Ciclo A

DOMINGO IV ADVIENTO (ciclo A). 18 de diciembre de 2016

 

Is 7,10-14: “Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”.

Sal 23,1-6: Va a entrar el Señor; Él es el Rey de la Gloria.

Rm 1,1-7: Este Evangelio se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David.

Mt 1,18-24: Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

 

 

Con qué cuidado se guarda aquella herencia menuda que nos llegó de una abuela, un bisabuelo, un pariente lejano (un plato, una copa, una carta, un reloj..). Pasó de unas manos a otras con salto de generación hasta nosotros con el valor de lo antiguo, de lo exclusivo y un afecto que ha ido dándole más peso en la medida en que el tesoro lleva el rastro de varias generaciones que lo recibieron y lo legaron.  Cuántas de estas herencias también se perdieron porque se entregaron a unos descendientes que no apreciaron su valor y se desprendieron de ello cortando la línea de transmisión.

            En la historia de las generaciones humanas, donde se realiza el proyecto salvador de Dios, muchos antiguos recibieron herencia divina con un mensaje anunciado por boca de los profetas. Al rey Acaz le llegó uno de ellos: “La virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel…” ¿Quién sería esa “virgen”? ¿Quién ese “niño”? ¿Entendería el rey? ¿Entendería siquiera el profeta Isaías que pronunció la profecía como señal? A los dos les resultaría oscuro el mensaje o, por lo menos, no suficientemente claro. Un anuncio entre sombras y casi incomprensible empuja al olvido. ¿Para qué conservar lo confuso, lo que no sabemos? Ellos no olvidaron, sino que lo preservaron y lo transmitieron, porque venía de Dios y, aunque ellos no llegasen a ver su cumplimiento, intuían la presencia de un enviado de Dios que inauguraría una nueva época.

            Israel tenía un arcón espacioso donde se guardaba lo antiguo y lo nuevo. Estaba formada por la piedad de aquellos judíos religiosos, herederos de los mensajes de esperanza. Confiaban en Dios y sus promesas; recibiendo la palabra de los antiguos, entendían que la recibían de Dios y tenían que entregarla a los demás como un objeto delicado y valiosísimo. Por encima de entender absolutamente el contenido del mensaje, disfrutaban lo fundamental: la presencia salvadora de Dios en su historia y no devaluaban nada de lo recibido, entregado por Dios por medio de tantas personas en cuya boca puso su Palabra. José y María formaban parte de esta comunidad de judíos piadosos. A los había llegado la esperanza en el mensajero divino de la paz, inaugurador de una humanidad renovada. Si no conocían la profecía de Isaías al rey Acaz, no les era ajeno su mensaje. ¿Tuvo María consciencia de la magnitud de la petición divina para ser madre de Dios? ¿Se desvanecieron las sombras de la duda de José tras el sueño sobre la virginidad de su desposada, María? Confiaron y albergaron en el corazón en la misma disposición como habían recibido antes la Palabra de Dios.

            ¿Puede haber adhesión a lo que no se conoce por completo? Se puede implicar la vida en un proyecto del que se desconocen los pormenores. Así lo hicieron María y José, porque el proyecto llegaba de Dios y, aunque superase su entendimiento, entendían el quehacer misericordioso de su Señor en la historia. Insertos en esta historia, ellos recibían el mensaje salvador de los antiguos, lo acogían, se implicaban en él fieles a la voluntad de Dios y orientaban sus vidas en torno a ello. María tuvo que acoger su condición de madre y virgen, José a María Madre y no por él, el Niño el maravilloso abajamiento de que un Dios se haga humano.

No solo es eficaz la acción que obtiene fruto inmediato; la palabra y el gesto profético inician un nuevo venero de cuya agua se beberá en otro tiempo, pero que fecunda a su paso la tierra y va certificando la necesidad de esa agua. Nosotros, un poco al modo de san Pablo con la comunidad de Roma, anunciamos el Evangelio de Cristo, aunque a veces no llegamos a entender del todo; lo vivimos, aunque no lleguemos a explicar ciertas normas y veamos que estamos lejos de una verdadera fraternidad; lo celebramos, aunque no alcancemos a penetrar bien en lo que se comparte en la oración y la Eucaristía; y preparamos la celebración del nacimiento de nuestro Señor hasta que vuelva, a pesar de no ser conscientes de lo crucial de este acontecimiento y tengamos que contender con un periodo consumista y materialista. El crecimiento de la esperanza tiene mucho que ver con el cuidado de este mensaje divino y su transmisión. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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