Ciclo A

SOLEMNIDAD DEL BAUTISMO DEL SEÑOR. 8 de enero de 2017Is 42,1-4.6-7: Mirad a mi siervo, a quien sostengo…La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Sal 28,1a.2.3ac-4.3b.9b-10: El Señor bendice a su pueblo con la paz. Hch 10,34-38: M

 

Is 42,1-4.6-7: Mirad a mi siervo, a quien sostengo…La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará.

Sal 28,1a.2.3ac-4.3b.9b-10: El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hch 10,34-38: Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien.
Mt 3,13-17: Se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.

 

¡Qué lejos dejan nuestros belenes al Niño de María y José! Ponen al pequeño en el pesebre y detrás a sus padres santos queriendo destacar el misterio contemplado. Pero cómo no imaginarnos al Niño arrullado, acariciado y besado muchas veces. Este es el lenguaje con el que los padres pronuncian su “te quiero”, y el hijito lo entiende y responde con lo suyo, lo que puede: su sueño profundo, su paz y su sonrisa, así contesta que se sabe amado. Dios tampoco se reserva gestos de cariño. Besa y acaricia con el Espíritu Santo que ilumina, pacifica, consuela y fortalece el interior humano, porque en él se acurruca para hacerlo su cuna y su morada. Su acción irá creciendo en la medida en que crezca también el niño, sin violentar en nada el necesario proceso humano. Aquí la respuesta al amor de Dios que nos llega por el Espíritu Santo es la obediencia a su voluntad; esta es única forma que tenemos de decir nuestro “te quiero” al Señor.

“Pasó haciendo el bien”. Estas palabras las pronunciaba Pedro en el libro de los Hechos de los Apóstoles, dirigidas a un grupo de no judíos reunidos en casa de Cornelio que abrazarían la fe tras recibir el Espíritu Santo. Se dejaron acariciar por Dios y se unieron fuertemente a Cristo. La expresión es referida a Jesucristo y con todo el resto del discurso forman parte del núcleo del mensaje cristiano donde se proclama la acción salvífica de Jesús, el mandato misionero y la concordancia con las promesas. Pedro hace memoria de los trazos fundamentales de la vida y misión del Maestro. Ese “Pasó haciendo el bien” suena agradable para evocar la vida de una persona; cuánto nos gustaría que el recuerdo dejado por nosotros en este mundo se sintetizase en estas palabras. Es lo suficientemente descriptiva y breve para un epitafio que perpetúe nuestra memoria.

            La fiesta que celebramos hoy, el Bautismo del Señor, concluye el tiempo de Navidad que hemos celebrado durante dos semanas. Cuatro semanas lo precedieron con el Adviento en que insistíamos en la espera de la venida del Señor y nos animaba a disponernos a las celebraciones navideñas. “Celebraciones” porque el misterio del nacimiento del Hijo de Dios en la carne festejado en estas fechas está formado por tres momentos fundamentales.  El primero es el nacimiento como tal, que celebrábamos el veinticinco de diciembre. El segundo es la manifestación del Hijo de Dios encarnado a todos los pueblos, celebrado el 6 de enero, en la fiesta llamad de la Epifanía o manifestación del Señor. El tercer momento llega con el Bautismo del Señor.

            El “Pasó haciendo el bien” de Pedro está antecedido por una especial caricia y beso de Dios, la unción del Espíritu Santo: Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.

¿Cómo podrá alguien repartir caricias si nadie se las hizo a él ni le enseñó? Para que alguien haga algo bien es imprescindible que Dios esté con él, y Dios llega a cualquiera de nosotros mediante el Espíritu Santo, que capacita para una vida de bien. El Espíritu Santo nos introduce en las entrañas de la Trinidad para que conozcamos a Dios y llevar a nuestra vida su misma actividad, que es el amor. Es el mismo Espíritu Santo el que posibilita el beso, la caricia, el abrazo y la ternura en la unidad entre el Padre y el Hijo por la eternidad y el que empapa al Hijo de Dios hecho hombre para que pueda llevar el amor que le tiene su Padre en su misión de anunciar el Reino de los cielos.

            El Bautismo de Jesús nos hace fijar la atención en la última de las fiestas de la Navidad, mostrando al Niño ya crecido con una nueva caricia de Dios Padre, con la “unción” del Espíritu Santo y la proclamación del nombre que tiene desde la eternidad “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto”. Todo ello abre una nueva etapa en la vida de Jesús, para realizar la misión encomendada por su Padre. El niño había ido creciendo en estatura, capacidades y en gracia de Dios (recibiendo el Espíritu Santo), pero ahora llega el momento de recibirlo de un modo especial, más intenso, para implicarse en su nueva tarea que lo llevará a predicar, curar, hacer milagros, perdonar pecados… hasta dar su vida en la cruz. Esta fiesta tiene mucho que ver con los sacramentos del bautismo y la confirmación. Si cabe, más aún con esta, donde se recibe el Espíritu para la misión propia del creyente en la Iglesia y en el mundo.

            “Pasó haciendo el bien”. Ojalá y pueda decirse esto de nosotros, como de Jesucristo, porque disfrutamos y aprovechaos las caricias de Dios por su Espíritu Santo, nos ha mostrado a su Hijo, nos ha hecho capaces de contemplarlo, nos ha llenado de gozo y capacitado para obrar en todo conforme a la voluntad de nuestro Señor, siendo personas de bien en el amor a Dios y a los hermanos. ¿Cabrá otra respuesta de nosotros que no sea agradecer tanto al Señor cumpliendo con su voluntad? 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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