Ciclo A

DOMINGO XIX T. ORDINARIO (ciclo A). 9 de agosto de 2020

 

1Re 19,9a.11-13a: Se oyó una brisa tenue.

Sal 84: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Rm 9,1-5: Por el bien de mis hermanos… quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo.

Mt 14,22-23: “Señor, si eres Tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”.

 

El perímetro de la isla no ofrece más que una frontera de agua. Siempre fronterizos con esta barrera natural, algunos insulares se topan con una muralla infranqueable que les somete a una posición hermética y la preservación, casi sin progreso, de lo que fue antaño. Sin embargo, para otros habitantes de islas, el mar les abre puertas para la aventura y la exploración de nuevos mundos. Entre isla e isla la mayor diferencia se halla en si se trató el agua que la rodea como una imposibilidad taxativa o un recurso de riqueza; por ello, nos encontramos en las islas los pueblos más primitivos o los que más prosperidad e innovación han alcanzado.

                Los marineros tratan a la mar como de la familia. La conocen en sus alegrías y en sus riesgos. Aquellos discípulos pescadores de Jesús se echaban a la mar para ganarse el pan, desplazarse a lo largo de sus riveras, y la evitaban cuando se encrespaba. La que daba vida podía quitarla, tan imprescindible y terrible se les presentaba. La osadía del pescador para insertarse en aquel caudal de posibilidades y de riesgos se encontraba en su barca, donde su pie pisaba firme, como en tierra, pero reposando sobre la incertidumbre de las olas, a veces amables, a veces antipáticas. El zarandeo de la barca por un oleaje encrespado podía poner en un grave aprieto a los hombres de mar. El viento contrario no descabala una embarcación, pero sí muestra algunas de sus precariedades. En esta situación se encontraban los discípulos pescadores cuando se les acercó Jesús caminando sobre las aguas; se había quedado en tierra orando a solas en el monte y salió en busca de ellos sin embarcación.

                El arrojo apasionado de Pedro le empujó a un acto insensato: querer caminar sobre el oleaje como su Maestro. Aunque un tanto precaria, la barca era lugar seguro, conocido en sus virtudes y flaquezas, pero el único instrumento para permanecer en pie en el mar. Sin embargo esa audacia valiente prende por el solo hecho de encontrarse allí Jesús. Porque el Mesías ha llegado se lanza Pedro a pedirle allegarse a Él de un modo inicialmente imposible y, curiosamente, Jesús accede. Esta chispa de valentía alocada que ha prendido un corazón en Cristo abre una nueva vía de comunicación y una puerta insólita suscitada por el amor al Señor, por un amor loco del creyente intrépido. No mide riesgos, insensateces, probabilidades… quiere sencillamente ir hacia su Señor al modo como lo hace su Señor. Será después cuando haga cuentas sobre la fuerza del viento y lo que estaba haciendo, cuando comenzará a hundirse. Tendrá que rescatarlo Jesús.

                Aquella fuerza tremendamente innovadora de Pedro se quebró cuando reparó en su debilidad por encima del poder de Cristo. No se trata de emprender acciones temerarias y absurdas, sino de aventurarse a lanzarse al agua, a un ámbito previsiblemente plagado de incertidumbres o dificultades, dejando el espacio conocido y relativamente seguro, solo porque el Señor está ahí e invita a caminar hacia Él. Ese arrojo lo necesita la Iglesia tanto como el mundo. Ante una mar embravecida ni la mejor embarcación persevera; de la mano de Jesús, confiando en Él, cualquier tempestad es pasada sin lesión y con la fe fortalecida.

                Para ello hace falta tener cultivada la sensibilidad que descubra la presencia sutil del Señor, como en la suave brisa de Elías, no sea que se le crea en otros lugares más previsiblemente teofánicos, simplemente por traer más espectáculo consigo. O participar de la locura de Pablo, tan locamente apasionado de Cristo, que la pena que le causa que sus hermanos judíos rechacen a Jesús como Mesías le mueve a decir que prefiere el infierno para sí (la lejanía perpetua de su Señor) con tal de que se acerquen a Él los suyos.

                Las dificultades que nos rodean, al modo del mar de las islas, nos pueden mostrar a un Señor caminando sobre ellas, suscitando la intrepidez para atravesarlas del modo que sea para llegar hasta Él. Donde esté Jesús allí tendríamos que querer estar también nosotros y tener ese toque de locura para pedirle hacer lo que Él hace (pasar largo rato de oración a solas, perdonar sin condiciones, acoger a todos, compartir nuestro tiempo con el que lo necesita… caminar sobre las aguas encrespadas) sabiendo que si Él lo pide (o se lo pedimos antes nosotros), se puede hacer.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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