Ciclo A

Resucitó Aleluya, Aleluya ¡¡¡¡

FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN

Él es LUZ de VIDA

DOMINGO IV DE PASCUA. DEL BUEN PASTOR. 3 de mayo de 2020

Hch 2,14a.36-41: Para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo.

Sal 22: El Señor es mi pastor, nada me falta.

1Pe 2,20b-25: Cargado con nuestros pecados subió al leño.

Jn 10,1-10: Yo soy la puerta de las ovejas.

 

En todas las lecturas de la Eucaristía de hoy aparece el pastor, salvo en la primera, donde, aunque no escuchamos el término, sí su nombre, Jesús. ¿Sigue siendo hoy sugestiva la imagen del pastor? El origen parece ser babilonio o persa; se aplicaba a los reyes. Los hebreos lo recogieron para referirlo a Dios. A la par de otras como “esposo” o “padre”, parece subrayar por una parte la protección divina y la necesaria docilidad del pueblo, así como el desnivel entre la condición entre el Creador providente y su criatura, no lo que no significa desentendimiento y capricho por parte del pastor, sino, al contrario, una atención esmerada y sobre el terreno de cada una de las ovejas. Tal vez las figuras de la madre o el padre, el médico, el gobernante, el asistente social o el acompañante espiritual podrían actualizado la imagen del pastor, cuando ya se ven pocos pastores y se desconoce prácticamente todo de su oficio. No obstante, resulta difícil encontrar una imagen con una carga semántica tan grande y una capacidad evocadora tan potente, porque recoge lo que las anteriores profesiones aportan a esta idea y aún más en un solo oficio.

                Un repaso por la Palabra de la liturgia de hoy nos acerca a matices importantes de la figura del pastor. En primer lugar, el discurso de Pedro del libro de los Hechos, tras la recepción del Espíritu en Pentecostés, predica a un Jesús que perdona los pecados y da el Espíritu Santo. La situación de desprotección y herida en que deja el pecado solicita un sanador. La capacidad humana para levantarse y construir, requiere el Espíritu que habilite, fortalezca y promueva cada una de las facultades necesarias para la edificación del Reino. Jesús no suplanta ni priva de tareas, envía su Espíritu para que la humanidad se ejercite en sus responsabilidades. Con el nombre de “El buen pastor” conocemos este salmo 22, tal vez el más célebre del salterio. La figura del pastor es central, pero ocupa solo la mitad del texto, porque en la otra mitad del salmo nos presenta al Señor como anfitrión en un espléndido banquete. La confianza en el pastor de los primeros versículos lleva a convicción de que su propósito para el rebaño, y para mí particularmente como oveja, no es otro que su bien; y por eso no hay miedo ni sospechas a pesar de transitar por cañadas oscuras. Él va delante y conoce el lugar hacia el que nos lleva.

Lo que destaca la lectura de la Primera Carta de San Pedro es su presencia en el sufrimiento. El que acompaña el momento más áspero y árido es bien recibido. Consuela tener cercano a quien no le resulta indiferente tu tristeza. Más compañía hace aún quien ha pasado por un trance similar. Ahí está Jesús, no como observador próximo de algo ajeno, sino como copartícipe de aquello que Él mismo ha pasado. Es un compañero acreditado, cuya carne tiene las huellas de la injusticia y la maldad y, al mismo tiempo, la gloria de la misericordia y la verdad en la resurrección.

En el Evangelio Jesús se compara con el pastor que entra por la puerta del aprisco y conoce a las ovejas y las llama y ellas le obedecen, frente a los ladrones y bandidos que rechazan la puerta para entrar a escondidas por otro sitio, porque su fin no es bueno para el rebaño. Para que reconozcan la voz del pastor, las ovejas tienen que haberla escuchado antes más veces y tener seguridad de que es bueno y quiere su bien. Por otra parte también han de tener conocimiento de la existencia de malos pastores que no buscan su beneficio y quieren engañarlas. De ahí que también se identifique Jesús con la puerta del redil, el lugar de entrada y de salida; el que hace posible la misión y guarda congregando. Sin puerta el rebaño quedaría enclaustrado y empobrecido; si todo puertas, las ovejas estarían desprotegidas.

Sabemos que los reyes de Israel, los que tendrían que ejercer en la tierra el pastoreo de Dios, decepcionaron y, en muchos casos, se parecieron más a ladrones y bandidos. El título de pastor no podría aplicarse acertadamente a otro que no fuera Dios. Tampoco hoy. La necesidad de este personaje en nuestra vida aviva la urgencia de volvernos una y otra vez al Señor como el único que cuida, fortalece, promociona, acompaña incondicionalmente… y aunque Él mismo pone en nuestra vida pastorcillos de su misericordia, todos remiten a Él. En Él nuestra protección y nuestra esperanza.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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