Ciclo A

Resucitó Aleluya, Aleluya ¡¡¡¡

FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN

Él es LUZ de VIDA

JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR. DÍA DEL AMOR FRATERNO. 9 de abril de 2020

 

Ex 12.1-8.11-14: “Esta noche comeréis”.

Sal 115: El cáliz que bendecimos es la comunión con la sangre de Cristo.

1Co 11,23-26: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor.

Jn 13,1-15: “Que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”.

 

El Dios de Abrahán, Isaac y Jacob les pidió que celebrasen aquel acontecimiento de su historia con una comida. Detrás del pan siempre hay un relato. Era grande lo que tenían que festejar y lo hacían también a lo grande. Terminaba el cautiverio, se disolvía la esclavitud. El banquete de la primigenia Pascua celebraba la presencia del Dios de la Promesa, ahora también como Liberador. El Pueblo había quedado retenido en un vasallaje que atentaba contra su dignidad de Pueblo Libre, Pueblo de Dios y no del faraón. La noche antes de la liberación, el Señor que los liberaba les invitaba a comer. La cena pascual, paradigma de todas las celebraciones anuales que rememorarían este hecho, le sabía a libertad; más aún, les sabía a: “Dios con nosotros”. La celebración anual de la Pascua, aun a muchos siglos de distancia, no tenía carácter de efeméride, sino que significaba la actualización festiva de que Dios realmente sigue obrando como liberador y compañero. La fiesta no adorna el calendario, sino que lo cincha; del 14 de Nissan, primera luna lleva de primavera, va saltando día tras día hollando cada instante por esta noticia continuamente novedosa: “Dios no deja nunca a su pueblo, sino que lo cuida, lo protege, lo acompaña… porque lo ama”. Una generación enseñaba a otra su legado y se lo entregaba. Esta a su vez lo recogía con compromiso de fidelidad y entrega a la siguiente. Si cambiaron ciertos ritos o formas nada importaba con tal que se mantuviese la esencia de la celebración: “Dios quiere la salvación de su pueblo”.

La Palabra y la tradición mantuvieron vivo el banquete hasta muchos siglos después, hasta hoy mismo. Puede levantarse alguno del pueblo judío y considerarse ajeno a la historia de los egipcios y los hebreos esclavizados. Se excluye a sí mismo del pueblo limitado a una historia propia y particular, ignorante de sus raíces y de su destino. La comunión con Dios implica una suerte común vivida también en comunidad. El acontecimiento no puede abstraerse de la historia ni del colectivo. Una encrucijada donde converge lo que llegó y lo que ha de ser en adelante, donde lo mío propio está imbricado con lo tuyo y con lo suyo, en algo que deberíamos llamar “nuestro”.

            ¿Y si fuese el mismo Dios el que se acercase para alimentarnos con sus manos? ¿Y si fuera quien se arrimara tanto para darse a comer a sí mismo?

            Este pan ya no es solo historia, sino también cosmos. Tan elevado como para tocar los pies de todos. El gesto del lavatorio que solo narra Juan no es realizado antes del banquete, sino durante. El Maestro integra en la comida festiva un elemento extraño. Con ello lo está vinculando intrínsecamente a este nuevo festín. El yo-tú con el que inicia el diálogo Pedro, desemboca en un “vosotros”, más abierto, de comunidad. Ambas dimensiones se necesitan la particular y lo común; el yo no tiene entidad sino con referencia a los otros, el grupo solo vale en el precio inestimable de cada uno de sus miembros. Lo que no entiende Pedro del gesto de Jesús no le ha de ser motivo para el rechazo. Llegará el momento de comprender, como así fue después. La Cruz y la Resurrección esclarecen las penumbras del banquete Palabra y Pan. Gran parte de la historia permanece opaca al entendimiento, pero puede y debe prevalecer el “Dios con nosotros” que hace vivir y celebrar con fe y esperanza. Jesucristo había recibido antes que nadie del Padre. Había recibido actitud de servicio, porque el Padre es el primer servidor y, desde el inicio de la Creación, entregó a su Hijo al mundo. Solo desde el Padre entregando al Hijo y Este al Espíritu puede esclarecerse esta historia que se condensa en esta comida que celebramos en cada Eucaristía, la historia de la Salvación de todos para la cual el Hijo se hizo carne, murió y resucitó. La historia por la que elige a unos de los que participan en su banquete para que también lo hagan posible, pero solo en servicio del pueblo.

El pan que comió Pablo lo habían comido otros antes que él. Entregaba lo recibido. Y no solo alimento de trigo, también de Palabra. Lo que venía de atrás y él lanzaba hacia delante sostuvieron el pan que le habían entregado otros y a su vez lo ofreció a sus comunidades. Su testimonio nos dice que no hubo invento de algunos cristianos décadas después de la muerte del Maestro. Algo tan sublime solo podía venir del Señor. Lo dejó dado para que sus discípulos siguieran celebrando la historia del amor de Dios conmemorada y actualizada, operante en cada instante de nuestras vidas para darnos Vida.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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