Ciclo A

DOMINGO VI del T.ORDINARIO (ciclo A). 12 de febrero de 2017

 

Si 15,16-21: Si quieres, guardarás los mandatos del Señor.

Sal 118,1-2.4-5.17-18.33-34: Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

1Co 2,6-10: El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.

Mt 5,17-37: “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

 

Los antiguos escucharon lo que Dios les decía y lo dejaron consignado por escrito. Todo el que quisiera saber los mandatos del Señor y sus profecías debía leer. Está bien retener en la letra: bien para la memoria, bien para para frenar a los que acostumbran a modificar las palabras a su conveniencia. Pero no está bien para que se detenga también en la letra el que la lee y la interpreta y la vive. Es Palabra de Dios, Palabra viva que indica hacia más y más y más… hasta el máximo posible que es la plenitud. Luego o la letra de la Escritura, la Ley y los Profetas, encauzan hacia su autor y propietario, el Señor, o no se estirarán más allá de la simple letra, que, aunque no sea poco, no es suficiente.

 

Gracias a esa letra todavía hoy para saber del Señor seguimos leyendo, porque lo que fue Palabra de Dios lo sigue siendo. El Altísimo no dice un día para que se olvide tiempo después, para que no valga o para que se consuma desgastado, sino que su Palabra se perpetúa como alimento para todas las generaciones para todas las edades. La que guarda este tesoro, la Iglesia, se ha vinculado a una causa antiquísima, lo que a los ojos de los innovadores actuales la convierte en un relicario de antigüedades, como una especie de parcela sembrada de restos arqueológicos, con valor escaso para la vida real y poco que decir al hombre de hoy.

 

El acontecimiento que permite la validez de aquello antiguo y la presencia autorizada de la Iglesia es Jesucristo. Él produjo una novedad vinculada a una plenitud que asume lo que quedaba fijado en la letra para avanzar más allá de ella. El precepto que viene de Dios no puede ser solo un instrumento para mediar en las relaciones entre el hombre y Dios, entre hombres y hombres. Marca una frontera dentro de la cual se ha de caminar, no solo para evitar superarla, sino para eso, para caminar, para la integridad humana. El “habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero yo os digo” tan repetido en este pasaje del Evangelio busca una esfuerzo que supere los principios básicos imprescindibles hacia un trabajo esmerado donde se quiere extraer y vivir la huella divina tras la letra de la Ley o del Profeta. La plenitud nos la muestra Cristo, cuya vida es una entrega obediente al Padre en todo, hasta en aquello que le resultaba oscuro. ¿Bastará así con querer a los que nos quieren? ¿Será suficiente con evitar el conflicto con los demás, respetar lo suyo mientras respeten lo nuestro? Y, en el caso de sufrir injusticia, ¿estará bien si no apelamos a la venganza, pero no resistimos al rencor indefinido? En definitiva: ¿dónde ponemos “nuestra” frontera a la Palabra de Dios?

 

Los tres ámbitos a los que alude el Maestro en el evangelio de este domingo abrazan de modo global todos los espacios más importantes de nuestra vida. La relación con los demás, el vínculo matrimonial y el trato con Dios. Una vivencia al  pie de la letra de los mandamientos antiguos resulta claramente insuficiente ante la propuesta de Jesucristo. No solo se trata de no matar, sino de evitar el juicio innecesario, buscar el diálogo, respetar hasta en lo menudo con un trato exquisito de la otra persona. La comisión del adulterio es un pecado grave, pero en la exhortación que hace el Maestro el mandamiento contra la infidelidad incluye un cuidado especial de la relación entre el marido y la mujer, que busque el respeto, que proteja la dignidad y favorezca el amor, solo posible en un proyecto de perennidad. Por último, hay que respetar el Nombre de Dios, y eso implica rechazar utilizar a Dios para avalar nuestras acciones o palabras, emplearlo como garantía de nuestra verdad.

 

Este es el camino del Señor que produce una dicha sin comparación, que conduce a la vida, que favorece una sociedad de justicia. Nos propone un nuevo concepto de justicia que mira a la persona en su integridad y vela por su plenitud, partiendo de una letra que lleva a Jesucristo, la Ley perfecta de Dios hacia donde han de encaminarse nuestras acciones, palabras, pensamientos… La linde de esta plenitud es elevada, pero eso no impide que, de modo gradual, avancemos hacia ella evitando ponerle límite a la Ley o a los Profetas para pararnos y dejar en cierto punto de buscar a Jesucristo. En Él se esconde la sabiduría que nos describe san Pablo. ¿Quién podrá acercarse a ella y entender si no ha tenido experiencia del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús? ¿Quién sin haber sentido la novedad del Hijo de Dios crucificado por amor?

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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