Ciclo A

Resucitó Aleluya, Aleluya ¡¡¡¡

FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN

Él es LUZ de VIDA

DOMINGO II DE NAVIDAD (ciclo A). 5 de enero de 2020

 

Eclo 24,1-2.8-12: La sabiduría encuentra su honor en Dios.

Sal 147,12-20: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Ef 1,3-6.15-18: No ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones.

Jn 1,1-18: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

 

Los descubrimientos genéticos delatan nuestros vínculos ancestrales con pueblos diversos a veces muy esparcidos por la geografía mundial. Una pequeña muestra de células es suficiente para profundizar en nuestros orígenes y darnos cuenta de la riqueza de estas mezclas de sangre que somos nosotros, de que somos más internacionales de lo que parecemos.

            La genética del Hijo de Dios quedaba clara para Mateo y Lucas que nos hablan de los acontecimientos previos y en torno al nacimiento del Niño de Belén. En ambos se afirma la exclusión de una intervención masculina en su concepción, la maternidad de María y la implicación del Espíritu Santo. José aparece como un personaje muy importante como colaborador del plan de Dios para el cuidado del Niño y de la madre, como padre a todos los efectos, pero al margen de una paternidad biológica.

Al modo oriental y al modo bíblico (las listas genealógicas o toledot son de frecuente aparición en el Antiguo Testamento), donde son tan importantes los lazos de parentesco, estos evangelistas ofrecen también dos listas genealógicas. La de Mateo, cuyo evangelio parece estar destinado a una comunidad judeocristiana parte de Abrahán, significando el origen judío de Jesús y el cumplimiento en Él de la promesa hecha por Dios al patriarca y de las esperanzas mesiánicas. La de Lucas se remonta hasta Adán, con un interés más universalista. Jesús es mostrado en vinculación con el primero de los hombres. Marcos no nos ofrece esta relación de nombres, pero Juan regala un adentramiento en la genética divina de Jesús, quiere hablarnos sobre la divinidad del hijo de María como no lo hacen los otros.

            Se remonta a lo que denomina el “principio”, como un momento previo (utilizo términos temporales de modo un tanto impropio, porque Juan parece remitirnos a una situación anterior al mismo tiempo) donde aún no había nada creado y existían el Hijo, al que llama Verbo o Palabra (Logos en griego) y Dios, refiriéndose al Padre. Esto supone una diferencia significativa con respecto a los otros evangelistas. Afirma expresamente la existencia de Jesús como Verbo, al que denomina Dios, antes de toda criatura. Y precisamente toda criatura es creada por medio de Él. Aparece también como aquel en el que reside la vida y como Luz. El itinerario de su venida hacia los hombres, que en primera estancia podría hacer alusión a la historia de la salvación previa a su encarnación, advierte de su rechazo por los mismos hombres a los que venía a iluminar. El papel destacado de Juan en estos versículos llama la atención. Es posible que hubiera dudas en alguna comunidad sobre la principalidad de uno u otro y Juan querría dejar claro el papel del Bautista y su subordinación a Cristo. El momento culminante de este prólogo es la encarnación del Verbo: “Y el Verbo se hizo carne”, que relatan con los detalles que hemos escuchado estos días en la liturgia Mateo y Lucas.

            Que todo haya sido creado por Él entraña que todo tiene su huella, su impronta. Todo participa de la belleza divina, pero al hombre le ha dado potestad para compartir la genética misma de Dios mediante su incorporación a la vida divina por el bautismo. El interés de que el Hijo de Dios eterno asuma la condición humana tiene aquí sus últimas consecuencias: para que los hombres asuman la condición divina. Nuestros orígenes se remontan a este querer de Dios desde el principio: soñados, proyectados, creados para la gloria divina. No podemos olvidar estos genes que Dios Padre, por medio de su Hijo, ha querido compartir con nosotros. Esta es la historia más real que nos lleva a implicarnos en el mundo con preocupación por todo lo humano y trabajar por su humanización para el Espíritu de Cristo lo divinice.

El nacimiento del Hijo de Dios en Belén nos lleva mucho más allá de una vida ejemplar paradigma para una moralidad íntegra, sino que nos abre las mismas entrañas de Dios para que las contemplemos y seamos incorporados en ellas. No hay mayor honor ni gloria humana que Dios nos haya hecho partícipes de estos genes, porque el Verbo se hizo carne.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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