Ciclo A

DOMINGO XIV T.ORDINARIO (ciclo A). 5 de julio de 2020

 

Za 9,9-10: “Mira a tu rey que viene a ti… modesto y cabalgando en un asno”.

Sal 144: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Rm 8,9.11-13: No estáis sujetos a la carne, sino al espíritu.

Mt 11,25-30: Cargad con mi yugo y aprended de mí.

 

Al aprendiz no le bastan los libros para alcanzar el oficio, también el maestro le aportará, con su pericia y su experiencia, gran parte de los conocimientos necesarios para su formación. El resto, no poco, práctica, práctica, práctica. El profeta tiene su maestro de profecía, Dios, el que conoce presente y el futuro, y le enseña a interpretar el porvenir desde los acontecimientos presentes. La historia no se agota en lo inmediato. Tampoco tiene por qué desenvolverse cumpliendo expectativas casi aritméticas. Es más, suele aportar en el mensaje algo imprevisto o indescifrable, al menos de momento, que precisa una profundización en la palabra.

Zacarías veía desorden, injusticia, tropelía, abuso e incompetencia y anunciaba orden, justicia y paz de parte de un nuevo soberano… Sin duda todo acorde a lo que anhelaban sus paisanos de parte de Dios. Él lo anuncia no desde la añoranza, sino desde la esperanza. Pero, ¿por qué sobre un borriquillo? Tal vez porque es más propio del rey la humildad que ese aderezo tendente a magnificar, engrandecer, maquillar su figura y que, en no pocos casos, lo desvían de su responsabilidad. Sin embargo, atiende a una recuperación de la figura original casi ingenua, y es que el rey, antes de nada, es un servidor. Las profecías del Antiguo Testamento apuntan a Cristo

La cualidad de servidor ha de afectar a los amigos de Dios, por lo que, quien tenga propósito de sabiduría y entendimiento al margen del servicio, renuncia a su amistad y a recibir de él la verdadera sabiduría de la vida. Jesús le agradecía al Padre la revelación de esta verdad, la verdad, a los pequeños, a los que querían aprender del maestro y no se contentaban con conocimientos solo de libros. Padre e Hijo eternos son maestros y aprendices desde antes del tiempo, ambos aprenden y enseñan el amor que se tienen entre sí en el Espíritu. Esta es la mayor enseñanza que, compartida y ofrecida con nosotros, se concreta en lo cotidiano de la jornada humana en multitud de episodios.

                El Hijo habla también de su capacidad para aliviar cansancios y agobios. No promete la exención del yugo, que es la carga de la responsabilidad que cada cual, de forma particular o comunitaria, ha de asumir, pero sí de un yugo que hace suyo y lo convierte en llevadero y ligero. Define su corazón como manso y humilde. Manso, porque está acostumbrado a las manos del Padre donde encuentra su gozo y su descanso; y humilde, porque conoce el humus, la tierra de la que está hecho y esto lo convierte en conocedor de su sustancia: pobre de naturaleza y enriquecida por Dios para la gloria, limitada y con poder divino… para el servicio.

Para la destreza en el más que oficio de hijos de Dios mucho hay que escuchar y ver actuar a este maestro de corazón tan noble y servicial, cuya vida está tan unida a Dios. Entonces la experiencia de justicia, de paz y de libertad adquiere una dimensión no conocida anteriormente y puede vivirse, ya en anticipo, aunque lo que nos rodee tenga una pinta bien distinta. El profeta, más aún el hijo de Dios, no solo anuncia el futuro, sino que lo hace vida ya y puede generar incluso escuela (generalmente con muy poquitos aprendices) que anticipan el reinado de Dios en el ahora de nuestra historia.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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