Ciclo A

DOMINGO DE LA FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR (ciclo A). 12 de enero de 2020

 

Is 42,1-4.6-7: “Sobre Él he puesto mi espíritu”.

Sal 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hch 10,34-38: Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien.

Lc 3, 13-17: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.

De niño a hombre solo hay años; de infantil a maduro tiene que haber existido aprendizaje, donde las experiencias, no pocas de ellas dolorosas, han sido maestras si se ha querido aprender y la persona se ha capacitado para resolver conflictos y gestionar todo tipo de situaciones. En otras palabras: la madurez indica la capacidad para asumir responsabilidades. Para llegar a ella es necesario un recorrido.

            A los pequeños les corresponden responsabilidades de pequeños. El niño tendrá que atender a las cosas de niño. Los adultos que lo cuidan se encargarán del resto. Y entre las obligaciones del pequeño está la de dejarse guiar confiando en sus mayores y obedecer. Es un requisito imprescindible para ir madurando. Pero, en cierto sentido, nadie debería dejar de ser niño en lo que a aprendizaje y a la obediencia se refiere. Aunque llegó un momento en el que hubo que dar el salto.

Es posible en la historia personal la identificación de ese momento que, por encontrarnos con una responsabilidad especial y novedosa (trabajo, matrimonio, consagración, superación de una enfermedad, nacimiento de un hijo…), señaló el inicio visible de esa madurez; o tal vez sucedió de modo más sutil y menos delimitado. En uno u otro caso cuanto se vivió anteriormente nos fue preparando para mayores desafíos y lo que habría de venir después. Pero nunca se dejará de aprender de los demás ni tampoco se podrá descuidar el dictamen de la conciencia ni su formación. En clave creyente, jamás se habrá de dejar de escuchar a Dios y de recibir su Espíritu.

            Con la madurez irán llegando retos de mayor envergadura. El Niño Dios era tan Dios de adulto como de bebé, pero sus capacidades y responsabilidades humanas no eran las mismas. Conforme vaya creciendo en estatura, sabiduría y gracia, irá recibiendo el Espíritu Santo también conforme a su capacidad humana. La fiesta que celebramos hoy puede entenderse como ese hito en la madurez del Hijo de Dios hecho carne. El silencio de los años precedentes recibió, aprendió, obedeció. Esta misma obediencia lo lleva al Jordán y a iniciar una nueva etapa. El signo del bautismo se convierte en un acontecimiento donde el Espíritu viene sobre Él de modo cualitativamente distinto, porque desde siempre el Espíritu estaba unido a Él, pero es la humanidad de Cristo la que queda bendecida de forma especial, capacitándolo para nuevas responsabilidades, para la misión de la predicación del Reino, para anunciar la salvación de Dios, para ser el Salvador. Aquello que culminará en la cruz y en la resurrección.

            El mismo Espíritu que inspiraba al profeta Isaías a anunciar la actividad de ese misterioso “siervo” como el que, pacífico, paciente, traerá la justicia, la paz y la luz a todos los pueblos, es el que lo hace posible en Jesús de Nazaret. Y gracias a que lo realizó en el Hijo de Dios, puede hacerlo también en nosotros, que, a modo de aprendices ayudantes de Jesucristo, somos habilitados para esa misma misión de justicia y de paz, cada cual con una tarea particular.

            Dios Padre nos muestra a su Hijo ungido por el Espíritu para que lo contemplemos y lo escuchemos. No hay contemplación ni escucha adecuadas si no lo imitamos en obediencia y participación en la misión del Reino. ¿La misión del Reino? Hoy y siempre será hacer presencia del Dios vivo con nuestra vida en medio de realidades que fácilmente pueden mostrar indiferencia, desdén o incluso hostilidad. Nuestra misión consiste ser fermento en la masa, sal en el guiso, mediadores para la salvación.

Esta fiesta del Cristo que se abre a la madurez nos invita a de renovar en nosotros la conciencia de nuestra propia responsabilidad en la Iglesia y en el mundo para el plan de Salvación de Dios. Este trabajo de cristianos maduros no lo da el solo paso del tiempo, sino la obediencia al Padre por el Hijo, escuchando su Palabra, contemplándolo como Salvador y abriéndonos a recibir la fuerza de su Espíritu.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

Programación Diocesana "Conversión Misionera: seguir dando pasos" 2019-2020

La Voz de Papa Francisco

Xtantos

Vida