad, la paz interior?

 

            Por eso las lecturas de este domingo nos hablan de la sabiduría de quien escoge a Dios sobre el dinero. Su acierto se ha encontrado anteriormente con un contratiempo: el peso del dinero se siente pronto sobre la palma de la mano, la confianza en Dios ha de agarrarse a otro tipo de certeza que no puede tocarse con los dedos. Esa confianza se experimenta y se siente tan real, que en ella se encuentra más seguridad que en el amor humano más incondicional y la certeza originaria de nuestra vida: el amor de nuestra madre. No hay aquí una pretensión de esconder las desgracias de la vida, las injusticias entre poderosos y débiles o los rigores del trabajo necesario; y menos aún quiere negar la necesidad de trabajar, sino de confianza en el amor paterno – materno de Dios, que no descuida nada de sus hijos, a pesar, incluso, de que no sea evidente a nuestros ojos, como si puede serlo la hambruna que ataca a una población determinada en cierto lugar desfavorecido de nuestro mundo. La falta de confianza en la providencia de Dios, a la que se une el que trabaja honradamente, provoca de forma proporcional ansias en la acumulación de capital. Esta postura arrastra al desequilibrio: olvida a Dios y, consecuentemente, se olvida del hermano, en cuyo bienestar no se piensa. El agobio por el mañana crispa y siembra crispación. Hace que la mirada no descubra a Dios ni en los lirios ni en los gorriones, sino en el beneficio económico que unos y otros pueden aportar. Luego habrá queja ante Dios y el mundo por las personas que padecen escasez en cualquiera de los bienes básicos e imprescindibles, sin preguntarse por su responsabilidad en estas injusticias. La mirada ajena al Señor en los bienes creados y regalados por Él aboca a una visión egoísta y utilitarista de la realidad que se olvida del que sufre. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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