Ciclo A

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS. 1 de enero de 2017

 

Nm 6,22-27: El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz”.

Sal 66: Que Dios tenga piedad y nos bendiga.
Gal 4,4-7: Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley.

Lucas (2,16-21): María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

El ángel del Señor acometió el encargo de mensajero con profesionalidad, cumpliendo con el anuncio encomendado.  Si Dios le pidió que anunciase a los pastores, así lo hizo; si le pidió que hablara del nacimiento del Salvador, así también; si le encargó que indicase la señal del niño entre pañales y en el pesebre, no desobedeció. Si terminó dando gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Él ama, fue tal vez de propina, porque ¿quién que viva tan cercano a Dios no dejará de alabarlo espontáneamente? El anuncio del Niño nacido, termina con la proclamación de la gloria de Dios. Este mensaje a los pastores que acampaban al aire libre en la noche cerca de Belén no era solo para informar, sino también para mover. Avivó las expectativas de los pastorcillos animándolos a ir a Belén y buscar al Niño. Lo encontraron, lo contemplaron y vieron más de lo que les había dicho el ángel: junto con el recién nacido vieron a María y a José. De ellos no les había hablado el mensajero del cielo.

            Por no pensar que el ángel ocultara adrede u olvidase, mejor entender que dijo lo que tenía que decir sin reservarse secretos. Pero lo que decía no suplía que los destinatarios de su anuncio fuesen ellos mismos a ver lo que había sucedido. Aunque nos hablen de Dios los mismos ángeles, será noticia de segundas, y no suplantará la experiencia del que oye con sus propios oídos y ve con sus propios ojos. Por mucho que les hubiera descrito el ángel no les llegaría tanto a su corazón y a su mente como lo que sus propios sentidos percibieron ya sin mediadores.

            En el centro del mensaje del ángel había un Niño recién nacido; culminando el mensaje el coro celestial cantó una alabanza a Dios. Los pastores vieron más: también a María y a José, y tal vez al buey y la mula… y todo lo que se contuviese en aquel portal. Vieron más que escucharon del ángel, no porque el ángel se hubiera quedado corto, sino porque les señaló el pórtico y les invitó a entrar. Ellos entraron y vieron. Anunciando al Niño, se anunciaba todo lo demás, pero solo para quien se acercase al portal. Viendo al Niño podía contemplarse el resto, pero solo mientras se comenzase por el Niño. Había que seguir un orden: Niño, Madre, padre. Había que comenzar por la vida divina hecha carne, contemplarla y adorarla, para alegrarse inmediatamente con la maternidad virginal de María y la paternidad en adopción de José. Cuando se altera este orden, se termina olvidando al Niño, y no se penetra tampoco en el misterio de aquella maternidad ni de la paternidad, relevantes precisamente en función del niño; en torno a la misericordia de Dios hecha carne. Y, en virtud de lo que sucedió en aquel portal de Belén, así ha de suceder con cada familia: primero el niño, el don de Dios acogido con agradecimiento y veneración, como un misterio sagrado para contemplar; luego la madre, morada del pequeño en lo oculto, la única capaz de alumbrar el milagro y alimentarlo con su propia carne; y finalmente padre, protector y guía. Solo así se podrá dar gloria a Dios, como hicieron los ángeles. Cambiar el orden es abrir la familia a multitud de desórdenes. ¿No es esta la raíz de muchos dramas familiares? ¿Dónde queda el hijo cuando la madre o el padre cobran un protagonismo autónomo al margen del niño?

            La imaginación popular pone ofrendas en las manos de los pastores para el recién nacido de Belén. ¿Cómo presentarse a Dios sin regalo? Darían de lo suyo, de lo que tuviesen y al modo del pastor: queso, requesón, una piel… Pintan así lo que quizás no puede aparecer en nuestros belenes de otro modo. Porque lo mejor que pudieron ofrecerle fueron sus oídos y sus ojos. Y luego su boca, para contar lo que les había dicho el ángel y para dar relatar a otros y dar gloria a Dios por lo que habían visto y oído.

¿Qué vieron? Fueron y encontraron al niño acostado en el pesebre, como se lo había anunciado el mensajeros celeste, pero también a María y a José. El misterio del Niño Dios escondía otros misterios. La liturgia nos pinta hoy el de la Maternidad virginal de María.  Donde hay niño, tendrá que haber también madre y padre. Hoy miramos al mismo misterio que celebrábamos el día de Navidad desde el de la Virgen Madre que dio carne al Niño Dios. Lo de Dios lo ponía el Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra, lo de Niño lo ponía una humilde nazarena, una mujer de aldea. Así de María al Niño ¿Y del Niño a María? ¿Cómo suena el nombre de Madre en los labios de un Dios tan empequeñecido? Aun sin perder omnipotencia divina, al Niño Dios no le saldría más que sonreír y llorar. Tampoco nosotros sabremos en nuestra vida hacer mucho mejor con nuestra alabanza al Verbo encarnado: sonreírle y llorarle. Y, habiendo contemplado el misterio de la maternidad divina de la Virgen desde el misterio anunciado por el ángel, quizás nos sea difícil dirigirnos al Señor sin llevar en nuestra sonrisa y llanto también el nombre de María. No dejará ella de estar en nuestra alabanza de la gloria de Dios y en el anuncio que hagamos, al modo de los pastores, de lo que hemos oído y contemplado. Estará será nuestra bendición para otros, tras haber recibido la bendición del Señor que nos ha enseñado su rostro: hablarles del Niño y su madre para gloria de Dios. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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