Ciclo A

SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR. 6 DE ENERO DE 2023

Is 60,1-6: Caminarán los pueblos a tu luz.

Sal 71: Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos dé la tierra.

Ef 3,2-3a.5-6: También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo.

Mt 2,1-12: hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

 

Lo que construyeron los antiguos y sigue permaneciendo entre nosotros, la mayor parte como rescoldos ruinosos de edificios o copias de imágenes originales perdidas, no deja de proporcionar belleza. Se dice de los griegos, quienes alcanzaron la cumbre de la producción artística y de quienes dependemos hoy día en esas lides, que cualquiera de sus grandes creaciones tenía como referencia al ser humano. La armonía que se percibe en ella estaría vinculada con unas proporciones que se remiten a la realidad humana, comenzando por su físico. Por eso el hombre se encuentra fascinado por esa configuración y perfección que ante todo es orden. Toda está en un sitio apropiado, acorde con lo humano, acorde con la naturaleza. El conjunto, acogedor y fascinante, destila paz y causa asombro. Los estudiosos encuentran tras estas formas tan bellas una estructura matemática con la cual se permite ordenar cada uno de los elementos. Para nada están lejos los artistas de los científicos; cada cual se acerca a la misma realidad desde miradas centradas en el orden, la armonía y la belleza, en las relaciones que existen entre todas las partes y que muestran un orden en cuyo centro, de algún modo está el hombre, que es el contemplador de todo ello y su intérprete.

            Tras el impulso de los Magos de Oriente de seguir la estela de una estrella maravillosa habría ciencia y arte. En ellos no habría improvisación o capricho, sino un estudio detenido y una reflexión profunda sobre el fenómeno cósmico que vendrían observando. El progreso científico actual y la complejidad matemática y física a la que se ha llegado, lejísimos de los rudimentos científicos de los Magos, no desemboca sino en la misma experiencia de orden y de belleza. Aunque la idea de Dios no se contemple inicialmente en todo proyecto científico o artístico, no dejará de existir un rumor interno para encontrar la causa última de tanta hermosura, de las estructuras que la hacen posible, de la armonía del universo en su composición gigante y diminuta.

            A los Magos el deseo de encontrar la fuente de aquellos signos celestes los llevó hasta un niño. De nuevo el hombre con el que armoniza el cosmos. Pero no solo era niño, sino también Dios. Por una parte la causa primera que configura todo y le da una consistencia estructurada y ordenada, Dios. Por otra parte la finalidad para la cual todo ha sido dispuesto así, su criatura más amada, el ser humano. Podría decirse que todo cuanto existe nos conduce a mirar hacia uno y otro, desvelando el amor del que ha hecho tanto tan bello tomando como referencia al ser para Él más precioso, el que da las medidas para haber sido creado el universo y solo desde el cual se puede encontrar sentido todo. Ese ser igualmente creado, pero referencia de todo lo demás somos nosotros.

            La búsqueda del origen de la estructura, el orden, la belleza conducen a Dios y al hombre. La ciencia no debe reducirse a la producción de tecnología ni el arte ha de dedicarse a un subjetivismo ajeno a la realidad ni al sostenimiento de la especulación económica. Ofrecen vías para, en primer lugar, asombrarse con el mundo en su belleza, e interpretarlo en busca del sentido último y primero; y compartirlo haciendo de su experiencia un lugar de encuentro. De ahí venían los Magos de Oriente, de allí habrían de venir los que buscan humildemente la bondad y la verdad. De ahí venimos nosotros en cada una de nuestras experiencias para encontrar al hombre verdadero que aporta luz para entender nuestra vida y la historia humana y la armonía del universo.

Los avances en cualquier de los campos del saber y de la creatividad quedarán muy escasos si no remiten, de uno u otro modo, el Niño Dios nacido en Belén y llevan, de uno u otro modo, a su adoración. Es el destino sublime de cuanto podemos emprender: reconocer su grandeza, bondad, misericordia…, dando gracias, alabando, y llevando esa belleza asombrosa a construir unas relaciones con las otras personas desde la armonía del Dios hecho hombre que manifiesta en la carne humana el amor de Dios por nosotros. 

Programación Pastoral 2021-2022