Ciclo A

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA A LOS CIELOS. 15 de agosto de 2020

Lc 1,39-56: Ha mirado la humillación de su esclava.

 

Celebremos la victoria de la sementera, del tallo, del brote de la rama que pareció secarse cuando se vació de hojas y savia. El sol encumbró el cuajo granado del cereal, la hortaliza y el frutal para ser recogido a su sazón en el estío. Celebremos la victoria de la tierra y el agua y el viento y el sol que provocaron tal resultado en la semilla o el leño. La mesa se nos llena de tantos manjares con enjundia duz y refrescante.

Celebremos hoy el triunfo de la inversión de Dios en la tierra que escogió para fecundarla de la sustancia divina y que diese frutos de eternidad. Lo que en otras tierras fue y será derroche malversado, en esta tierra nazarena todo es provecho, todo receptividad para el agua y el viento y el sol; nada malogrado, sino que cualquiera de sus medidas alaba la victoria de Dios y el ser humano (aquel sin el cual el Señor no quiso victoria). La asunción de la Virgen María al cielo no apunta hacia una estrella de belleza lejanísima, sino al mismo centro de nuestras entrañas, pues la altura que ella ha recibido de Dios es la primicia de la promesa hecha por Él a sus hijos. ¿Tan encumbrados resultaremos como ella? Al menos tanto como nos dejemos hacer por el Espíritu de Dios que tanto ha trabajado y trabaja en la prosperidad de nuestra tierra. A ella, María, asunta al cielo, la tenemos tan cerca porque Dios nos modeló para esta cercanía con lo divino. De semilla a fruto el trayecto irrenunciable de dejarse hacer.

Celebremos festivamente esta victoria. Y celebremos haciendo memoria de toda la historia que posibilitó aquello que hoy admiramos. El sí a Dios no excluyó incertidumbres, desconciertos, retos y sufrimientos hasta la flagelación del corazón; tampoco obvió esperanza, gozo, confianza y el ejercicio de una caridad exquisita.

María, tras vencer su Hijo al pecado y la muerte con su Cruz y resurrección, la primera en la cima celeste. La primera por ser ella quien es, por su elección singular y su preservación de pecado, por su docilidad a la Palabra de Dios y a la acción de su Espíritu, por confiar incondicionalmente en la promesa de vida de Dios y no buscar atajos en el camino vital, por no renunciar a lo humano y amarlo al modo como Dios lo ama y aspirando a participar del amor trinitario. Lo celebramos a la mesa, donde se llevan los frutos de lo nuestro, que somos nosotros, para ofrecérselos al Padre y que Él nos vaya configurando conforme a ese pan santo que comemos para seguir dándonos altura y facilitándonos raíces en esta doble condición de humanos e hijos de Dios.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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