Ciclo A

DOMINGO VII T. ORDINARIO (ciclo A). 19 de febrero de 2017

 

Lv 19,1-2.17-18: Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo.

Sal 102,1-2.3-4.8.10.12-13: El Señor es compasivo y misericordioso.

1Co 3,16-23: Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

Mt 5,38-48: Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis?

 

Precedió una ley salvaje donde imperaba la fuerza. Un agravio era contestado desde las vísceras provocando una herida siete veces mayor; el litigio se inclinaba a favor del poderoso; primaba la venganza y el indefenso quedaba habitualmente sin justicia, pues no tenía recursos para poder exigirla. El “ojo por ojo, diente por diente” supuso un extraordinario progreso, pues, por una parte, frenaba el impulso vengativo con una pena proporcionada al mal cometido; por otra parte, colocaba una instancia superior, la ley, aplicable a todos, con lo que el débil quedaba amparado por un sistema legal al que apelar.

            No le valieron a Jesucristo las leyes de los antiguos. Por supuesto que la venganza está fuera de toda órbita legal y es extraña a la justicia, pero la llamada “ley del Talión” (la ley del castigo recíproco al daño cometido) tampoco convence a quien, siendo de condición divina, se ha hecho carne humana para dar su vida por la humanidad. Él se ha hecho Ley, norma de vida para todo hombre, que pretende la salvación de toda persona humana, también de los culpables. La nueva legislación que nos ofrece no puede estar fundada sino en la sustancia de su propia vida, la misericordia. Los ejemplos que expresa Jesucristo: poner la otra mejilla al que te abofetea, darle el manto al que quiere quitarte la túnica y acompañar a alguien más incluso de lo que te exige, pueden presentarnos una actitud un tanto ficticia con relación a la realidad que hemos de vivir cotidianamente y además, parece ofrecer una compasión hacia el ofensor o el que exige, que fácilmente aboca a un agravio sostenido, a un aprovechamiento de la situación para legitimar el abuso sobre el bondadoso que, sencillamente, se deja hacer. En ese caso tendríamos que concluir que la misericordia ha de olvidarse de la justicia. Así parece corroborarlo el final del Maestro en la cruz. Ejecutado sin defensa, sin careo, sin apelación a un tribunal imparcial. ¿Nos pide el Señor renunciar a la justicia desgajándola de la misericordia? Sería entender mal esa misericordia.

            En su vida contemplamos momentos en los que se opone a un determinado uso de la ley que privilegia la norma sobre la persona (con el sábado, las prescripciones de limpieza ritual, la consideración del pecador…). No ataca la ley, sino el uso estrecho y parcial de esas leyes que olvidan al ser humano, al que sirven. Lo que estas leyes nuevas evangélicas nos presentan  miran al bien de la persona: del que ofende, pues se le da otra oportunidad, haciéndole ver que lo que hace o pide es insignificante en relación con la grandeza del hombre. Se le regala un tiempo para la reflexión, motivado por ese gesto tan inesperado del que ha sufrido la ofensa. Donde se esperaba una reacción de contrataque, recibe, sin embargo, acogida. Y esto descabala. Abre una veta nueva e insospechada que, a no ser que tope con un corazón extremadamente seco, incita al interrogante. Por parte del que recibió la ofensa se ve capacitado para progresar solemnemente hacia Dios con el perdón, con los mismos sentimientos de Jesucristo. De este modo no se detiene en su dolor o en su herida, sino que se abre a que sea Jesucristo e que diga en él poniendo otra oportunidad, una consideración diferente de la persona que ha hecho daño, para que pueda arrepentirse. El agraviado puede convertirse en príncipe de la renovación y la paz. La novedad con que afronte esta herida recibida será novedad también para facilitar el arrepentimiento y el perdón.

            La justicia no queda anulada, sino que el subrayado realza la misericordia, motor de cambio del mundo, porque lo es de cada persona. No se puede renunciar a la justicia. Esta tendrá que venir del hombre que toma consciencia del mal hecho y pide perdón, intentando resarcir en aquello donde hubo maldad, pero, sin el ofensor no lo acepta, tendrá que venir desde fuera de su corazón, por otros medios. Nadie sin misericordia, nadie sin justicia. Para ser fiel discípulo del Maestro hay que allegarse a amistar con Él en su vida, haciéndose dócil a su enseñanza de misericordia, deseando la salvación de todos y trabajando para facilitarla.  No es difícil encontrar en nosotros tendencias hacia retazos de venganza; nuestras propias leyes son durísimas con quienes nos hieren u ofenden a los nuestros. Pero, ¿qué otra Ley, sino la de Cristo, es la que procura un real y eficaz crecimiento de la persona? ¿Qué perdemos, pero qué ganamos con una u otra?

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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