Ciclo A

DOMINGO III DE PASCUA (ciclo a). 26 de abril de 2020

Hch 2,14.22-33: No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio.

Sal 15: Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

1Pe 1,17-21: Tomad en serio vuestro proceder en esta vida.

Lc 24,13-35: “Quédate con nosotros”.

 

La casa se les habría quedado pequeña cuando les hablaron de otra mayor. Ciertamente siempre hay propósito de que la casa crezca y prospere. Para eso tiene su puerta. Lo de dentro se agota pronto y hace falta cosas de fuera para abastecerla; y no solo cosas, también personas a las que llamamos “amigos”. De este modo se amplían los límites de sus muros y se va dilatando, conforme también lo va haciendo el corazón y la mente de sus moradores.

                Si Cleofás y su compañero salían de su casa con frecuencia para el trabajo, para las compras, para las relaciones, lo hicieron además, y de un modo más prolongado, alentados por la Palabra de Dios, que les hablaba del Reino. El creyente hace camino desde casa hacia el exterior, no para abandonarla, sino para ganar más terreno para ella. Luego regresa. El rabí de Nazaret concretaba la Escritura y ofrecía la realización de aquello que profetizaba la Palabra. Merecía la pena extender el dominio de la casa hasta allá, motivados por la llegada del reino predicado y su nuevo orden. El mundo convertido en salvaje por sus injusticias había de ser domesticado, transformado en la casa de todos por haber dejado habitar en ella a Dios. La Cruz del Nazareno destruyó la bonita construcción revirtiendo el perímetro de aquella gran casa de tantos a su condición particular originaria. A ella volvían estos dos discípulos. Mucho habían alargado su hogar y ahora deberían replegar las velas para conformarse con lo de antes, lo de siempre.

                Las palabras del camino de regreso pivotaban insistentes en torno al mismo asunto, al mismo desastre. Convertida en eje, la cruz somete a la circularidad todo acontecimiento e impide el necesario progreso. Remite a un espacio restringido y hasta clausurado que evita la novedad del exterior. El bucle lo rompe Jesús al acercarse a caminar con ellos, como otro caminante. Su inserción en el círculo provoca una fisura que va más allá de una interpretación cerrada de las Escrituras, para abrirla a la luz de la Resurrección, como aquello que da sentido a lo demás. Finalmente acaba en casa de ellos compartiendo mesa. A punto estuvieron de invitar al banquete y la tristeza causada por la muerte de Jesús; sin embargo, al llevar al que les había hecho vibrar el corazón comentando las Escrituras por el camino ampliaron las paredes de su hogar hasta albergar al mismo mundo, porque acogieron a Dios mismo. De lo que hablaba la Palabra de Dios que ellos no supieron interpretar era de una alianza perennemente sostenida por el Creador y periódicamente quebrada por sus criaturas; de un Dios que reinaba y también de un siervo que sufría por los demás; de que Dios espera siempre victorioso para acoger al hombre derrotado y recordarle su amor incondicional.

                Lucas escribe para quienes no han conocido a Jesucristo y solo algunos a sus apóstoles. Viene a decirles que en la Eucaristía, Palabra y banquete, sigue haciéndose presente Jesús resucitado, el que hace comprender la historia con un pronóstico vencedor, sin irrealidades pueriles que omiten el trabajo, el sacrificio, la cruz o el sepulcro. También sin estrecheces estériles que atribuyen el éxito a los hombres y sus esfuerzos y no a Dios y su misericordia. Tanta vida trae en la Eucaristía el Crucificado-Resucitado que solo perciben la verdad de su Palabra y lo reconocen al partir el pan aquellos que se arriesgan a vivir y esperar la plenitud de la Vida.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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