Ciclo A

DOMINGO XXIX DEL T. ORDINARIO (ciclo A). DOMUND: "AQUÍ ESTOY, ENVÍAME"

Is 45,1.4-6: “Yo te he tomado de la mano… aunque no me conocías”.

Sal 95: Aclamad la gloria y el poder del Señor.

1Te 1,1-5b: Bien sabemos que Él os ha elegido.

Mt 22,15-21: Llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.

 

            Si bien entre los paisanos de Jesús los había muy bien amistados con los romanos y otros que se beneficiaban de ellos, bastantes recelaban de aquella presencia ilegítima. El único rey de Israel es Dios; el César era visto como un usurpador. Esto se agravaba aún más para quienes buscaban la teocracia. El gobernante de Israel solo podría ser alguien tocado por la asistencia divina, escogido por Dios. Coincidía con su historia desde la misma elección de Saúl, diez siglos atrás. El caso es que gobernantes ajenos al judaísmo hicieron mucho por el Pueblo de Israel. Ahí está Ciro, rey de los persas, del que habla Isaías. En nada conocedor de la Ley y los Profetas, se convierte en liberador del destierro de Babilonia. ¿Habría que desechar en él la intervención de Dios? Por lo que dice Isaías, ese pagano poderoso estaba elegido por Dios para beneficio de su pueblo.

            En los evangelios no parece haber resquicio por parte del Maestro sobre una evaluación del dominio romano. Jesús asume la situación que hay, que corresponde al momento que le toca vivir, pero no desde la sumisión, sino desde una postura de mayor altura. Para Él Dios Padre es el soberano de todo y los sucesivos gobiernos que haya no pueden alterar esto. Su respuesta frente a los discípulos de los fariseos y los herodianos lo recalca. Hay que atenerse a las regulaciones sociales y políticas del lugar donde tenemos que vivir, pero lo decisivo es atenerse a la voluntad de Dios.

            Lo que de aquí se concluye no parece ser una desvinculación de la fe o las obligaciones religiosas de las cuestiones seculares en general o políticas en particular, sino en distinguir dos niveles de muy diferente relevancia (divino y temporal) e implicarse en ambos. El primero, el divino, como principio, motor, aspiración, totalidad, referente y meta; el segundo como contexto donde hacer concreto lo primero y donde trabajar para facilitar el acceso al Reino de los cielos (algo que se acerca a la concepción política de san Agustín). No se puede ser cristiano en un contexto aséptico o neutro, sino en unas circunstancias socio-culturales determinadas donde ha de ejercer sus deberes para consigo mismo y la sociedad.

            Dicho esto, el cristiano no ha de renunciar a participar en la vida política y, si se ve llamado a ello, puede implicarse en puestos de responsabilidad. Pero sería desajustado conforme al mensaje evangélico absolutizar cierta tendencia ideológica (dicho en uno de sus extremos) o imposibilitar el diálogo, cerrarse a otros puntos de vista, demonizar a quien piensa de modo divergente o (ya para nota) no despreciar los aciertos del contrincante político.

            La sentencia tan célebre de Jesús: “Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios”, que ha servido para interpretaciones contrarias, golpea tanto contra quienes dicen que la Iglesia no tiene nada que decir al ente público como a quienes, creyentes, identifican lo cristiano con determinados partidos. Parece que los estados más despóticos han sido aquellos que prescindían de una instancia superior y, de algún modo, divinizaban al mismo Estado y su forma de gobierno.

            La maestría de Jesús es admirable. Arroja una sentencia que no deja ileso prácticamente a nadie. Tal vez dejaría perplejos también a algunos de los suyos, entre los cuales seguramente habría alguno deseoso de una restauración teocrática. Si la imagen de la moneda es del César, el César es imagen del Dios soberano. Si hay que pagar impuestos, se pagan; si se emplean correctamente, se agradece y se aplaude; si se malversan, se protesta y se exigen responsabilidades desde los cauces establecidos. El cristiano no debe ausentarse de sus responsabilidades ciudadanas, porque ha de ser un luchador por la justicia y la equidad, defender la dignidad de toda persona y sus derechos. Esto es darle a Dios lo que le corresponde, tiempo que al César no se le priva de lo suyo.

            El ejercicio del compromiso cristiano lleva sin duda la preocupación y ayuda por la evangelización, con especial motivación hacia los lugares donde aún no ha hablado de Él. Llegando el mensaje de Cristo, a los oídos, podrá llegar también a los corazones, y entonces crecerá la justicia, la distribución equitativa de los bienes, la promoción de todos, el cuidado de los desvalidos, la preocupación por la educación integral. Es mucho lo que cada Domund nos recuerda, porque es mucho lo que nuestra fe aporta para el progreso de la sociedad humana.      

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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