Ciclo A

DOMINGO XV T.ORDINARIO (ciclo A). 12 de julio de 2020

Is 55,10-11: Hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.

Sal 64: La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.

Rm 8,18-23: Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.

Mt 13,1-23: “Oiréis con los oídos sin entender”.

 

El agua, sin saber a nada sabe a mucho: a frescura, a limpieza, a fecundidad, a vida. A algunos todavía sabe a más: a don del cielo, como regalo necesario para la vida y como memoria de cuanto nos viene de Dios, siempre causando vida. Cuando el creyente se encuentra con ella, fácilmente le trae el recuerdo del cuidado cariñoso y personal del Señor.

                El agua inspiró al profeta Isaías como mensajera de lo Alto y trabajadora sobre la tierra de aquí abajo. ¡Qué buen trabajo el que surge de sus tareas unidas! El agua enriquece todo lo que toca mientras la tierra, agradecida, hace emerger de ella lo que está a la espera de romper y salir y brotar y dar vida, como resultado último de aquella unión de tierra y agua. Lo que obran una y otra es en beneficio de la semilla. Ya los antiguos pueblos agrícolas se sentían atraídos por este misterio de muerte y de vida que asociaban a la divinidad. Cómo no vincular nosotros todos estos elementos a Dios, el mundo, el ser humano, destinatario y beneficiario de todo trabajo y don.

                ¿Y a qué sabe la escasez de agua? San Pablo aporta respuesta: a esperanza. De nuevo agua y tierra, el mundo empapado de la gracia de Dios quiere promover al hombre para la gloria, pero este se frena y no acaba de disfrutar de todos los beneficios que se le conceden. Y la creación entera aguarda la ruptura de cualquier cadena que deja al ser humano en la incapacidad para crecer y en la lesión contra sí mismo. Parece que va a alumbrar al nuevo hombre y este no llega a manifestarse convenientemente y conforme a su condición. La escasez no es de agua, sino de determinación, de lealtad, de compromiso con la Palabra de Dios.

                Nosotros, los humanos, hechos de humus, de tierra, sabemos todo a tierra y tierra refrescada, limpiada, fecundada y vivificada por el agua, aunque, malogrando el don del agua en nosotros, también sabemos a sequedad, mancha, esterilidad y muerte. Sin dejar de ser tierra, hay un poco de camino, otro poco de zona de zarzas, otro poco de pedregal y otro poco de tierra buena capaz del mucho fruto. Cada uno de estos “poco” abarcará más o menos en virtud de lo que cada cual cuide y aproveche el agua del cielo, es decir: en la medida en que escucha la Palabra de Dios y la ponga en práctica. Si todo ha sido creado por Dios, ¿qué va a dejar de hablarnos de Él? Aplicando la inteligencia espiritual, podemos interpretar todo lo que nos sucede desde esta perspectiva tan amplia de la misericordia de Dios para nosotros: si hay agua abundante, si esperamos otra agua, si la semilla se malogra o emerge victoriosa…

Sea en prolijidad, escasez o equilibrio, que no dejemos de contemplar cómo dejamos que crezca la Palabra de Dios en nuestra tierra. Que amemos nuestra tierra, valoremos su potencial, nos esforcemos en hacerla más apta para el trabajo de la semilla y demos gracias a Dios por el fruto que ya está dando y dará.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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