Ciclo A

Resucitó Aleluya, Aleluya ¡¡¡¡

FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN

Él es LUZ de VIDA

DOMINGO V DE PASCUA (ciclo A). 10 de mayo de 2020

 

Hch 6,1-7: En el suministro diario no atendían a sus viudas.

Sal 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

1Pe 2,4-9: Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real.

Jn 14,1-12: Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.

El umbral de la casa delimita el nivel de la amistad. Quien es invitado a franquearlo con frecuencia para acceder al interior tendrá mucho ganado para recibir el nombre de amigo y parte del hogar, más aún, de la familia. Para las primeras visitas necesitará guía, después conocerá lo suficiente la casa para acudir adonde sabe y debe. Los de dentro se arriesgaron a acogerlo como suyo y el de fuera ha de corresponder con agradecimiento y trato, sin duda, familiar. A esto mismo se arriesgó Dios abriendo su casa a los hombres. Mientras los invitaba a su hogar, los hacía de la familia divina y hermanos entre sí.

El anfitrión de la invitación fue Jesucristo. Prometía morada para cada uno en la casa de su Padre y Él mismo se disponía como Camino para llegar hasta ella. También como el mejor representante de los de su casa: viéndolo a Él, quedaba revelado el Padre. ¿Qué habrá que ver en Cristo que nos descubra la intimidad de su hogar? Podríamos hablar del Cristo total, de su Cabeza y su Cuerpo. Mirando a Cristo y su Esposa, la Iglesia, encontraremos a Dios Padre.

Los judíos de raíces helenísticas se quejaron, y con razón. En el servicio cotidiano observaban cómo sus viudas eran desatendidas. Seguramente no habría mala fe, solo descuido. A los más desamparados no hace falta agredirlos para dañarlos, basta con olvidarlos o despistarse de sus necesidades. Tal vez su voz no alcance a la petición o a la queja, entonces tienen que ponerla otros. El asunto se resolvió con la institución de siete, tradicionalmente llamados “diáconos”, encargados de esta labor de caridad y justicia (aunque, curiosamente, no aparece en el Libro de los Hechos ningún momento en que la ejerciesen). Las reservas de los Doce para encargarse ellos mismos estaban argumentadas porque su tiempo debían implicarlo en la oración y la Palabra. Esto podría indicar que aquella atención consumiría un tiempo considerable y requería una atención específica. Nada diferente a lo que deberíamos encontrarnos hoy.

Las necesidades de algunos miembros de la comunidad requirieron una atención esmerada cuando los miembros de la Iglesia aumentaron. Aun siendo todavía pocos, no evitaron afrontar un problema, sino que los mismos Doce buscaron la solución y la encontraron sin mayor dificultad. Cristo pedía cuidados, porque las viudas los necesitaban. Viéndolas a ellas, se habría de ver a Jesús y en Él al Padre. Sin duda que en todo ello obra el Espíritu. Refresca y renueva a la Iglesia constantemente y posibilita ese sacerdocio llamado “común” con el que cada cristiano se halla pertrechado como deber y como derecho para ofrecer su vida a Dios en construcción del edificio que es esta familia eclesial. Cuanto más se conozca la Iglesia en sus miembros, en sus pobrezas, en sus capacidades, en sus miserias, en sus glorias… más conocerá a su Esposo y al Padre. Más, por tanto, familia se sabrá y más podrá cumplir con su misión de servidora en el mundo para el mundo, para que todos participen del hogar del Padre por Jesucristo. Por eso pedimos con insistencia: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti”, cuya correspondencia es que hagamos sitio para tu misericordia y ella nos descubra misericordiosos para no desechar nada de los dones de Dios con que haces posible el crecimiento de tu Iglesia.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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