Ciclo A

DOMINGO XXX T.ORDINARIO (ciclo A). 16 de agosto de 2020

Mt 15,21-28: Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

 

De cuando en cuando el Señor se hacía escurridizo. Se escurrió hacia el norte, al país de Tiro y Sidón, tierra no judía para retirarse con sus discípulos. Lejos de los fariseos podía descansar de las discusiones multiplicadas con ellos, distante de las demandas de sus paisanos que le pedían curaciones y no trascendían a la salud íntegra. Para el que vive empapado en la confianza en Dios Padre han de causarle cierta erosión en el ánimo los escasos retazos de fe de sus paisanos, tan frecuentes y tan desmotivadores. Siempre se restauraba en sus conversaciones con el Padre y, para ello, necesitaba retirarse a solas, a veces con los más próximos que deberían de tomar las riendas del anuncio del Reino tras Él.

            Ante una nueva petición para intervenir (esta vez contra un demonio) Jesús intenta escurrirse. Lo reclama con insistencia una mujer no judía. Parece que los iba siguiendo desde largo. Si entre los suyos apenas encuentra fe, ¿qué quedará en los paganos? En todo caso prima su obediencia al Padre y Este lo ha enviado a los hijos de Israel, en concreto a los endurecidos, a los desorientados, a los alejados: a las “ovejas descarriadas”. Los judíos se apropiaban para sí el símil con la oveja, a los no judíos los llamaban “perros”. Dios aparecía desde el Antiguo Testamento como pastor de un rebaño, nunca como domador de una jauría. Ya tendrían tiempo los apóstoles de su Iglesia de acercarse a ellos.

            En el último quiebro, aparentemente definitivo, para librarse de la mujer, se sitúa frente a ella y le explica a las claras su propósito: “Él solo debe dirigirse a los hijos, solo para Israel”. El encuentro de Jesús con las mujeres en los Evangelios aporta casi siempre novedad. Aquella extranjera porfía hasta que le presta atención y escuche su ruego, movida por el amor a su hija que tiene un demonio muy malo. Sabe que no es hija (de Israel), pero que el pan de Dios aprovecha hasta en sus migajas y ella se allegaba al maestro para quedarse con ellas como un tesoro, cuando los hijos (de Israel) que acudían a Jesús ni siquiera apreciaban el pan que les había traído el Hijo (de Dios).

            Esta vez no se pudo escurrir el Maestro, porque quedó prendido por la fe de aquella mujer. Como por aquella otra que sufría flujos de sangre o Marta y María que lo acogían en su casa o la pecadora que bañó sus pies con sus lágrimas y los enjugó con sus cabellos. Lo que no consiguieron muchos judíos lo consiguió una sola extranjera, por amor a su hija esclavizada por un poder maligno y fe en el poder y el don de Dios. Abría también una brecha para la Iglesia próxima: la filiación con Dios, la elección de Israel no garantiza la fe en el Hijo de Dios hecho carne. Los extranjeros paganos aventajarán a los propios judíos en abrazar la fe cristiana.

            La lección que ofrece la mujer extranjera enseñó a Jesús y a sus discípulos y a nosotros: donde hay aprecio por las migajas de los dones de Dios (tal vez porque no se le ha enseñado nunca el don del Pan), sin duda existe una gran fe y maestría para aprender.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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