Ciclo A

DOMINGO II DE PASCUA. DE LA DIVINA MISERICORDIA. 19 de abril de 2020

Hch 2,42-47: Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles.

Sal 117: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

1Pe 1,3-9: En su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva.

Jn 20,19-31: Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

 

El miedo es peligroso por su tenacidad. La solución para un miedoso que solo encuentra de los suyos alrededor es difícil; se sostienen en los mismos temores y se apoyan en el blindaje particular. Todo lo que venga de fuera será sospechoso de agresión, por eso se cierran puertas y ventanas. Como consecuencia: no pierde el contacto con lo diferente y se ha de aprender a convivir con la oscuridad. La compañía y las luces quedan restringidas a lo se encuentra dentro.

                ¿Cómo colarse hacia una estancia sellada por el miedo? El resucitado llegó hasta el corazón de los suyos traspasando las barreras de las limitaciones causadas por el temor a los judíos. Si hicieron daño al maestro ¿qué nos les podrá pasar a sus discípulos? Era consecuencia de la incredulidad. La Resurrección es la prueba de que la vida del lado de Jesucristo tiene asegurada la victoria y, por tanto, no hay motivos para temer. La desconfianza en su Resurrección no fue cosa solo de Tomás. Todos desconfiaron de las palabras del Maestro que hasta en tres ocasiones había anunciado que moriría y resucitaría al tercer día. María Magdalena no fue más allá del sepulcro vacío y las lágrimas, pensando que habían robado su cuerpo. Tampoco Pedro atravesó el umbral de la tumba sin cuerpo, aunque sí el discípulo amado, que “vio y creyó”. Otros dos hacia Emaús no fueron habían sido capaces de entender las Escrituras y regresaban a lo de antes, con la decepción (y la incredulidad) aún ternísimas. Hasta que el Resucitado no se apareció a cada uno de ellos no llegaron realmente a creer. El miedo se fue tan pronto como lo reconocieron, que fue constatar que Dios es Verdad y cumple su Promesa.

                Del mismo modo, solo el encuentro con Cristo misericordioso nos hará notarios de su misericordia. En tanto nos sepamos acogidos, acompañados, perdonados y con la confianza incondicional de Dios, que sigue esperando en nosotros, así disipará en nosotros la desconfianza y la desesperanza, dos carencias que acuden pronto cuando no hemos dejado que venga el Resucitado con su noticia de Vida. Si cabe, a pesar de que ya los demás no habían dado crédito a la Palabra de Dios, Tomás fue un poco más allá en la falta de fe, porque fue toda la Iglesia de creación tan reciente con la efusión del Espíritu de Jesús, la que le aseguraba que estaba vivo. No estaba allí cuando Cristo saludó y dejó su Paz e infundió su Espíritu, el que enternece el corazón de los miedosos y los incrédulos, el que revela la verdad y nos hace pronunciar el nombre de Padre.

                Aunque se cierren a cal y canto las estancias de nuestro corazón, Cristo busca las rendijas siempre existentes para enviar su Espíritu y que se cuele hasta el cogollo donde brota la fuente del miedo. Entonces proclama la presencia del Resucitado y a quien le abre (solo puede abrirse desde dentro) y se le invita a pasar, comerán juntos.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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