Ciclo A

DOMINGO XXVIII T.ORDINARIO (ciclo A). 11 de octubre de 2020

Is 25,6-10a: El Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera.

Sal 22: Habitaré en la casa del Señor, por años sin término.

Fp 4,12-14.19-20: Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación.

Mt 22,1-14: “Tengo preparado el banquete. Venid a la boda”.

El cuerpo nos impone apetitos haciéndonos conocedores de sus demandas y carencias. El apetito de sueño pide dormir, el de calor busca el abrigo, el de hambre alimento. Pero no se agotan todas nuestras apetencias en la satisfacción de estas necesidades de base; también el corazón reivindica saciar sus anhelos y sus hambres como el de compartir las experiencias con otros (apetito social) o, sencillamente, de mirar con predilección hacia algunas personas, lo propio del amor. La alegría del amor es siempre compartible, necesariamente difusivo.

La profecía del banquete al final de los tiempos con la invitación abierta a todos los pueblos debería despertar el apetito de fraternidad universal. También hay apetencias nocivas que encierran, discriminan, excluyen, cuando no se ha aprendido bien de los anhelos de Dios. Este pasaje del libro de Isaías busca hacer la boca agua al Pueblo de Israel, hasta con una descripción de las delicias de la mesa, para incentivar la alegría de la salvación para todos, no sea que se bloqueen en una endogamia racial excluyente.

Si la idea de la comida en el momento oportuno despierta el apetito, más aún una comida preparada con esmero. El banquete aparece también en el salmo 22, donde el Señor pasa de ser pastor a anfitrión en una comida donde compartir mesa con los enemigos. También ocupa el centro de la contextualización del evangelio de este domingo. Al rey le apetece compartir la alegría de la boda de su hijo con los ciudadanos de su reino y, cuando ya está todo preparado, los invitados no quieren ir. La insistencia del rey confirma el interés que tiene para que participen de este acontecimiento excepcional y les describe los manjares para, al menos así, abrirles el apetito. Aunque les diera igual que los invitase el mismísimo rey, aunque sintieran indiferencia por el matrimonio del hijo, al menos por la calidad del festín deberían sentirse atraídos. Pero tampoco. ¿Es que no tienen gusto? ¿Qué les apetece más que lo que les propone esta invitación? A uno su campo, sus posesiones; a otros sus negocios, sus proyectos. De los demás se nos cuenta cómo con un arrebato agresivo y asesino atacan a los criados hasta matarlos. Ya no solo no les gusta aquello a lo que les invita el rey, sino que les molesta. La reacción del rey es contundente: acaba con ellos y prende fuego a la ciudad. Parece haber aquí un acto de purificación. No obstante la boda se va a celebrar y el banquete se llena con los que no estaban invitados en primer término. Estos son los que viven fuera del recinto de la ciudad, los que no tienen campos ni negocios ni sentimientos homicidas, donde hay buenos y malos. Pero todos aceptan la invitación.

Tal vez presentían los primeros invitados desagradecidos que, conociendo a aquel rey, acabarían sentados a la misma mesa con estos desarrapados. El protocolo social del banquete y su propio honor les impedía compartir banquete con gente de menor categoría. Esto los deshonraba. E intuirían que este rey generoso y bondadoso no haría acepción de personas por su condición.

Todos los invitados se ataviaron conforme a lo que el acontecimiento requería, salvo uno. A pesar de que el rey quiere dialogar con él para conocer el motivo por el que no se ha vestido con el traje de fiesta, guarda silencio, quizás porque no tiene ninguna excusa. Acaba fuera del banquete, arrojado con violencia, porque no se preocupó de conseguir una actitud acorde al corazón bueno y justo del rey y de su hijo. Desentonaba en aquella armonía festiva.

Nos deja el relato preguntas interesantes para acercarlas a la revisión de nuestra relación con Dios. Destaco esta: ¿Qué fue lo que les apeteció a los primeros invitados más que el banquete de su Señor? ¿Y por qué? Y la curiosidad sobre la identidad de la novia nos puede llevar a considerar que eran los invitados, es decir, la humanidad, la que se iba a casar con el hijo del rey, Jesucristo encarnado, muerte y resucitado. Rehusar acercarse al banquete es rechazar el amor misericordioso de Dios en su Hijo, despreciar su Cruz y quedarse indiferente a su glorificación, despreciar la fraternidad… Qué mal gusto quien renuncia a todo ello por dedicarse a su campo o a ciertos negocios.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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