Ciclo A

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR. MISA DE MEDIANOCHE. 24.25 DICIEMBRE DE 2022

Is 9,1-3.5-6: Una luz les brilló.

Sal 95: Hoy nos ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor.

Ti 2,11-14: Se ha manifestado la gracia de Dios.

Lc 2,1-14: Y dio a luz a su hijo primogénito.

 

Entre las tropas imperiales en movimiento para hacer cumplir la orden del emperador y las legiones de ángeles proclamando la gloria de Dios, en el centro una familia en el momento de recibir a su hijo recién nacido. El contraste se hace evidente: un paralelo de fuerzas terrestres y celestiales, y en medio el que comparte lo de la tierra y lo del cielo, tan Dios como hombre, con una cercanía con Dios Padre como no tiene ningún ángel y con un poder capaz de doblegar al mismo Augusto y sus ejércitos.

Interesa observar cómo los personajes de este pasaje no aparecen solitarios, sino en grupo, pequeño o grande, sea emperador y sus subordinados, ángeles, pastores o la misma Sagrada familia. Lo hacen en vigilia, como protectores de algo más allá de ellos mismos.  

Los emisarios del Imperio velaban por la prosperidad del Estado (fundamentalmente en lo económico), los ángeles por la gloria de Dios y el bien de los hombres, los pastores por la prosperidad de sus rebaños (en beneficio propio y de sus familias), José y María por el Niño. Y el Niño, el único que duerme, velando por todos, por el bien de la humanidad entera. Hasta niño recién nacido el Hijo de Dios irradia en sus sueños el amor trinitario, que es comunión. La misma existencia de Dios no se concibe sino en comunidad, los que son tres desde la eternidad mueven a lo comunitario, a la fraternidad donde unos se preocupen por otros, donde las estructuras que se generen sean para el servicio de las personas, donde en las familias se reciba y aprenda el valor insustituible de cada miembro, donde el Estado garantice la prosperidad de las familias. Allí estaban José cuidando a María, María cuidando al Niño y el Niño cuidando a todos, mientras se dejaba cuidar.

            Una antigua tradición narraba que el nacimiento de Jesús se produjo en una cueva. Lo recóndito de la tierra, ensombrecido por la clausura impermeable a la claridad recibió al mismo Sol y todo en ella se llenó de su presencia luminosa. El hecho simboliza a la humanidad que ha rechazado a Dios y ha herido de muerte su vínculo con el hermano hasta convertirte en homicida con diversos modos de homicidio a través de la lesión de la discriminación, la indiferencia, el egoísmo, la violencia… La Luz nacida de lo alto no dejar de amar a todos, aun los que prefieren las tinieblas: tanto al emperador que ordena y mueve en todo el Imperio, como a los pastores con solo poder de mover a sus ovejas. Sin saberlo todos se necesitan: alguien que gobierne, alguien que provea de leche, lana y carne. Y, dejándose gobernar por el César, y alimentar por los pastores, el Niño Jesús es él mismo más que emperador y más que comida. Pero no todos lo ven. Su fragilidad despista a los despistados de Dios, que suelen coincidir con los que se despistan con los hermanos; basta con no reconocer en el otro la misma carne del Niño de Belén para entenebrecerse como una cueva. Esto no sucedió con los pastores, menos con María y José, cuidadores y adoradores de la Luz de Dios.

            Tan nuestro es el Niño como son los demás. Nos necesitamos tanto como necesitó Él de María y de José para prosperar en lo humano. Las familias, las comunidades que se mueven centrados en Cristo extenderán su luz sin esfuerzo y generarán interés por lo luminoso. La misma Luz discrimina lo central y lo superfluo, disipa lo banal y hace resplandecer lo imprescindible. Acompañan a la luz la alegría, la ternura, la misericordia, la paz, la concordia, la piedad, la acogida, la escucha, la búsqueda de la verdad y su defensa, la comunión.

            Hacemos tropa, ejército o legión o familia, de los que se acercan al portal para encontrar al que es nuestra luz. Desde allí la misma luz nos moverá a comunicarla a los demás, que encontrarán motivos, dependiendo de lo que ven y escuchen en nosotros, si ha prendido bien aquello que contemplamos o hemos guardado espacios de oscuridad adonde no dejamos acercar al Hijo de Dios nacido en Belén.  

Programación Pastoral 2021-2022