Ciclo A

DOMINGO V T. ORDINARIO (ciclo A). 5 de febrero de 2017

Is 58,7-10: …Brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía.

Sal 111,4-5.6-7.8a.9: El justo brilla en las tinieblas como una luz.

1Co 2,1-5): Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.

Mt 5,13-16: Brille así vuestra luz ante los hombres.

 

 

Ni la sal puede tomarse a puñados ni la luz ha de apuntar a la pupila directamente, el éxito de ambas depende de su discreción. Tan discretas como para renunciar a un protagonismo destinado a otros: los alimentos en los que la sal realza su sabor, la realidad a la que accedemos por sus colores que suscita la luz. Ni la sal es alimento ni la luz es objeto de la vista, animan a otros a expresarse en lo que son. De otra manera: la eficacia de la sal se pronuncia en la comida que aviva y la de la luz en el color de las cosas que esclarece. Además, no se espera nada distinto ni de una ni de otra: que se explayen sin timidez y sin exceso, con una moderación no siempre lograda.

¿Eso se nos pide a los creyentes: moderación, recato, discreción, sacrificio silencioso por otros? Podría entenderse así y así, de hecho, lo interpretan y lo viven algunos. Pero, quizás, no es suficiente, ni siquiera lo decisivo, y hasta puede resultar dañino si se toma como lo central.  La solicitud de Dios para con cada uno de nosotros es que no renunciemos a aquello para lo que hemos sido creados y demos lo que Él nos ha dado para colaborar en una felicidad (es decir, salvación) que no es solo la mía, sino la de todos.

            La luz protagoniza un simbolismo repetido en la Palabra de Dios. La encontramos en la primera lectura, el salmo y el evangelio de este domingo (la sal solo aparece en el evangelio). Lo que el Evangelio dejaba en exhortación lo tenemos concretado en la lectura de Isaías. El que quiera dar luz tendrá que partir su pan con el hambriento, hospedar al sin techo, vestir al desnudo y no desentenderse de los suyos. Nos habla de compartir, hacer partícipe al otro de mi propiedad. Añade lo que se ha de evitar: la opresión, la calumnia, el dedo acusador, e insiste en lo del principio: ofrecer al hambriento de lo tuyo y acompañar en el dolor (saciar el alma afligida). Otra vez tenemos una apertura de la posesión individual ante las necesidades de otro. Lo mío se convierte en nuestro. Lo contrario produce oscuridad. La propiedad encadenada; es ajena a la carencia y al dolor de otras personas; se vuelve rancia y maloliente, se pudre. Y además mueve a una avidez que pretende que lo que el otro posee sea también para mí, solo para mí. ¿De dónde viene lo que tenemos sino de Dios? ¿Y para qué dio sino para que aprovecháramos nosotros, pero todos nosotros? Él pone en nuestras manos un instrumento de luz, y cuando en nuestra vida cunde la generosidad con la que nuestro Señor nos agració lo estamos haciendo funcionar. Recibimos para dar. Nadie luce sino cuando el rayo de Dios se refleja en él.

            De este modo puede entenderse mejor el silencio de la sal y de la luz. Ponemos bozal al egoísmo, la envidia, el odio, la pasividad, el conformismo… para que hable nuestro Señor y nos haga luminosos. Nos dejamos silenciar para aprender de su Palabra y que en nuestras palabras, actos y pensamientos se refleje lo que Ella nos enseñó. No hay mayor sabiduría, ni mayor brillo. San Pablo no se glorió de otra cosa. De nuestro Señor hecho silencio para que todos tuvieran sabor y color. Silencio que evita convertirse en alguien deslumbrante y, sin embargo, deslucido; sabroso, pero a costa de acabar con todo otro sabor; con propiedad, pero desentendida de los que no tienen. ¡Cuánto tiene que decirnos el silencio de Jesús, con el que esperó pacientemente a que el Padre hablara! ¡Cuánta luz da el Cirio de nuestra fe, Cristo, consumido para la claridad del mundo!

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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